A la mujer de Mubarak la han trincado en Egipto pese a su expuesto estado de salud. Tratan de averiguar los jueces, o eso dicen, cual ha sido su papel en el expolio sistemático al que el líder y su familia han sometido al país durante décadas. Menos problemas parece tener la de Ben Alí que escapó de Túnez sin olvidarse de facturar en su equipaje una tonelada y media de lingotes de oro igualmente oriundos del saqueo patriótico. Está por estudiar el papel de la satrapesa, el curioso paradigma de una psicología que permite incluir en su molde a hembras tan distintas como las esposas africanas de los tiranos tipo Mobuto, Obiang, Bongo o Nguesso, con las refinadas muñecas occidentales que aparecen en el catálogo que va desde la Evita depredadora a aquella madame Giscard que recibió en su día los diamantes de sangre que le envió Bokassa. Los amenes de nuestra dictadura estuvieron repletos de leyendas sobre la presunta cleptomanía de la esposa del Caudillo y hasta en alguna ocasión ocurrió que un policía de fronteras se jugó la placa al descubrirle a su hija un alijillo de joyería menor que trataba de sacar en un vuelo a Suiza, pero la verdad es que, visto lo visto, la también presunta mangancia de los Franco parece ser un  juego de niños al lado lo que luego hemos visto fuera y dentro de nuestras fronteras. ¿Se acuerdan de la mujer de Ferdinand Marcos, aquella Imelda que compartía con el penúltimo duque de Alba su pasión coleccionista de zapatos? A la de Pinochet sólo pudieron engancharla, que yo recuerde, por evasión de impuestos pero luego quedó bien claro que era ella la que partía y repartía en la millonada oculta en los correspondientes paraísos. Existe, no hay duda, un perfil de “primera dama” autocrática cuyo rasgo más distintivo y elocuente es la codicia. Ellos, los tiranos, ingenuos como varones, se preocupan más del poder que del dinero. Se olvidan de que en castellano viejo decía el aforismo –aunque es cierto que también cabe postular lo contrario– que “poder es tener”.

 

Hay que “chercher la femme”, no lo duden, detrás o junto a esos monstruos que han alcanzado a hacer de la patria una finca y del poder el más pingüe negocio. En África y en Europa, entre negros como entre blancos, allí donde los “parvenus” del bingo dictatorial o allá donde dominan los legitimados próceres que campean en las democracias. Pongan ustedes las circunstancias apropiadas y verán a la Cristina Kirschner en el mismo brete que Suzzane Mubarak. Porque quizá se trate de una invariante psíquica, propia de la “favorita” y eso tendría su valor para la psicología política. No todo lo que se propaló sobre María Antonieta eran imaginaciones ni mucho menos.

6 Comentarios

  1. Las mujeres de los líderes tiranos juegan un papel importante, pero no menor que el de los otros, al margen de que el carácter del marido lo impida. Se trata de un reparto de papeles, el público para él, el doméstcio para ella. Me ha parecido que el columnista tenía muchos y mejores ejemplos que aportar.

  2. Llamo la atención sobre el papel generalmente discreto de los maridos de las políticas, ninguno de los cuales, que yo pueda recordar, ha sido involucrado en maniobras como las que se atrubuyen a las “satrapesas”, palabra que es un gran y divertido hallazgo. ¿No es curioso?

  3. No se olvide que la OECONOMIA, la administración del hogar, fue originariamente función del ama de casa. La mujer se preocupa de esta cosas más que el hombre, y lo digo porque no estoy dispuesto a escuchar algo en relación con el carácter femenino… Creo que jagm plantea bien la cuestión, aunque a meritorio no acabe de gustarle.

  4. Hemos de aceptar el hecho: hay un tipo de hembra fermosa caracterizada por la codicia. Eso no es aplicable a la mujer ni al hombre de modo genérico, pero los ejemplos son aplastantes. Mujeres (consortes) y poder, mala combinación. Es cierto, por último, que los machos consortes son más discretos.

  5. Se ha olcidado de María Antonieta, fuera de su malévolo comentario final, que no acabo de entender, aunque puedo estar de acuerdo en que esa figura no es clara ni es clara su vida. También juzgo duro la alusión a madame Giscard, pero usted sabrá por qué la hace y en que se funda para hacerla. Yo leo a diario su columna que tanta atención dedica a Francia y en especial a su cultura, en un país como España ((en el que vivo have 32 años)) que tan poca estima tiene por lo “gabacho”.

  6. Pues yo no estoy de acuerdo ni con Jean Paul ni con el maestro porque a la pobre María Antoñeta la han calumniado mucho. No todo eran imaginaciones pero muchas sí hubo.
    Por lo demás no veo porqué no habría igualdad también en esto de la codicia y del dinero entre las mujeres y los hombres. Lo que sí creo es que ellas lo hacen más en plan “familiar”, con más descaro y escondiéndose menos. Porque sino ya me dirán cómo nos íbamos a enterar.
    Besos a todos.

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