Mientras el mundo sigue si marcha a rastras de sus guerras declaradas y sus revoluciones impredecibles, su crisis insondable y sus misteriosas epidemias, en un pueblecito finlandés situado en el archipiélago Aaland, se celebró el viernes pasado una subasta insólita. Se trataba de pujar por dos botellas de champán francés –una Veuve Cliquot y otra de la desaparecida marca Juglar—recientemente rescatadas de un pecio hundido hace la intemerata en aquella aguas heladas junto a un cargamento de la misma mercancía. La inevitable concentración de expertos y subasteros, aparte de un espectacular despliegue para seguir en Internet la marcha de la subasta, han conmocionado la vida de aquel tranquilo rincón que ha visto con estupor como las ofertas subían alocadamente con anterioridad a la almoneda pasando desde el precio de salida de 10.000 euros a nada menos que 100.000 ofrecidos por algún “connaiseur”. Sé que la cata de una de esas frascas ha resultado un éxito rotundo, dado que la frialdad de las aguas han protegido al corcho de su proverbial enemigo, pero no he tenido humor para seguirle la pista al resultado, francamente, convencido de que, cualquiera que haya sido, forma parte de este auge de las subastas que está siendo provocado por el súbito enriquecimiento de los países emergentes así como por el paradójico boom de los privilegiados beneficiarios de la crisis. Hace bien poco hemos visto adjudicar en una suma considerable las cartas adolescentes de amor que escribió Liz Taylor a un zangolotino quinceañero, por más que la palma en este terreno se la lleve, de momento, la puja mantenida en una importante firma de subastas por las orejas del “doctor Spock”, el de la serie Star Trek. El capricho millonario discurre independiente, como puede verse, de las duquitas de este perro mundo que está a punto de incendiarse por los cuatros costados sin turbar el apacible sueño de los afortunados.

 

La imagen de ese tesoro líquido, que ha permanecido en las profundidades y por espacio de casi dos siglos, constituye un símbolo idóneo de la condición imaginaria del valor, de paso que nos pone en la pista de por dónde van los tiros en la estimativa humana, ese impredecible capricho que sobrevuela inalcanzable sobre sus problemas reales, ajena a la suerte de la especie y, por descontado, indiferente a cualquier convención moral. Los buceadores que han degustado ese náufrago elixir no se deciden a la hora de comparar su paladar con un licor o un muscat pero su cotización podría haber batido todos los récords. En un mundo afligido por el hambre y la sed, no habrá que subrayar cuanto revela este cuento del champán bicentenario.

12 Comentarios

  1. Difícilmente se olvida lo aprendido de joven estudioso. Hoy jagm le da vueltas a la teoría del valor, una clave perdidae sige estando ahí para quiene sepan ver. La imagen del champán en el pecio es impagable, la aventura de los subastadores, elocuente. Un bonito artículo en los que demuestra como tantas veces que el interés está en el detalle o circunstancia pequeño, siempre que se sepa dar con él.

  2. Ofende enterarse de estas excentricidades en plena crisis mundial, cuando hay millones de personas en apuros, aparte de la miseria consabida. ¿Tendrán impuestos gravísimos esos gastosos, o pasarán desapercibidos para la vigilante Hacienda? El mundo se rompe progresivamente, se alejan los extremos, y ceremonias como la que se refiere en la columna nos confirman la dificultad de una conciliación. El gusto por la “diferencia”: ese es el motor de la desigualdad. De otro modo no entiendo que alguien se beba ese champán doble centenario sin un cierto repelús.

  3. Snobs de mierda, imbéciles sin remedio. Siempre existirán. Los romanos bebían perlas en vino o vinagre.

  4. Me gustó mucho mel artíc. de ayer sobre el cabreo del Rey. El de hoy pertenece a esa especie que usted prodiga alrededor de pequeñas anécdotas de las que saca buen provecho literario, y que tanto me gustan.
    PD. Tampoco yo bebería ese champán macabro del naufragio.

  5. El dinero que falta tiene que estar en alguna parte. Estas exhibiciones de los ricos en las subastas son sulfurantes, desde luego, pero no constituyen ninguna novedad. Champán de doscientos años, que ha envejecido junto a los cadáveres del pecio… Sólo la búsqueda de la “singularidad”, que antes se ha apuntado, lo explica pero a mí me repugna.

  6. La “estimativa humana”, don ja, sabe Dios por dónde va ya. Casos como el presente sugieren que muy lejos de la normalidad.

  7. Terminando la lectura de don José António mi humor andaba muy semejante al del señor Zas. Seguro que no ven la diferencia entre un champán y una cidra.

    Besos

  8. Pues me sumo a usted, doña Marta y al sr. Zas. A veces siente uno asco y depresión al mirar su alrededor.

  9. No escuchaba una historia tan pintoresca desde hace mucho. Aparte del pintoresquismo, sin embargo, es obvio que encierra, en todo caso, un aspecto inquietante como jagm ha subrayado con razón. ¿Qué determina el “valor”? Volvemos a la vieja cuestión marxiana cuando ya El Capital ha desaparecido de las bibliotecas, y lo hacemos para comprobar cuánta razón llevaba el viejo en algunos temas.

  10. No es por nada pero yo ese champán con fantasma no me lo bebía ni borracho. Prefiero mi Freixenet de toda la vida ya que a los franceses no puedo aspirar.

  11. Yo tampoco. Y comparto la ironía del autor sobre la teoría del valor que cabe deducir de hechos semejantes.

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