Tocando fondo

Da grima contemplar la degradación progresiva de ese mascarón de proa del radicalismo que ya va siendo al SAT. Un día es la imagen del alcalde perpetuo Gordillo haciendo el ridículo en el avispero catalán; otro el espectáculo novecentista de Cañamero luciéndose en el Congreso o asaltando un supermercado; y un tercero, en fin, el del camarada Reina, proclamando en Twitter la República andaluza para proponer que, “con todo respeto a las prostitutas”, Andalucía “deje de ser la puta de Europa”. Lo que comenzó mereciendo respeto, parece buscar su eternización reconvertido en la barraca más grosera de la feria. Y es que la realidad se le ha adelantado siete pueblos mientras él no logró nunca salir de su rancio fotograma. Se comprende que no debe de ser fácil para esos furiosos republicanos vivir de la nómina de una monarquía democrática.

La recta final

Hoy se reanuda el plenario de los ERE con las declaraciones de los numerosos imputados. Una foto histórica y lamentable, que ya no habrá quien borre, y un debate intrincado que ha durado años hasta dividir a la Opinión en dos bandos, el que apuesta por la absolución y el que clama por la condena, dos criterios legítimos, en última instancia, a los que, sin embargo, habría que pedir serenidad, respeto a la Justicia y un único objetivo digno: el que espera respetuosamente la sentencia. No cabe duda de que ese escándalo es demasiado vasto para ser manejado, cualquiera que sea el sentido del manejo, ni de que la gran perdedora es Andalucía. Ojalá el juicio sirva para despejar en lo posible estos graves nubarrones, sin inquinas ni paños calientes y la autonomía pueda recobrar su arrastrado prestigio.

800 huérfanos

Ese es el número de menores inmigrantes acogidos por la Junta de Andalucía al cerrar el año viejo. Una legión de huérfanos adoptados administrativamente tras culminar su temprana y temeraria odisea, que pone en evidencia el fracaso de la solidaridad civilizada y la resistencia del “Paraíso” a admitirlos como miembros de pleno derecho. Una vergüenza sin paliativos que permite entrever la falsía de las protestas humanitarias. Ni España puede dejar sola a Andalucía ni la Unión Europea puede abandonar a España en esta tarea histórica y frente a esta tragedia continental. Seguir viendo en ella un accidente en lugar de entender que se trata de un imparable cambio histórico supone estar ciegos. No sería el nuestro el primer imperio de que se derrumba sobre su miseria atestado de bárbaros inocentes.

La gripe, aliada

No sé qué sería del sistema público de Salud que gobierna (regular nada más) la Junta, si no fuera por sus excusas: en verano, la ya célebre de la movida poblacional, y ahora, en invierno, la de la gripe que, según esos enredados administradores, explicaría el práctico colapso de los servicios de urgencia sanitaria. Todo menos reconocer que los “recortes” –la Junta los llama “ajustes”— mantienen ese servicio esencial bajo mínimos al reducir el número de sanitarios y de camas disponibles. ¿Que una anciana muera en Jaén en un pasillo tras una interminable espera? ¿Y qué? Poca importancia debe de tener eso cuando ni un solo responsable ha tenido que dar la cara y apenas si se ha oído patalear a la leal Oposición en una autonomía que ha desalojado una planta, más de una vez, para ingresar a un mandamás.

Mal comienzo

Está de más la absurda discusión sobre a quién corresponde el mérito del descenso del paro regional, y lo está porque es obvio que lo que marca la mejoría generalizada es la política económica y laboral del Gobierno de la nación. En todo caso, lo que importa es que esta vez el empleo mejora también en Andalucía, ahora ya en términos realmente esperanzadores, pues encabezar, por una vez, el ránking de los que crecen es un éxito de todos, y cifrar esa mejora en casi en 60.000 nuevos empleados –más allá de la calidad de ese trabajo y de su carácter fluctuante y temporal— no cabe duda de que supone un sólido motivo para la confianza. Que la cosa mejora es indudable. Ejercer de hipercríticos de esa mejoría no pasa de ser un ejercicio de malévola melancolía.

Viejo refrán

El español castizo, el del Imperio, entendía que a sus hijos les quedaban tres alternativas: “Iglesia, Mar o Casa Real”, esto es, el refugio eclesiástico, la emigración a Indias o antigua burocracia , eso que ahora llamamos la “Función Pública”. Hoy escasean las vocaciones y ya no buscamos aventuras trasatlánticas, pero una prueba de que seguimos socialmente inmaduros es nuestra dependencia de las “administraciones públicas”. En Andalucía, ahora más que nunca, una legión de jóvenes se colapsa en la cola de acceso a la Junta porque en el ámbito empresarial privado sigue sin sitio. Dicen que algunos ya no cumple ni los 40 y eso, lamentablemente, no quiere decir otra cosa sino que –en especial, los hijos de las clases medias—siguen como hace medio milenio. Nuestra realidad laboral precisa de una reflexión urgente y definitiva.