No nos habíamos repuesto de la noticia sobre el probable nombramiento de la ex-ministra Celaá como embajadora en el Vaticano –¡y se quejaba en tiempos la sagrada curia con egregios legados como Ruiz-Jiménez o Puente Ojea!—cuando recibimos otra fenomenal: la de que la ministra de Educación de Sánchez ha decidido eliminar de los programas de Historia no sólo la mención del Medievo incluido Al Andalus sino a los mismísimos Reyes Católicos o los Austrias para concentrar al alumno en la “modernidad”. Bueno, es cierto que ya va teniendo uno el cuerpo hecho a la burricie revisionista que derriba estatuas de Colón cuando no propone, ya en plan talibán, volar el Valle de los Caídos, tal vez para enrasar el concepto histórico de las nuevas generaciones con la ignorancia de los propios gobernantes, pero esto de que lo que ellos llaman “memoria histórica” al completo haya quedado en manos de una “barbi” sin instrucción pasa ya la penúltima raya.

La señora Alegría, que no es historiadora sino “diplomada en magisterio, especialidad en educación primaria”, llegó hablando de “recuperar el diálogo” y “tender puentes” pero se ve que ha sucumbido pronto a la iconoclastia ignara del presidente de México o de los separatistas catalanes que ven en Colón la vera efigie del genocidio y en fray Junípero su mano cómplice. Y tras esa línea roja –donde la ministra pace y ramonea a placer—se ha propuesto perpetrar una expeditiva lobotomía en el hipocampo de nuestros bachilleres buscando un modelo capaz de complacer lo mismo a los asesinos de ETA que a los meritorios del bolivarismo o al mentecato mexica. Cicerón decía que quitarnos el conocimiento auténtico del pasado sería mantenernos en una eterna infancia, pero ¡a ver cómo llevar hasta Cicerón a esa “diplomada” rasa!

Fuera de Marx o de Santayana eso de que los pueblos que ignoran su historia están condenados a repetirla parece una propuesta más que razonable. Pero es un hecho comprobado, en cualquier caso, que todo poder iletrado procura mantener a sus súbditos en la inopia del pasado. Con Franco, los bachilleres, una vez sublimado el vitriolo revulsivo de la Ilustración dieciochesca, saltábamos inocentes desde la Guerra de la Independencia a la hazaña del Llano Amarillo, obviando dos repúblicas, la pérdida de las colonias y la tragedia de la guerra civil. Y se conoce que el sanchismo, tan nesciente, ignaro y hasta plagiario, proyecta oficializar una Historia nueva en la que el galimatías “de género” y el obsesivo imaginario sexista cubran el vacío de la imprescindible memoria colectiva. Esto lo hace en un país civilizado y ya le habrían retirado su “diploma” a esta maestrilla de tres al cuarto.

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