Nos llama la atención José Luis Balbín sobre las ideas vertidas por Noam Chomsky, en una entrevista reciente, sobre la función y los límites del “cuarto poder”. Para el insigne filólogo el recurso a los “periódicos de referencia” sería ya una prueba de mediatización y el hecho que nos pone en la pista de una realidad fundamental para comprender nuestras sociedades: que esos ‘medios’ son, en realidad, el instrumento de gobierno permanente de los regímenes democráticos en la misma medida que la propaganda lo es en los que practican la autocracia. ¿No se basó la propaganda soviética en los hallazgos de la sociología de la comunicación yanqui, no fueron saqueados por las dictaduras en beneficio propio los trabajos que los Shills y los Janovitz habían hecho para destripar el juguete dictatorial? El argumento principal de esta crítica desmitificadora se fija en el divorcio entre la opinión pública y la que González llamaba la “publicada”, es decir, en el hecho comprobado de los repetidos fracasos de los grupos de influenciación que los medios representan ante hechos decisivos de la vida pública: el referéndum francés del 2005, en el que aquellos apostaban lo contrario de lo que decidió el pueblo, la distancia entre el deseo mayoritario de desnuclearización de Oriente Medio y una propuesta mediática más próxima a los proyectos políticos (y económicos, claro) que a esos deseos de la masa. Que por cierto, según Chomsky, no es la parte de la sociedad que más y mejor se somete a las técnicas de persuasión comparada con las elites, decididamente más permeables a la influencia que la muchedumbre solitaria. Nadie escapa a la pretensión de lavado de cerebro que auspicia el Poder, en unos casos manipulando la información, en otros potenciando la propaganda. La preservación de la libertad –individual, colectiva– requiere cada vez más un discreto distanciamiento de la opinión recibida. No sólo las dictaduras lavan cerebros, en definitiva. La lavandería democrática se diferencia exclusivamente en el método. Incomparablemente más buido, por supuesto, más sofisticado y menos bronco. El control social se ejerce con mano de hierro o con guante de seda. Pero se ejerce igualmente.

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Queda lejos la leyenda que reservaba el ‘lavado’ –la práctica de desestructuración de la personalidad– al modelo soviético. La odisea que Artur London nos contaba al cabo de los años en “La Confesión”, la que la historia y la mitología (por partes iguales) difundieron en un Occidente satisfecho que se ha creído durante decenios a salvo de los manipuladores; resulta que no eran el único instrumento de sumisión sino que había otros tan eficaces o más, si cabe, a la hora de someter al proyecto poderoso las voluntades individuales. A la sombra de la libertad floreció la técnica suasiva que comenzaba por arruinar la confianza en la propia capacidad racional antes de proponer la ‘conversión’ a un estilo nuevo, a un nuevo modo de “integración” en el que incluso la esclavitud virtual confunde su reflejo con el albedrío. Eso sí, el instinto sobrevive lo suficiente para arruinar un referéndum superando la sugestión o para distanciarse de un proyecto suicida, lo que permite a Chomsky abrigar la esperanza de que, al final, es posible, incluso probable, que la información prevalezca sobre los designios de los controladores. ¿Seguro? Alguna vez he recordado la idea de Bernanos de que ni las democracias pueden evitar la hipocresía ni las dictaduras el cinismo. Colgado entre el presente y el futuro, Chomsky parece que piensa algo por el estilo pero, aunque deje abierto un postigo a la esperanza, la verdad es que nos deja el alma en vilo. Quizá por eso se felicita la Regás de la decadencia de los periódicos y su decreciente (¿) difusión. Ellos y ellas también ‘proyectan’ deseos. El de que la crítica enmudezca, por ejemplo, y sólo permanezcan audibles las voces “de referencia”.

5 Comentarios

  1. Me sorprende un poco la referencia una y otra vez a Chomsky, al que -debo seguramente errar en el recuerdo- creo que se la dado caña en este rincón amigo, no sé muy bien si por parte del Anfi o de su distinguida -de la que me excluyo por falta de distinción- concurrencia.

    Don Noam, al que casi siempre asocio a Saramago, a Boff, hace tiempo que pertnece a la iconografía de mi devoción y me martiriza un poco cuando se le ponen banderillas negras. Pero un tipo que creo que ha cumplido los ochenta y mantiene esa juventud, esa rebeldía de pensamiento y proselitismo, merece como mínimo que le haga personalmente mi humilde ola.

