La duda más incómoda

Hay un tipo de crítico científico en nuestra crédula sociedad empeñado, en no pocas ocasiones desde la mayor incomodidad, en limitar tanto las expectativas injustificadas, causantes de tanta decepción, como las alarmas sin base. Uno de ellos –bien conocido, por fortuna, del gran público que lee y ve la televisión– es Manuel Toharia, actual director del Museo de la Ciencia de Valencia, y hombre de vastos y exigentes saberes cuya moderada energía lo han convertido en auténtico azote de la charlanatería que nos aflige, desde los ufólogos visionarios a los espiritistas de sobremesa y desde los magos a los herodianos. Buena falta hace una dosis, siquiera homeotápica, de ese criticismo tocado de escéptico, en efecto, en medio de este festival en el que participan entusiastas no ya sólo los filibusteros de la industria del notición, sino las más altas instancias políticas, como el caso del debate del llamado “cambio climático” —que hoy nos reúne aquí para escuchar al experto– se ha encargado de poner de relieve. 

Antiguo seguidor de las opiniones de Toharia creo poder decir que, más que un escéptico, este viejo meteorólogo es un prudente, uno de esos raros españoles que el padre Gracián llamaba “discretos” y a cuya rareza en nuestra sociedad atribuía, como otros observadores de la España antigua, buena parte en la responsabilidad en los “males de la patria”. En medio de esta enorme discusión paracientífica montada en torno a la hipótesis de que el actual modelo de civilización va a conducir al planeta, por la vía rápida, al Apocalipsis, Toharia es de los pocos que ha conservado el sentido de la medida para enfrentarse a los grandes poderes involucrados en ella y decirles, al menos, dos cosas verdaderamente incómodas: una, que el abuso actual de ese modelo resulta, ciertamente, dañino para la salud de la Tierra pero que, en modo alguno, es previsible que ni ahora ni a lo largo de todo el siglo, ese riesgo pueda acarrear la anunciada catástrofe final; y otra, ojo, que casi con todaseguridad, no es del todo inocente esa hipótesis en mano de los políticos en la medida en que les sirve divinamente para ocultar otros problemas, desde luego mucho más acuciantes. 

Como el de la extrema desigualdad entre países y continentes, por ejemplo y sobre todo. Cuando desde el Tercer Mundo alguien ha dicho que, en realidad, estos alarmismos podrían no ser más que la coartada para segarle bajo los pies a las tierras hambrientas la hierba de la industrialización, no andaba del todo despistado seguramente. Porque uno puede preguntarse, como alguna vez ha hecho Toharia, de qué planeta estamos hablando si no es del mundo rico, puesto que en el pobre ya muere de hambre un inocente cada tres segundos y verdaderas muchedumbres encaran el nuevo siglo desde la más absoluta desesperanza, privadas de lo más elemental incluida la salud. ¿Qué cataclismo puede alarmar a un mundo como ése? Es justo, por supuesto, al “otro mundo”, al nuestro, al rico y desarrollado, al que amenaza dudosamente esa ruina ambiental provocada por nuestra propia actividad. Un tipo con Al Gore recibe el Nobel por su campaña contra el modelo actual pero no movió un dedo para firmar el protocolo de Kyoto cuando era nada menos que Vicepresidente de los EEUU. Los mismos países adalides de la alarma medioambiental compran a buen precio a los países pobres sus imaginarios “cupos” de una polución que qué más quisieran ellos que estuviera en sus manos provocar. Mucha gente apoya a Gore, incluso sin haber visto ese documental desacreditado pro un juez londinense, pero poco juego mediático se le ha dado al desafío lanzado por lord Monckton de Brenchley o por Dennis Avery, incrédulos ante los profetas tonantes y, como Toharia más o menos, convencido de que si algo hay que hacer no es, desde luego, porque resulte inminente un desastre sino porque este mundo vive instalado en esa polución devastadora que es la injusticia. Pero ¿es verosímil la catástrofe o no lo es, enloquecerá definitivamente el Tiempo (meteorológico) o seguirá sin mayores contratiempos su curso inmemorial, subirán los mares como estos mismos días se anuncia o tampoco es verosímil ese aterrador efecto?  Las “Charlas de El Mundo” le han pedido a este observador tranquilo que nos cuente los pros y los contras, como él suele, con tal de contribuir a restaurar la tranquilidad tanto como a ilustrar el criterio colectivo, que es lo que de verdad está en peligro en esta sociedad medial. Uno tampoco cree, modestamente, en estos apocalipsis de bolsillo, a lo mejor por la filogenia cristiana de la mayoría de los europeos. Y por eso no cree demasiado en estos “fines” del mundo. Estoy don Kafka en que esto va para largo y, encima, en que la Eternidad debe de ser muy aburrida… sobre todo al final. 

