El ciclo vital

Ha sentenciado el presidente perpetuo de La Junta, Manuel Chaves, que los árboles ferozmente talados en pleno centro habían “cumplido ya su ciclo vital”. Ya ven lo fácil que se ve la paja en el ojo ajeno son percibir siquiera la viga en el propio, con qué alegría el hombre que ha desmontado la promesa formal de ZP de limitar los mandatos y que se ha negado a incluir esa imprescindible condición en el borrador del nuevo Estatuto, no sospecha siquiera que su ciclo político pudiera tener un fin algún día. A los árboles viejos (¿), hacha que te crió; a los políticos eternizados en el poder (una legión alrededor de Chaves), vía libre y alfombra roja. Un presidente que gobierna desde el 91 no se plantea jubilarse, pero entiende que los árboles añosos deben ser sustituidos del tirón por otros nuevos. ¿Las promesa de ZP? Bueno, eso ya se sabe que es lo de menos porque es sabido que la gente cambia de opinión. Chaves mismo no quería venir a Andlauñcia ni a tiros y ahora no se quiere ir ni muerto.

La mala memoria

Dice el PP que lo que Chaves se trae con el Gobierno a propósito de la reclamación de la cuenca del Guadalquivir no es más que puro teatro. Qué sé yo, igual le interesa un golpe de efecto y ha decidido finalmente reclamar lo único que tiene sentido reclamar en este negocio, a saber, la gestión de esa cuenca que, al atravesar más de una comunidad autónoma, no puede, con la Constitución en la mano, ser transferida a una sola. Ahora bien, el PP se olvida de algo clave y es que la reivindicación, no ya de la gestión, sino de la transferencia de esa cuenca figura en el mismísimo primer discurso de investidura de Chaves, allá por Julio del 90, que ya ha llovido aunque otra cosa diga la ministra Narbona. Lo que ahora reivindicamos, pues, supone una rebaja más que una exigencia, una reclamación auténticamente crítica teniendo en cuenta como en Andalucía el problema del agua. Y puede que a Chaves le hayan descubierto esta baza y con ella haya pactado con Moncloa la correspondiente puesta en escena. En todo caso, por debajo del nivel del año 90, quede claro. Nuestra autonomía va a menos cuando no se queda petrificada en la pura rutina.

Acusaciones mutuas

El buen rollito que se trae IU con el PSOE por arriba cruje por abajo de manera estruendosa. En Córdoba el PSOE anda acusando al gobierno municipal ni más ni menos que de echarse en brazos de un millonario sobrevenido que dicen que es quien de verdad gobierna Córdoba y no Rosa Aguilar, a lo que IU responde que más le vale callar a él por tantos motivos. En Sanlúcar de Barrameda, un parlamentario de la coalición sostiene que la dirección regional de Chaves estuvo y, por consiguiente, está detrás del “sobornazo” que acaba de ser condenado tan gravemente por la Justicia, y ya de paso denuncia la connivencia con un alcalde, como el de El Puerto, condenado y con varias imputaciones en lo alto, por el hecho de que garantice la continuidad del chavismo en la Diputación. Cohechos, prevaricaciones, sobornos: aquí no se habla de otra cosa y no es posible que la autonomía remonte mientras el panorama sea el que es y se mantenga la lucha de todos contra todos. Que vayamos a la cola en todos los indicadores no es, evidentemente, una casualidad sino una consecuencia del todo lógica.

Contraimagen política

Ayer publicaba este diario una entrevista al profesor Antonio Nadal, catedrático de Historia Contemporánea, más que demoledora en sus respuestas por su acendrado pesimismo pero también por la audacia de sus denuncias. Nadal ve una Andalucía en manos de los que él llama, con nombres y apellidos, “mediocres”, habla de la rebelión de las medianías” y del “intento de reactivar el franquismo”, asegura que el 80 por ciento d ela dirigencia democrática andaluza procede del franquismo, desdeña la campaña por “la recuperación de la memoria histórica” como “un negocio del que se benefician unos pocos” y que no está dando de sí más que “refritos y contrarrefritos”, denuncia la sumisión de los ‘medios’ al PSOE y acusa a Canal Sur en términos tremendos que culminan en la idea de que “roza la indignidad”, y suguiere, en fin, que tal vez “el destino inevitable de un intelectual crítico es no existir”. Un alegato severo en boca de un exmilitante destacado del PSOE, a cuyo Comité Federal perteneció, y que, al margen de modos y maneras, debería ser meditado por unos y otros.

Militancia fantasma

Ahora resulta que, a pesar de su propio testimonio, los alcaldes o el secretario local del PSOE condenados en Sanlúcar por el “sobornazo” no son militantes del partido. Tampoco lo eran hace poco los tránsfugas de Gibraleón, jaleados con entusiasmo el día de su ascenso al poder por el propio PSOE que “abandonaron”. No es del partido, para no estorbar, quien no conviene o carece de fuerza suficiente para exigirlo, aunque sí lo sea (recuérdese el vergonzoso espectáculo perpetrado a las puertas de la cárcel de Guadalajara, por el propio expresidente del Gobierno, para honrar a dos secuestradores) quien quiera y pueda. Ni lo es la García Marcos, a pesar de que salía en la foto con Chaves no hace tanto tiempo, ni los alcaldes condenados por prevaricación, cohecho y otros delitos en esos “burgos podridos”. Los partidos no acaban de comprender –probablemente no aceptarán nunca– que no hay regeneración sin penitencia y que los platos rotos se pagan. Si a los de Sanlúcar les llega a salir bien el chapú tal vez los tuviéramos hoy en la cúpula. Como les salió mal, los mandan a la leprosería.

Agravio comparativo

 

Una sentencia del Tribunal Constitucional acaba de sancionar como ajustada a derecho la decisión tomada por el Parlamento Vasco en el año 2003 –¡a buenas horas mangas verdes!—de suspender los derechos y deberes parlamentarios de Carlos Iturgaiz por haber votado éste por un compañero ausente con la cosa del voto electrónico. Bueno, supongo que por esa vía legal no hay ya más camino que recorrer, pero para considerarse agraviado, siempre podría invocar el sancionado el caso ocurrido en el Senado cuando dos senadores andaluces votaron –¡con el pie incluso!—de la misma manera y con idéntica intención. Entonces dijeron las minervas de la Cámara Baja –nunca tan baja—que ese acto no implicaba responsabilidad alguna, ni jurídica ni política; ahora los ropones del TC dicen lo contrario. No me cabe la menor duda de que mayoría solitaria que aún se atiene al sentido común apreciará más el argumento de este fallo que aquella inconcebible lenidad.