En un país que ha soportado ¡siete leyes educativas en treinta y cinco años!, poner la educación en manos inexpertas ha sido, entre nosotros, un hábito político, pero confiarla a una chapucera como la ministra Celaá es, sin más, un suicidio. ¿Qué hacer con la “peña” el próximo curso, suponiendo (que ya es suponer) que el virus no rebrote? Pues Celaá, acaso absorta en su nueva Ley, forjada en el confortable silencio del confinamiento, primero dijo que dividirla por la mitad entre “presenciales” y “distanciados”, ya ven qué dislate, y luego ha decidido meterla en las aulas y en mogollón, aunque sin explicar cómo. Contradanzas y chapuzas: sin la menor idea de qué hacer, van proponiendo cada día lo primero que se les pasa por la cabeza. En manos de Celaá hasta un desastre como nuestra actual educación habrá de resultar empeorable.

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