Esta sociedad post-industrial, con sus soponcios y recesiones, anda complicando exponencialmente sus esquemas relacionales. Es más, parece que sólo a base de superar curiosas contradicciones puede mantenerse en pie y seguir su pedregoso camino. Y si no, consideren el caso del cierre de las granjas de pollos decretado por el Gobierno francés, definitivamente alineado –a pesar de la “centralidad” de monsieur Macron—con la estética buenista. Ya ven: ¡la sensibilidad francesa que tan estoica como displicentemente pasó como sobre ascuas sobre la catástrofe de Indochina o la matanza de Argel, no puede soportar un minuto más la imagen conmovedora de las gallinitas cebadas en sus jaulas de granja, pone que te pone huevos que un mecanismo automático recoge para transformarlos con urgencia en mercancía! ¡Libertad para el gallinero, campo abierto al picoteo saludable que purga de insectos e impurezas corrales y campos abiertos hasta embellecer las yemas con su gualda intenso, se acabó la explotación impía de esos ovíparos a los que debemos, en tan gran medida, nuestra dieta proteínica! El animalismo no se conforma ya con cerrar los cosos taurinos sino que, en nombre de una Libertad sin límites, abre de par en par las granjas. Lo único que desdeñosamente deja cerrado a cal y canto son las ergástulas en las que pena el hombre. ¿A que la cosa da que pensar?

Pero, claro, la lógica de la vida no se pliega así como así ante tanta simpleza. No. Ahí tienen para comprobarlo, la noticia simultánea del cierre masivo de establecimientos decretado por “KFC”, la multinacional yanqui del pollo frito, forzada al cierre de más de 700 sucursales por falta de los pollos que necesita para freír, un auténtico drama para más de un adicto a la “fast food” en todo el mundo civilizado. ¿Vamos acaso hacia un modelo latifundista de explotación ganadera, habremos de ver con estos ojos que se ha de comer la tierra vastos prados convertidos en gallineros libres en lugar de aquellos cercados familiares en los que el zorro hacía sus agostos nocturnos bajo la luna llena?

Cualquiera sabe, pero esa coincidencia del “octubre rojo” y orwelliano de las gallináceas con el conflicto mercantil en sus freidurías nos avisa de que aquel sueño de la Revolución que un día creímos al alcance de la mano, queda bastante más allá de nuestra ilusión. En Rusia (en la URSS quiero decir) también se descerrajaron las granjas humanas en beneficio de unas mafias hoy ya indiscernibles del poder político, y miren cómo le va a la muchedumbre silenciosa con los nuevos zares. El bienestar tiene indefectiblemente un coste que o lo paga la gallina o carga con él el granjero.

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