    Mis amigos de El Jueves, que he vuelto a comprar cada semana, tras un guadianesco sí-no-sí-no, y perderme el número del ‘perrito’, etiquetan a los dos grandes diarios, EM y EP, como La Bola y El Peloteo. Ni quito ni pongo rey. No son, ni como el grupo Voz o como se llame, ni el Zeta, por poner dos de los ejemplos más conocidos, otra cosa que un eslabón de una cadena de producción (de dinero, claro está), que igual te vende libros, que teVeo, que tom-toms, que delicatessen’s para la mascota.

    Ayer mismo Arcadi en EM desgranaba su melancolía -cuánto tiempo hace que no voy a Encina Sola, qué nostalgia, allá perdida en su rincón entre Portugal y Badajoz- y abría interrogantes sobre a dónde y cómo se dirige el periodismo. Si él, con su sabiduría y su blog, si el propio Anfi, ídem de lienzo, surfean sobre la ola de la duda, ya me dirán.

    Arcadi, cómo no, no pudo evitar nombrar a la revolución digital, que algún día se estudiará en la Historia como los zambombazos de Hiroshima y Nagasaki y como la Toma de la Bastilla, hitos que marcarán períodos en que comienzan nuevas eras.

    Hace treinta años que escribo en una revistilla de pueblo que incluso cruza el Charco, pero no creo que pase de mil quinientos posibles lectores. Hoy con esta butaquilla que el Jefe me deja ocupar en la tertulia -a la que algunos se empeñan en convertir en aula- ni soy capaz de imaginar si me leen quince o quince mil. Lástima -y suerte- que una se pueda poner la mascarita del nick para poder colar alguna sandez sin que un conocido te ponga colorada por la calle.

    En honor a Arcadi, hoy me despido deseando que sigais con salud.

  2. Vaya nos estamos quedando mas solos que la una.

    Estupendo artículo, valiente y de mucha miga. Conforta leer cosas así, porque de pronto te das cuenta de que no eres la única en pensar así y te sientes menos sola. Lo de que las democracias obran con hipocresía y los regímenes dictatoriales con descaro o cinismo hace tiempo que lo tenía muy claro , pero lo malo es que a elegir, como sentimiento prefiero lo último a lo primero….aunque, naturalmente también prefiera vérmelas con Sarco que con Putin o Castro.
    “La preservación de la libertad individual o colectiva requiere cada vez más un discreto distanciamiento de la opinión recibida”. Pues sí. Por eso no tengo tele.Por eso y por falta de tiempo.
    Lo ideal para ejercer ese control social del que habla don José Antonio sería que la sociedad toda adhiriese al objetivo que esa sociedad se hubiese fijado.¿Qué gobierno occidental actual es capaz de fijar un objetivo claro a su pueblo, fuera de su propia reelección ?

    Mis más repetuosos saludos , doña Urraca.

  3. Le son cordialmente correspondidos, madame.

    Pero. metidas en sinceridades, yo le aconsejaría un mínimo de tele diaria. No soy una entusiasta del electrodoméstico audiovisual, pero tengo un combinado tv-dvd de 14 pulgadas que enciendo al menos una hora al día. Hay algún programa relajante si se localiza y siempre queda el consuelo de poner una película que, como los libros, cada vez ocupan menos espacio en mi mueble. Hay pocas cosas que merezcan la pena guardar.

    La pregunta que precede a su saludo de despedida no tiene más que una respuesta, que compartimos. Pero hay que seguir martilleando en frío, aunque sea desde un íntimo rincón de la red como este que nos acoge.

  4. Acabo de llegar de Segur de Calafell. Tengo dos hermanas y hemos comido juntos todos en familia.
    La mayoría de los visitantes del blog están seguramente de vacaciones.
    Hoy el querido amigo JaGM nos dice que: “nadie escapa a la pretención de lavado de cerebro que auspicia el poder”. A la pretención seguro que no, el que lo consiga, -al menos en mí-, tienen a un hueso duro de roer.
    Desde mi fuga de colaborador del “sistema” allá por el principio de los 80, veo difícil que democracia y monarquía franquista consigan llevarme a las urnas.
    Ayudo, y hago apología de todo lo que sea anti-sistema. Me lleva al ostracismo, pero me importa un pimiento.
    El día que todo esto estalle y la RUPTURA consiga imponerse, será la culminación de un deseo que me acompaña desde hace más de 20 años.

    Quiero ayudar a derribar la zahúrda en la que estoy.

  5. No hay la menor crítica a Chomsky en la columna, a mu juicio al menos, sino todo lo contrario. Ptra cosa es que no se comparta –yo tampoco– el optimismo ilustrado que tiende a creer que todo acabará bien al final. Es ése un tópico cada vez menos sostenible pero una tentación demasiado fuerte para el pesnador tras haber lanzado su andanada devastadora.

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