Libertad amenazada

Alguna vez me ha confiado Gustavo de Arístegui –uno de los expertos que más cercanamente conocen la realidad del mundo islámico– su convencimiento, paradójico sólo en apariencia,  de que el mayor adversario del Islam es el islamismo, asunto que ha puesto en claro desde el titulo un libro suyo reciente en el que se insiste en esta estupenda teoría que seguramente dejará, pues eso, estupefactos, a muchos entre quienes sólo de oídas conozcan esas realidades. La hipótesis de partida de Arístegui –cuya experiencia diplomática en el avispero jordano y su proximidad a muchos protagonistas de la tragedia que vive la zona es excepcionalmente estrecha—consiste en que, en efecto, el Islam, más que una religión, en el sentido convencional o incluso en el que le da al término Max Weber, es una ‘ideología’, dándole a este concepto el alcance largo que le otorgó la tradición crítica que llega hasta Adam Schaft. Cosas parecidas hemos entrevisto los de mi generación insinuadas en Paul Berger, en Thomas Luckmann, en tantos otros, y hasta nos hemos escandalizado de ellas en nombre de dogmatismos ya, por fortuna, no tan vigentes. Y por supuesto, aún hoy no dejan de producirnos una inquietud próxima al escándalo a muchos que, menos dotados para la acuidad que Gustavo y otros observadores, seguimos viendo en el Islam una religión positiva y en el Corán un código complejo en el que –he de decirlo con entera lealtad a nuestro huésped—caben holgadamente, a mi juicio, los prerrequisitos de las formas fanáticas, contra lo que antier mismo dijera el responsable de nuestra seguridad, que hoy lo amenazan y nos amenazan.
Está fuera de discusión que estamos viviendo una crisis muy tormentosa, en cualquier caso, como consecuencia de la utilización, legítima o desviada, de esa “ideología”. Con un agravante: que, como en otras tantas épocas, en el cortejo ‘ideológico’ de la religión figura destacada la sombra atroz del terror. Es más, es posible que el rasgo más urgente y temeroso del siglo XXI sea la internacionalización de ese terror, nunca como hoy ubicuo y omnipresente como consecuencia de la realidad globalizadora, es decir, la novedad de que sus efectos –la acción terrorista como instrumento político mejor o peor disfrazado de religioso—aparezcan como dotados de una cualidad también sin precedentes: la desterritorialización. En la “banlieu” de Paris, en las comunidades afroamericanas de Nueva York, en el Madrid alegre y confiado hasta el 11-M, en la propia Arabia wahabita como entre los ‘guerreros mulsumanes’ de Paquistán o el chiísmo checheno, hace horas todavía en la mítica Argel, en medio mundo, la presencia cierta del islamismo se ha vuelto eventual amenaza. Y si en Gaza se libra, por lo demás, una batalla abierta entre dos religiones del Libro que nunca se vieron con buenos ojos, en Washington, en Londres, en Roma, en Varsovia, en Berlín o en Madrid, se ha abierto un frente nuevo con la que faltaba. Se le pueden dar al tema y problema las vueltas que se quiera, pero el presente –y ahí está el laberinto, la aporía de Irak para probarlo—el mundo está viviendo una experiencia nueva en su historia: la de esperar a un enemigo que no ha de anunciarse desde lejos con timbales retadores, sino que convive cauteloso dentro de la ciudadela con los propios amenazados, trabaja junto a ellos, come su pan y, lo que es más grave y desconcertante, comparte sus libertades.
Me consta que a este gran experto en relaciones internacionales le quitan el sueño dos realidades que sólo desde el oportunismo o la ignorancia se pueden negar. La primera es la amenaza que, contra todo pronóstico, se cierne sobre la Libertad en estos tiempos modernos. La segunda, ya más doméstica, es la grave pérdida de peso que España está experimentando en el mundo en esta legislatura, tras un paréntesis durante el cual, por lo que fuera, tal vez incluso se vio encumbrada más arriba de lo que resulta razonable. Con la Libertad amenazada y nuestra influencia en regresión, es normal esta preocupación española que, indignamente, está siendo presentada con frecuencia en absurdas claves partidistas, porque tanto la precariedad de los sistemas de seguridad mundiales como nuestro retroceso como potencia media resultan evidentes. ¿Cómo si no, entender que un mandatario de medio pelo maltrate dialécticamente al presidente del Gobierno, nos envíe a diario sus invectivas y hasta exija una “reparación” al Jefe del Estado que, ingenua o temerariamente, no ha faltado quién le permitiera entrever desde el propio Gobierno? La presencia de Gustavo de Arístegui en estas “Charlas” conecta -estamos seguros de ello– con el sentir de muchos españoles que sobrellevan como pueden la inquietud que les produce la precariedad de sus irrenunciables libertades y, por si poco fuera, se sienten alarmados ante nuestro creciente descrédito exterior. Porque pienso que, en el fondo, ambas cuestiones están relacionadas estrechamente, hemos buscado en el experto –tengo que confesarlo- no sólo la claridad de una doctrina sino el posible consuelo de un diagnóstico esperanzador. En peores plazas hemos toreado, dicen los castizos. Aunque sin excesiva confianza en el adagio, espero que Gustavo, conocedor excepcional de esta difícil coyuntura, nos proporcione algunas razones para justificar la serenidad.

