Hay un lado oscuro de la opinión que se pirra por las historietas “verdes” de los prohombres, en especial, de los políticos. Hace poco fue el incidente de la autofoto de la presidenta noruega y Obama la que permitió divulgar a los cuatro puntos cardinales la imagen hirsuta de la cabreada esposa y hasta su decisión de interponerse físicamente entre los dos fotografiados. ¡Qué le gusta un chisme a “homo sapiens”! Aznar acaba de ganar un pleito por el que le deberán ser abonados unos cuantos millones reparadores de cierto comentario televisivo en el que se le atribuía una relación imaginaria y estos mismos días, la revista “Closer” está dando un pelotazo de aquí te espero con la publicación de las fotos del idilio del presidente Hollande con una “comunicadora” de buen ver, Julie Gayer, víctima de un “coup de coeur” irrefrenable. No hay presidente en aquel país del amor en quien no se fije el alcahuete hasta averiguar sus idas y venidas. A Mitterrand no lograron amedrentarle con la historia, cierta por supuesto, de las dos familias, y a Chirac es fama que se le conocía en el mundillo político como “monsieur Trois Minutes”, por la celeridad de unas relaciones que él, como Napoleón, supeditaba siempre al deber dedicándoles el tiempo imprescindible para la satisfacción libidinal. En los EEUU –no hace falta siquiera que recordemos el caso Lewinski—esas aventuras se toleran mal en política mientras que en España, por ejemplo, se aceptan, valga la paradoja, con máxima flexibilidad de criterio, y si no, ahí está el caso reciente del monarca cazador para probar hasta qué punto nos protege un trasfondo mental machista que, a mi juicio, no es exclusivamente masculino.

 

Aquí el notición del verano ha sido todos estos años el harén marbellí de los príncipes árabes, incluyendo al Gadaffi que por allá plantó en alguna ocasión  su tienda con las doscientas doncellas de su guardia femenina, pero sólo por el efecto exótico que sugiere la poligamia en el imaginario de nuestros envidiosos monógamos. Lo que parece que nos permitiría esbozar la peregrina ley de que la tolerancia sexista se produce en función de ciertas incapacidades y no “ex abundantia cordis”, o sea, todo lo contrario de la liberalidad que pudiera esperarse en primera instancia. A Strauss-Khan, por poner un caso, no se lo carga la aventura sino la sordidez de unas circunstancias que poco tienen ya que ver con eso que vagamente, tanto unos como otros, llamamos el amor.

2 Comentarios

  1. Curiosamente en Francia, donde se dice que la opinión “pasa mucho” de la vida privada, el caso de las novias de Monsieur le President no ha dejado de levantar una fuerte polvareda. Porque lo que se censura, quizás, no es tanto su desliz o su falta de fidelidad, que allá cada cual con la suya, sino el hecho de que el presidente peor colocado de la V República (anda por un 12 por ciento de popularidad), que tiene hasta una guerra por medio y un paro ascendente, tenga los cinco sentidos repartidos de esa poco juiciosa manera, tan adolescente.

  2. ¿Puritanismo en la France? Par Dieu! Pero si es la nación donde nacen corrientes de alegría, de piernas al aire, de pechitos desnudos de Enmanuelle mientras se acaricia lentamente, Montparnasse, Pigalle, Oh, la lá…

    No puede ser. Pero eso de que cada sapiens lleve uno, o dos o tres telefoninos que hacen fotos y haya cien escaparates digitales donde colgarlos, ha convertido al sapiens en un contínuo y pervertido voyeur. Fisgoneando entrepiernas y oliendo braguetas, con perdón.

    Además, si un mesié le presidán le cae mal al pueblo de cuello para arriba o de cintura para abajo, lo tienen fácil: no se le vuelve a votar. No como otros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.