Una moda arrasadora, tan vieja como el mundo, anda llenado la Red de ofertas de vírgenes al mejor postor. La propuesta estriba en la venta de la virginidad mediante subasta y su éxito está siendo arrollador a juzgar por la multitud de imbéciles exquisitos que a ellas concurren ofreciendo desde cantidades modestas, como los trece o veinte mil euros conseguidos por sendas postulantes en Londres o Ecuador, hasta los 3’8 millones de dólares que un  caprichoso australiano habría apoquinado a una joven estudiante que, como todas en su caso, asegura que se alquila para poder pagarse los estudios. La colaboración entre el sensacionalismo, la propia Red y los burdeles de nota se está demostrando eficacísima a la hora de perpetrar estas  miserias contra las que en vano se invoca el carácter depredador de la sociedad capitalista o la libertad del cuerpo, que no hay por qué negarle a nadie, desde luego. Miles de obsesos concurren a esas subastas en cada ocasión y ni que decir tiene que los ingresos de la “étoile filante” no acaban en el sobre del desvirgador sino que se prolongan en los basureros del “reality show”, cuando no en ofertas recibidas desde las editoriales o la industria del cine. La inmemorial marca de la hembra, surgida en el primitivo mercado exogámico, he aquí que pasa a convertirse en una reivindicación de la libertad femenina que ni siquiera cuenta ya con la excusa del engaño de la madre Celestina. Pero uno se pregunta más por ellos que por ellas, más por el oscuro complejo de violador que evidentemente subyace en esa fantasía masculina, que por el uso oportunista que esas desinhibidas hagan de su cuerpo serrano. Mucho me temo que, de seguir el negocio viento en popa, pronto tendrá abarrotada su covacha la vieja remendadora de virgos.

 

A esos necios pervertidos habría que recordarles aquello que decía Voltaire sobre la ingenuidad supersticiosa que veía en la virginidad una virtud, ya que no la grosería de Ramón Gómez de la Serna al compararla a una lata de sardinas. Pero más allá de cualquier consideración, la verdad es que esto da asco, y que habrá que irse haciendo a la idea de que la revolución cibernética, que está suponiendo una profunda revolución en tantos aspectos de la vida, comporta también un incontrolable grado de envilecimiento. Bien mirado, venderse como virgen no es una novedad sino una tradición, pero no cabe duda de que, vigente u obsoleta, la clásica marca de la integridad se degrada sin remedio en el expositor del mercado. Tan lógico me parece defender la libertad de disposición del cuerpo como plantarse frente a la idea de convertirlo en pura mercancía en la feria de los degenerados.

6 Comentarios

  1. Todo vuelve en materia de costumbres, casi nada se inventa. Es clásica de los burdeles la imagen de la vieja Celestina ofreciendo vírgenes. Clasúca y falsa, claro. Lo nuevo esta vez está en el medio y el resultado. Celestina tiene línea directa con el mundo entero y los parroquianos son une legión. Me ha gustado la decisión con que califica a los “violadores”. Es que lo son.

  2. Difícil cuestión. ¿Derecho? Todo el del mundo. Paro, ah amiga, sin olvidar que estos no son más que casos particulares de la prostitución enm general. ¿Qué preguntan esas vírgenes que se ofrecen de putas? Pregunten lo que pregunten,, putas son, eso sí con todo le derecho dle mundo.

  3. Pienso que hay que ponerse en el lugar de cada una de esas mujeres antes de emitir un juicio. Es fácil exigir desde la comodidad o la abundancia, y no parece que ellas estén en circunstancias tan favorables. El caso es triste, en cualquier supuesto, y exponente de la tendencia moralmente autodesctructiva que lleva el mundo entero. En cuanto a los que pagan por esa atrocidad merecerían un castigo. Hay que ser miserables para hacer eso.

  4. La única novedad es el desparpajo con que lo que lo proclaman urbi et orbi.

    Y no estoy de acuerdo con nuestro señor cura, a quien tanto respeto, por otro lado:no creo que la desesperación sea compatible con esos arreglos. Esto es más bien un cálculo, algo pensado, y algo exibisionista tambien.
    Un beso a todos.

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