La buena vecindad

Quizá no haya mejor observatorio de nuestras relaciones con Marruecos que esta Andalucía políticamente erigida en mascarón de proa de una alianza tan inobjetable en principio como discutible en su realidad. Es en nuestras costas donde aparecen los ahogados de las pateras que operan desde el país vecino, en muchas ocasiones como instrumento de presión para uso diplomático. Es en nuestros campos donde los labriegos lamentan una competencia imposible con un productor libre de compromisos laborales y que, por lo demás, negocia a dos bandas en Madrid y en Marruecos. Es en nuestros puertos donde amarra la flota privada de sus inmemoriales caladeros, víctima de una industria pesquera rival que, en grandísima medida, es propiedad de la oligarquía que sustenta a la dictadura alauíta pero, sobre todo, del vasto círculo real.
La histórica tensión entre España y el antiguo protectorado no ha cedido un ápice porque Andalucía –por razones partidsitas que nada tienen que ver, obviamente, con el sentir popular–  se ande quitando de la boca, cientos, miles de millones para invertir a fondo perdido en obras sociales no siempre justificadas ni razonables y, en alguna ocasión, incluso participadas por personajes tan dudosos como algún reciente convicto rehabilitado por su régimen. Y el argumento es, cómo no, la consabida martingala de la ayuda al Tercer Mundo como si no supiéramos de carrerilla que no hay un céntimo que recale en Marruecos que no vaya a manos de una clase dirigente que es todo menos de fiar.
Claro está que no es Andalucía quien decide esta política de amistad a toda costa, que ha sobrevivido incluso al grave síncope de un 11-M perpetrado, según dicen, por inmigrantes en su mayoría marroquíes y cuyas relaciones con algunas instituciones de su país han podido comprobarse en no pocos casos. Quien ideó y mantiene esa estrategia es el “régimen” andaluz, encabezado por el propio Chávez, ese marroquí vocacional que en su dia hizo de introductor de ZP en aquella corte incluso a espaldas del Gobierno legítimo de la nación. Es notable el volumen de las inversiones andaluzas en Marruecos y notorio el papel desempeñado por personajes de nuestra política que, tal vez para no perder tiempo, suelen tener ya casa abierta en el país vecino, como lo es el desmesurado empeño de nuestra autonomía en congraciarse con un país que honra a título personal a nuestros muníficos dirigentes pero en modo alguno pasa por alto la más leve formalidad a la hora de aplicarnos las generales de la ley lo mismo si se trata de favorecer nuestros intereses económicos que si lo cuestionado es nuestr propia seguridad.
La reciente visita del Rey a nuestras ciudades africanas, en todo caso, han dejado clara la debilidad de unas relaciones que, lejos de ablandarse ante el trato preferente e incluso la bicoca, nos aprietan la tuerca con la indiferente insolencia que permite a sus gestores su condición de aliados de Occidente, y en particular de los EEUU y de Francia, cuyos intereses estratégicos tradicionales se ven reforzados hoy por el argumento de la potencial peligrosidad de un éxito popular del islamismo extremista a veinte kilómetros de nuestra orilla. Entre España y Marruecos hay, en efecto, un conflicto permanente, del que, con su probada solvencia, va a ocuparse hoy en esta tribuna el profesor Fanjul, un conocerlo de excepción de de cuanto se relaciona con ese mundo emergente con el que, ciertamente, sería grato aliarse de manera civilizada, como proponen algunos siguiendo al clérigo Jatami, pero con el que apenas hay posibilidad de entenderse en el plano de los derechos fundamentales que Occidente defiende desde hace siglos. Difícil resulta imaginar una convivencia abierta con Marruecos mientras ese país no acepte la igualdad legal entre hombres y mujeres, las libertades estén a merced del capricho regio y la corrupción siga sendo proverbial en todos los niveles de su sociedad. En Andalucía vemos ese espectáculo más de cerca que nadie y, además, lo pagamos con nuestros escasos recursos. Hoy esperamos que Fanjul nos asome a tan inquietante realidad con una  perspectiva más amplia pero me atrevería a vaticinar que, seguramente, sin mayor optimismo.

