¿Estarán tontos?

Puedo entender el laberinto en que se mueve el PP capitalino (sevillano), por ejemplo, dividido en dos bandos, me temo que letales. Lo que se me resiste al límite es la noticia de que en el PP de Granada hayan admitido en la organización –y temo que en posición preferente— a un sujeto que hasta hace poco se ha hecho llamar nada menos que “papa Gregorio XVII” en el frenopático hereje del Palmar de Troya. ¿Qué pretenden los conservadores, que los tomen por tontos o será que, en realidad, lo son? Un partido que gobierna España no puede permitirse estos peligrosos malabares, ni sus votantes aceptarán, a buen seguro, estupideces semejantes, que echan por tierra su credibilidad y lo incluyen de pleno derecho en el idiotario nacional. Urge que esa Dirección corte por lo sano una operación tan ridícula.

Pobres “monterillas”

Me ha pisado el tema ese águila que es Juan José Borrero, a pesar de lo cual insistiré, porque es de justicia, en la suerte de los modestos alcaldes que andan pagando el pato de las corrupciones incluso cuando de lo que se les acusa es de un quítame allá esas pajas. Borrero lamenta el caso del regidor de Huesa, entrullado por tres años y dos meses por pagar una obra con dinero de otro renglón presupuestario, y otro por el estilo, aunque olvide las inconcebibles prisiones de Pedro Pacheco, el alcalde de Jerez, preso hace años por cuatro pamplinas si se las compara con los grandes delitos que nos afligen. ¿Cómo encerrar a un alcalde “monterilla” por una alcaldada mientras el clan Pujol goza de su botín y los rebeldes y sediciosos se pasean por los platós? Conteste quien pueda.

Son como niños

También en esta Andalucía abrumada de problemas resuena el trueno territorialista. Discute con la presidenta Díaz la podemita antisistema mientras resuena como fondo la serenata boba de la “plurinacionalidad” y el monstruoso concepto de la “nación de naciones” (¿?). Oímos que el hecho de que Andalucía se autodefina como una “nacionalidad histórica” es indiscutible, como si en las restantes comunidades españolas no lo fuera. ¿Cómo es posible seguir con estas matracas tantos años después? ¿Es que Andalucía y España no tienen encima males más agobiantes que éste de la obsesión lugareña? ¿No tienen bastante estas minervas que nos gobiernan a precio de oro con la pobreza, el paro, la dependencia, la fracasada educación, la problemática sanidad o la precarizada legión pensionista? Vale, tenemos los políticos que elegimos. ¿Pero acaso eso basta como consuelo?

Blanco y negro

Se me viene a la cabeza el lema que pasea airoso por Sevilla un ateo militante –“Todas las religiones dicen que las otras son falsas, y llevan razón”—atendiendo a lo dicho antier por unos y otros en el debate del Estado de la Comunidad: que todo marcha como la seda y que lo que no marcha guay es por culpa de Rajoy, según doña Susana; y que todo va de mal en peor, según todos, menos Ciudadanos, claro. Entre el edén y el averno no hay distancias en nuestro Parlamento, y eso, como ustedes comprenderán, resulta poco creíble. ¿“Todos los políticos dicen que el rival es una calamidad, y llevan razón”? Pues no seré yo, ni quizá el lector, quien pasee esa pancarta, pero no será porque nos falten motivos.

La paja y la viga

Lleva razón la Junta al rebrincarse frente a la opinión (publicada) de la vicepresidenta del Gobierno de España sobre la conveniencia de un cambio, tras más de tres décadas de “régimen”, en el puente de mando de esta autonomía instalada en el fracaso. Está muy feo, desde luego, eso de olvidar el papel de los electores en la pervivencia de dicho “régimen”, pero ¿acaso no se acuerda la Junta de los innumerables desdenes y zarpazos propinados por ella a un Gobierno de la nación al que tiene acusado de “discriminar” a los andaluces, de ser el único corrupto de nos aflige y al que incluso pretende endosarle el laberinto de los cursos de Formación labrado de un decretazo por doña Susana? Nunca vino más al pelo la metáfora evangélica consignada en nuestro título.

Viejo refrán

Rectificar es cosa propia de sabios, no hay por qué discrepar de Pope y de Swift, pero, bien entendido, que aquel poeta daba por supuesta la espontaneidad de la rectificación. No hay tanta sabiduría en el rectificador cuando obedece a presiones poco resistibles, como ha sido el caso de la Junta de Andalucía al anular la impagable multa impuesta a unas monjitas por el tremendo delito de restaurar un órgano ruinoso. Lo notable ha sido la unanimidad de la protesta, la reacción de tirios y troyanos ante ese alarde de autoridad con los débiles –“¡que duros con las espigas, qué blandos con las espuelas!”, ustedes ya me entienden— que contrasta con la manga ancha ofrecida por el “régimen” a tanto mangante. Claro que bien está lo que bien acaba –viajemos de Pope a Shakespeare— aunque sea forzado por el clamor.