Don Monipodio

En Marbella duerme en el calabozo los calabozos, la policía descubre sacas de dinero en sus domicilios, la trama parece extenderse a puntos muy lejanos. En Sevilla, el Ayuntamiento de la capital no sabe localizar decenas de obras pagadas a tocateja ni se inmuta ante las decenas de facturas falsas que se le exhiben a diario. En Huelva el PSOE justifica el mayor transfugazo de su historia apuntando a un presunto e infundado “pelotazo del PP. En Sanlúcar, (en los dos), en Almonte, en Estepona, en Almuñécar, en Punta Umbría, en Carbonera, en El Puerto, en Chiclana, por todas partes, el inmundo negocio del urbanismo ilegal pudre nuestra política. Marbella es un caso histórico, pero esa luna negra ni debe eclipsar la realidad de la corrupción generalizada, institucionalizada y consentida. Monipodio anda suelto y, lo que es peor, se sienta en los despachos con la ley de su parte. El problema es que Monipodio hoy gasta título de ilustrísimo. Marbella es sólo una llaga podrida. La metástasis, en todo caso, parece que no hay ya quien la pare.

El incendio de Marbella

 

El efecto del escandalazo final (esperemos que sea final) del Ayuntamiento de Marbella está provocando vivas reacciones en muchos pueblos y ciudades de Andalucía en los que, con evidente exageración, se viene a decir que si se intervinieran todos los consistorios más de uno y más de tres acaban con sus ediles en el trullo. Está demasiado extendida la conciencia del abuso, hay demasiados municipios en los que se han visto operaciones sospechosas en torno al urbanismo, en ocasiones vinculadas de manera clamorosa a las más altas instancias del poder, cesiones de terrenos o recalificaciones en beneficios de amiguetes del alcalde y demás trucos de repertorio. Verdaderamente se impone un ejercicio amplio y profundo de revisión de las condiciones en que actúan esos municipios nuestros que, con más competencias que nuca, aún reclaman más funciones y más dinero. Que eso, evidentemente, no vaya a hacerlo el partido en el poder, no quiere decir que no pueda constituirse en una aspiración saludable.

El Marbellazo

El colmo de los colmos: tres alcaldes consecutivos a la cárcel. Ganando en las urnas, no se olvide. Protegidos por la ceguera voluntaria de la autoridad competente. Escándalos tan famosos como el del saqueo, páginas tan vidriosas como la del suicidio del funcionario judicial, climas tan deplorables como aquel en el que Gil decía, en sede judicial, a sus matones, que al corresponsal de El Mundo había que ajustarle las cuentas. Indultos inexplicables (más bien inexplicados), encuentros en la cumbre, ojos cerrados, cohechos demostrados ante la Justicia, aunque sólo una vez prescritos los presuntos delitos, ¡mecachis! Y ahora resulta que todo el mundo estaba contra la situación, que Gil actuaba solo, que nunca ocurrió lo que todos hemos visto y venimos denunciando algunos desde hace años, que un consejero de Chaves se propone desembarcar en el Ayuntamiento para deshacer el ovillo cuyo enredo tal vez se conoce bien en la Junta. Una alcaldesa tapándose la cara, otros descarados mirando a la cámara, detenciones en el aeropuerto. Lo pasado, pasado está, pero también está claro que Torrente, el brazo tonto de la Ley, no tendría que quebrarse la cabeza para dar su siguiente pelotazo.

Alguien miente

No pueden llevar razón los dos si mantienen versiones contrapuestas: o el PSOE o el PA mienten cuando dicen a un tiempo que dijeron y que no dijeron lo que seguramente hubieron de decir sobre el concepto de Andalucía. Claro que si Chaves tiene ese papel comprometedor no tiene más que enseñarlo y si Álvarez conserva el presentado liquidaría el problema mostrándolo a los andaluces. En todo caso, saquemos tres conclusiones: una, que al peatonaje andaluz le da igual que le da lo mismo el nombre que quieran ponerle a esa contrahecha criatura; otra, que el PSOE no debe de tenerlas todas consigo ante la perspectiva de quedarse solo con IU en este absurdo enredo; y tercera, que esta última está quedando tan en ridículo como el propio Anguita ha tenido la gallardía de subrayar en esta páginas. No sólo son incapaces de interesar al ciudadano en la política, sino que se permiten quedar por mentirosos una vez tras otra como so eso fuera de recibo en la vida pública. Ni soñando tendrían un pueblo tan pastueño como el nuestro. Ni nosotros una caterva más desahogada y menos rigurosa.

Vivir a oscuras

Nada sugiere mejor el abuso demagógico de las mayorías parlamentarias que su oposición a permitirse a sí mismas investigar las cuestiones oscuras provocadas por sus propios partidos. Nada ilustra mejor la naturaleza del “régimen” de Chaves que el hecho de que en diez años haya impedido que el Parlamento soberano metiera las narices en nade menos que 53 casos más que sospechosos, lo mismo sobre el chanchullo urbanístico –tan incómodamente próximo a altos personajes del partido—como a los vergonzosos procedimientos usados para otorgar subvenciones (el caso del Ayuntamiento de Sevilla y sus facturas falsas se llevaría la palma en este sentido), pasando por los incendios forestales, los “pelotazos” de Canal Sur o las innúmeras contrataciones a dedo. ¿Por qué no quiere Chaves luz ni taquígrafos, cómo es posible que el electorado no perciba esta estrategia sistemática de ocultación? Hasta el TC ha debido hace días decirle a la Cámara andaluza que no es quien para impedir que las peticiones alcancen siquiera el pleno. Pero, de momento, ¡53! líos han sido enterrados en un decenio.

El mal ejemplo

Con lo bien que había quedado en su día la consejera de Igualdad condenando en Huelva al concejal que agredió a una mujer y le tocó el culo al otro, ahí la tienen ya defendiendo la recolocación política del condenado con el argumento de que a nadie se puede condenar al ostracismo. Ahí tienen también al alcalde de Alcalá de Guadaíra, justificando como “un tema personal” el hecho inconcebible de que el delegado de Hacienda del Ayuntamiento (¡el que firma las multas de tráfico!) haya estado conduciendo sin carné durante diez años. La “razón de partido” todo lo nubla, convierte en pardos todos los gatos, hasta los más farruquitos, del tejado público, hace que pierdan comba ética y moral incluso los personajes aislados que se han distinguido por desafiar –durante un ratito—esa lógica lamentable. Los partidos están desorbitando el mal ejemplo en lugar de ejercer esa pedagogía de la política que todos invocan en los momentos retóricos. Al enemigo, ni agua; al compañero, gloria bendita. Bien pensado el carné que le faltaba a Farruquito no era el de conducir, era el otro.