Razones para un cambio

Algún día habrá que hacer balance del papel jugado en la batalla contra el terrorismo por las mujeres vascas. Las hay que presiden partidos, que defienden a las víctimas contra viento y marea, que sostienen en solitario ayuntamientos cercados o que se enfrentan a la hostilidad organizada con una determinación bíblica. Una de ellas, María San Gil, ha podido comprobar hace poco, con motivo de un contratiempo personal, el fervoroso cariño con que la distingue la mayoría de un pueblo agradecido, y ella nos visita hoy, ciertamente en un momento delicado, para traernos noticias de primera mano de este conflicto de los vascos que, por esa misma razón, a todos los españoles incumbe.
Ha sido una desgracia para esta nación que haya habido que andar afirmando algo tan obvio como que todo el mundo quiere la paz. ¿Quién no va a quererla, qué desvarío podría llevar a un ciudadano a preferir el conflicto a su solución? Hay un malicioso equívoco introducido de matute en el gran debate de esta legislatura sobre la idea de que hay en España quienes no quieren que termine la trágica agresión de ETA frente a quienes han postulado la negociación para liquidarla, un falso debate que nadie en sus cabales puede sostener sin evidenciar la intencionalidad partidista. Todos los gobiernos de España han negociado con ETA, aunque ciertamente unos más y otros menos, y no ha faltado siquiera el ominoso recurso de alguno de ellos a un contraterrorismo que no era menos genuino que el terrorismo contestado. Pero la que parece que acaba de finalizar no ha sido una negociación como las anteriores, sino un plan decidido a acabar con el antiguo problema  “como sea” (la expresión es del presidente del Gobierno), desde la perspectiva desacomplejada de que el entreguismo es un recurso tan válido como otro cualquiera: he ahí un planteamiento que rechazan –que rechazamos—muchos españoles no necesariamente, ni muchos menos, condicionados por ideologías o disciplinas partidistas, sino motivados tan sólo por un elemental sentido de la justicia.
Personas como María San Gil, que han debido ajustar su biografía a la exigencia de una amenaza constante, tienen más derecho a formular esa protesta, en cualquier caso, que los demás españoles, incluidos los que hayan tenido que soportar presiones sobre su libertad. Pero las víctimas, es decir, aquellos a los que el terror hirió irreparablemente contra todo derecho y fuera de toda razón, tendrían todavía más, si cabe, porque una tragedia como la provocada por ETA, muchas veces con la complicidad explícita o no, de ese nacionalismo que, ignoro por qué, se sigue llamando “moderado”, confiere una especie de legitimidad activa y superior que ni siquiera un Gobierno legítimo puede despreciar. Estos tiempos atrás hemos venido escuchado algo tan desconcertante como, por ejemplo, la tesis del Gobierno de que una simple metonimia, un vulgar cambio de nombre, exonera a una organización terrorista como Batasuna de toda culpa pasada y, en consecuencia, la rehabilita para la política. Antier nos decía el Fiscal General que “no consentirá” que los fiscales a su mando pierdan esta ocasión de buscar la paz social paliando la ley cuando y donde convenga. Pelillos a la mar, pues, con el millar de muertos, árnica sobre la evidencia de la barbarie, pragmática imposición de una paz prohibitiva al menos para media sociedad vasca, mientras el viejo catalanismo de las burguesías lugareñas evoluciona hacia formas despóticas que excluyen al disidente aunque el disidente sea el espíritu mismo de la Ley. Desde antesdeayer en cambio vemos invertirse esos criterios y tanto al Gobierno como a la Fiscalía General y a algún juez complaciente decir digo donde antes dijeron diego.
