Un hombre libre

Perfil de Antonio Gala por Jose Antonio Gómez Marín

Cuando me planteé elegir una personalidad señera para concelebrar este “centenario” de nuestras “Charlas en El Mundo” pocas dudas tuve antes de decidirme a proponerle el encargo a Antonio Gala. Tiene Gala singular atractivo para la inmensa mayoría no sólo como persona de probado criterio sino como personaje –y eso es ya, en términos gracianescos, algo que depende más del ojo ajeno que de su propia voluntad—cuyo peso en la vida pública española no precisa ser subrayado. El hombre original, el poeta delicado, el atractivo novelista, el articulista incisivo que en una pieza es este hombre peregrino lo han convertido hace mucho en un referente de nuestra vida cultural y, en ocasiones, también de nuestra vida política. Es posible, en cualquier caso, que mi concepto y mi visión tanto de la persona como del personaje no coincidan, el menos de entrada, con los de quienes se atengan a su perfil mediático, sin duda atractivo, pero quizá, al menos para mí, insuficiente.

Hay una distancia larga entre la ‘persona’ y el ‘personaje’, entre la imagen que nos proporciona el conocimiento atento y directo de alguien y la sombra que, iluminada por la luz terciada de la vida, proyecta esa realidad íntima. Y, ciertamente, por lo que se refiere a Antonio Gala, muchos años de observación atenta y algo devota de una y de otra tal vez me permiten hoy distinguir entre ellas de modo que acaso no coincida con el de la estimativa más general. Para decirlo todo de una vez, lo que trato de dejar claro es que mi visión de Antonio Gala, simpatizando con su leyenda amable e inevitablemente “literaria”, tiende a valorar más, por debajo o por encima del ‘personaje’ popular, a la ‘persona’ enteriza que ha sabido mantener, a través de tiempos tan difíciles, un mismo gesto ético y una moral autónoma capaces de soportar el peso de su compromiso público.

Porque, verán, Antonio Gala es ante todo un espíritu comprometido con un puñado de ‘certezas’ –y ojo, porque no pretendo ahora decir de ‘verdades’—sobre las que ha construido al unísono el edificio de su vida y de su obra, un ámbito reservado y no poco exclusivo desde el que ha tratado de alcanzar una independencia insólita compatible con una excepcional capacidad de influencia. Se equivoca, a mi juicio, quien vea en la crítica política que Gala prodiga un ejercicio suplementario del creador, algo así como una entrometida licencia del poeta (y ahora sí que hablo en griego) que invadiera ocasionalmente la plaza pública con su voz disonante o cautivadora. Y se equivoca porque, sin perjuicio de esa índole poética, tanto la persona como el personaje de Antonio Gala han estado desde que yo les sigo el rastro –y va ya para muchos años—radicalmente comprometidos con la realidad contemporánea y, en concreto, con la vida española que es, sin género de dudas, una de sus pasiones dominantes. A algunos no nos sorprendió, por eso mismo, aquella aventura de los molinos que Gala protagonizó quijotescamente cuando la sedicente izquierda española se rajó ante las presiones para desdecirse de su tradicional neutralidad estratégica y rechazar el alineamiento en la OTAN. Como no nos sorprendió la entereza de su discurso, la energía moral de su exigencia y el rigor de su apuesta política que, frente a la miseria de los rendidos, resaltaba, hay que reconocerlo, con un brillo especialísimo. Y no nos sorprendió quizá porque, aunque distinta en el tono y diferente en la impostación, no era difícil identificar en esa voz, la voz de siempre, la misma que en los poemas desmayaba por el hombre y sus debilidades, la que en sus prosas diversas se revolvía inquieta en busca de un norte común y de una deriva decente.

Gala nos hablará hoy de la Libertad, de cuanto en ella hay de materia mítica, que es, por supuesto, lo que la inerva y robustece, lo que hace que por ella merezca la pena vivir y, llegado el caso, según dice los héroes, también morir. No de la libertad minúscula que se predica en mítines y pasquines, sino de la grandiosa que confiere al hombre su naturaleza última precisamente por ser ella condición o requisito de la propia vida, la libertad que nos esclaviza sartrianamente y nos hace libres como la verdad de Juan. De ella viene a hablarnos Gala en esta tribuna que libre ha querido ser ante todo y que hoy dobla una sugestiva esquina del tiempo, una vuelta del camino, como diría Baroja, más allá de la cual –y ahora quien habla es Pessoa—nadie sabe qué nos aguarda aunque nos es forzoso saber qué buscamos. Las “Charlas” han sido un privilegio para Huelva y Gala lo es hoy para las “Charlas”, es decir, para ustedes. Y con todos sus avíos: con su ternura y su dureza, con su impertinencia y su discreción, con ese personalísimo estilo, en definitiva, que ha hecho de él una figura indiscutible de esta difícil hora española. Dentro de unos años, cuando otro “centenario” nos de la ocasión, volveremos a invitarlo con la esperanza, desde ahora, de que lo que para entonces tenga que decirnos sobre la Libertad pueda prescindir de la aspereza de la prosa crítica porque quepa ya holgadamente en un poema.