Vamos a escuchar a María San Gil, una mujer fuerte que ha vivido en primera línea de fuego todos estos años –casi toda su vida adulta—viendo cómo caían, junto a las suyas, las víctimas de los otros (llegado el caso, incluso las purgadas dentro por la propia banda), es decir, contemplando cómo la vida cotidiana se desestructuraba en una sociedad tan firme como la tradicional vasca, de qué manera la enfermedad nacionalista escindía en dos el país común para instaurar sobre la mitad rival la injusta disciplina del miedo. E imagino el dolor indignado de las víctimas ante tanto oportunismo, tanto entreguismo, semejante fraude de la letra y del espíritu de la Constitución, tal burla de la Justicia. La libertad de asesinos en serie se ha presentado como el precio de la paz, el borrón y cuenta nueva como la panacea de un mal que arrastra la misma serpiente hace al menos dos siglos, mudando de piel pero no de intenciones, dando de sí un inverosímil modelo de convivencia en el que Unamuno o Baroja se cambian mano a mano por Santi Potros o De Juana Chao. Y en el que el daño habría de olvidarse sin contrapartida alguna, camuflado el cambalache en el sofisma de una rendición disfrazada de paz. Que ya veremos, porque Clemenceau, que sabía de qué hablaba, ya nos advirtió que siempre resulta más fácil hacer la guerra que la paz, y bien parece que este desencantado Gobierno ha entendido al fin las razones del viejo estadista. Porque esa dudosa paz que el Gobierno perseguía hubiera sido, más que nada, una claudicación y el inicio de una nueva guerra: la que siempre provoca el olvido de la realidad, la que instiga la propia injusticia. ¿Quién no va a elegir la paz posible? Sobre esta falsa cuestión viene  a hablarnos una de las personas que, más allá de su capacidad probada, mejor título tienen para pronunciarse libremente frente una “solución” que puede que lo fuera para los terroristas y para el Gobierno pero no para el pueblo que ha sufrido esa tragedia, durante tantos años, en su propia carne. Como al fin se ha demostrado.
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El mayor de los secretos

Hemos querido abrir las veraniegas “Charlas en El Mundo” proponiendo, a la vera de “el contemplado mar del Suroeste”, una reflexión sobre el misterio más recóndito que acosa desde siempre la imaginación del hombre, a saber, el origen de la Vida. Cómo surgió la vida que conocemos y nos constituye, qué circunstancias la propiciaron, en qué mecanismos se fundó ese milagro superlativo que nos coloca, de momento, en el centro de la Creación (del Universo, vaya) como protagonistas y, a un tiempo, como dramaturgos de esta tragicomedia breve e intensa que es la Vida. Traernos con nosotros a Juan Pérez Mercader – casi un onubense, si es cierta la aserción de Rilke de que “la verdadera patria del hombre es su infancia”– era, en este sentido, la mejor opción, no sólo por esta cercanía sentimental sino porque en nuestro personaje se juntan una rara estatura científica con una inusual capacidad pedagógica. A quienes nutrimos nuestras juveniles inquietudes científicas en mi generación, nos quedó claro que el envite de entender la Vida era, además de un problema empírico reservado a los científicos, una cuestión de rancio abolengo filosófico, que cualquier bachiller anterior a la demoledora LOGSE podría orientar, mejor o peor, bandeándose entre sus recuerdos de Aristóteles, Descartes o los filósofos naturales del XIX, aquellos ingenuos entre los que, en ocasión memorable, se alzaba la voz de Shelley preguntando con énfasis cual era el misterio de la Vida. Hubo en aquella generación –que es la de Mercader y la mía– un cierto apasionamiento por ese tema oscuro, para aclarar el cual la verdad es que tuvimos a manos no pocas genialidades –las de Bernal, Oparin, Monod, François Jacob, Smith, Watson y Crack, Orgel entre tantas– sin olvidar las tentadoras sugestiones de Fred Hoyle o las impagables divulgaciones de Asimov, hoy seguramente caducadas o en vías de obsolescencia, no lo sé.

 

Ahora bien, el desafío intelectual estaba ahí, el reto que planteaba a la Razón el origen de la vida constituía una piedra miliar sobre la que trataban de levantar su edificio conceptual tanto los buscadores del idealismo como los materialistas que se les oponían en aquel mundo bipolar. ¿Qué era la Vida, cómo surgía, en qué momento y por qué razón la famosa molécula endergónica abría la senda de la existencia orgánica, el milagro de las moléculas replicantes ligado a los enigmas de los enlances fosfáticos ricos en energía y siempre en relación con la solución darviniana? Como la Ciencia adelanta que es una barbaridad, según decía la zarzuela de nuestros padres, hoy estas perspectivas habrán de parecerle ingenuas tal vez a sabios como Juan Pérez Mercader, especialistas mucho más finos e incomparablemente mejor situados de cara al misterio, que nuestros viejos maestros. Instalados en nuevas perspectivas que van desde la biología a la astrofísica cuando no las integran, nuestros sabios actuales estrechan día a día el cerco a aquel enigma que de sobra sabemos ya que no es más que la sombra de un saber rudimentario hoy, por fortuna, en liquidación.

 

Como en su día se descubriera en las fosas abisales del océano, junto a los misteriosos surtidores submarinos de sulfuros o metano en sus aguas de altas temperaturas, Mercader ha entrevisto en la mítica orilla de nuestro río Tinto –el Iber de Plinio y los viejos viajeros– una posible solución al enigma de la Vida que, eventualmente, sería aplicable a las circunstancias de Marte para servir de fundamento, en definitiva, a una explicación aplicable a la totalidad. Este hombre que ha resuelto, por lo que yo sé, cuestiones estrictamente físicas que Einstein dejó planteadas, sin abandonar un talante proteico que le ha permitido anudar los saberes hasta ahora separados o entregar al mercado algún disco con canciones propias, ingeniárselas entre los sabios y ‘manitas’ de la NASA o volcar su esfuerzo en el progreso de la ciencia española, viene hoy a contarnos cómo ve él ese milagro diario que protagonizan en la roñosa orilla del viejo río tarteso esos microorganismos prodigiosos capaces de demostrar lo que hace casi dos siglos intuyó la astucia de Wöhler, moviéndose aún en la perspectiva de la química prebiótica, a saber, que entre la química de lo no viviente y la de los organismos vivos no mediaba un muro infranqueable sino que existía una potencial continuidad. Mercader, nuestro onubense pródigo, va a descubrirnos hoy ese arcano junto a esta mítica orilla en la que tal vez imaginó sus quimeras primerizas., porque es evidente que en aquel niño tan nuestro se agazapaba ya el sabio futuro. Goethe fiaba mucho en la intuición temprana. Me gusta imaginar, en este atardecer, cómo bulliría entonces la imaginación de aquel niño que acabaría siendo el sabio que es hoy.

La tiniebla voluntaria – Perfil de Fernando Múgica

No es posible predecir el resultado del juicio del atentado del 11-M. Lejos de aclarar el confuso panorama e ir liquidando las tensiones en la opinión pública, la verdad es que hasta ahora las sesiones del plenario más han contribuido a enconar el enfrentamiento irreductible que a otra cosa. Manes parece haber sentado sus reales en este país nunca recuperado de aquel estruendo criminal hasta conseguir partirlo bruscamente en dos mitades que siguen, entre irritadas y atónitas, las novedades que cada día se van conociendo. Es más, da la sensación de que –tal vez por defecto de una instrucción sumarial condicionada que ha funcionado, además, en un extraño régimen de secreto a voces– a cada nueva luz revelada se opone una tiniebla nueva. Cada mañana los españoles que se asoman a los ‘medios’ terminan estupefactos, una vez más, atrapados en una incómoda dualidad que les muestra un país mental dividido entre la Luz y la Tiniebla, sujeto a un forcejeo de esas fuerzas que, como los “dos reinos” maniqueos, se oponen entre sí en una forma dinámica que tiende sin éxito a la unidad. Quizá nunca hayamos vivido una situación de discrepancia en que las posiciones se presentaran tan ternes en sus respectivas ideas, pero si es obvio que la ciudadanía está hoy dividida en dos grandes bloques, no es cierto en absoluto, en cambio, que semejante disparate se deba a la existencia de dos bloques enfrentados. Hay, desde luego, un bloque de referencia que es el que reside en el sumario con el respaldo del Gobierno y el apoyo de un amplio sector mediático, decidido a liquidar “como sea” –y la expresión no pertenece a mi vocabulario– un enigma que quizá dejara de serlo, al menos en alto grado, si se permitiera abordarlo con todas sus consecuencias. Y hay, es cierto, un meritísimo proyecto de investigación periodística que, contra viento y marea, no habrá logrado, pues no era lo suyo, aportar una versión alternativa de lo ocurrido en Atocha, pero sí que ha echado por tierra la versión judicial, que es también la del Gobierno y sus socios. Demasiada gente en España tiene prisas por cerrar este proceso, como si el enigma mismo les quemara en las manos, mientras media España –el número crece constantemente en los sondeos– se abisma en una duda que cada día acrecientan nuevos hallazgos y sorpresas. Una kafkiana fractura que, eso sí, se resuelve a base de adaptar la realidad al deseo y seguir adelante como si nada de lo mucho que, a estas alturas, hace tambalear sin remedio la tesis oficial, fuera a temer jamás peso bastante para debelar este explicable montaje. Algún día resultará obligado reconocer a El Mundo el mérito de su esfuerzo enorme y solitario por buscar la Verdad en la medida de lo posible. Pero no sería raro que ese día los oficialistas sigan inmóviles en su posición, por encima (y por debajo, claro está) del peso de la evidencia. 

 

Fernando Múgica, que es el lúcido peón de brega de esta faena interminable, vuelve hoy a ilustrarnos sobre este tenebroso asunto, cuya trama él recorre arriscadamente como un Teseo sin Ariadna. Él les repetirá, seguramente, que mienten quienes atribuyen a esta investigación crítica cualquier motivación que no sea la de aplicar –incómodamente para muchos, eso sí– la lógica estricta, que no tiene el menor fundamento la especie de que El Mundo señale a ETA como autora, pero sí que desde la Justicia y desde el Gobierno se ha forzado la exclusión radical de esta hipótesis en la que aún resuena el eco de las inquietudes electorales, incluso permitiendo o propiciando que determinados servicios policiales hayan actuado atentos a un guión no sabemos si ajeno o propio, que ha incluido hasta la falsificación. De la autoría del 11-M se sigue haciendo depender insensatamente la legitimidad que nadie discute a un Gobierno todo lo accidental que se quiera pero incuestionable, y lo malo es que ese error concierne al propio Gobierno, a sus aliados y a sus socios más que sus rivales. Ésa es tal vez la razón última de que ni siquiera un plenario, llevado hasta ahora con mano firme, resulte suficiente para dirimir el pleito de la opinión. El 11-M saltó por los aires algo más que unos trenes abarrotados de ciudadanos inocentes. Lo que consiguieron hacer volar los conjurados, fueran estos quienes fueran, hay que buscarlo en la entraña de la convivencia nacional, nunca tan precaria como hoy, pocas veces tan cainita. Cerrar los ojos ante esa evidencia es la verdadera conspiración como lo fue en su día cerrarlos ante la realidad clamorosa del GAL. Alguna vez, ya digo, un día que espero no lejano, no faltará quien agradezca desde la historia a azacanes como Fernando Múgica tantos trabajos y tan discreta tenacidad.