La paradoja del estado autonómico

Perfil de Sosa Wagner

 

Son muchas las voces que se levantan hoy en España cuestionando la situación actual del Estado de las Autonomías. Algunas de ellas, abiertamente hostiles al sistema instaurado en nuestra Constitución, comienzan a reclamar, con mayor o menor intensidad, una reforma que rescate al Estado de su actual postración saneando su debilidad; otras más cautas, proponiendo la fórmula alemana, es decir, reclamando sin complejos para la Administración Central las competencias dispersas durante decenios en los lander. Ambas posturas, como otras que puedan existir, responden al general convencimiento de que, en ese periodo y por circunstancias diversas, se ha llegado demasiado lejos en este despojo del Estado que ha dado de sí, en realidad, un mosaico de poderes locales en buena medida reeditor del viejo panorama feudal o, según otras apreciaciones más funcionales y modernas, causa de un nuevo caciquismo visiblemente incompatible con la integridad conceptual y funcional del Estado.

Los profesores Sosa Wagner y Mercedes Fuertes han saltado a la palestra con un impactante libro –“El Estado sin territorio. Cuatro relatos de la España autonómica”—en el que, respetando el modelo autonómico de la Carta Magna, toman partido abiertamente por una reforma en profundidad de nuestra realidad política que trate de neutralizar el efecto anulador del propio Estado, provocado por la práctica de una descentralización que no ha respetado el principio de prevalencia de éste sobre los territorios autónomos ni ha mantenido respecto de él la imprescindible lealtad institucional. No es posible, piensan ellos como infinidad de ciudadanos atentos, mantener nuestra vida política colectiva pivotando sobre esos dos inciertos pernos que son el creciente poder de los “barones” locales y el alejamiento particularista y, en consecuencia, insolidario, de esas comunidades sobrevenidas respecto a la estructura común del Estado.

 

Lo que Sosa y Fuertes vienen a concluir es que se ha dilapidado por completo el concepto de “bien común” o “interés general”, sobre todo como consecuencia de una práctica partidista decididamente decantada por sus intereses particulares. Las cuatro historias autonómicas que nos proponen para demostrarlo –la política del agua, la de la conservación del bosque, la de la gestión de la energía y la de los cementerios nucleares—persuaden con eficacia al lector a favor de esa protesta que ve en la fractura de la Administración común, en los términos en que ha quedado plasmada, una causa evidente de esta auténtica crisis del Estado de la que tal vez sólo podría redimirnos el sortilegio federalista. No es viable, obviamente, que los grandes partidos resulten incapaces de coincidir en una razonable política del agua y mucho menos que mantengan en Aragón una estrategia y en Andalucía otra por completo opuesta. No lo es que los poderes locales impidan al Estado la gestión de los residuos nucleares y mucho menos que un bosque, como el de los Picos de Europa, pertenezca a tres autonomías distintas o que un río como el Guadalquivir sea adjudicado a una sola de las regiones por las que discurre en lugar de ser administrado por el viejo sistema de cuencas que no admitía otro árbitro que el Estado.

Era requisito clásico del Estado, junto a la población y al poder político efectivo, el de la posesión de un territorio común sobre el que ejercer conciliador entre sus diferentes parajes. El desarrollo de nuestra Constitución y, por supuesto, los imperativos partidistas, han desahuciado ese esquema entregando un territorio que debería considerarse inconsútil a la voracidad particularista de aquel feudalismo remozado. Y a eso es a lo que se oponen –sin rechazar el modelo constitucional, insisto—nuestro invitados de hoy. El Gobierno de ese Estado saqueado carece ya de poder para intervenir sobre elementos que conciernen a varias comunidades y eso, en la práctica, es un efecto perverso que habrá que corregir tarde o temprano aunque sea en nombre de la propia supervivencia. Porque los ejemplos que ofrecen Sosa y Fuertes son, sin duda posible, de lo más convincentes pero lo grave es que tampoco es dudoso que se podrían hallar muchos más. Si no se hace al fin caso a advertencias como la que hoy nos ocupa, día llegará en que nuestro montaje institucional implosione. Bajo sus escombros, ni David ni los filisteos tendrán tiempo entonces para rectificar.

Un asunto tenebroso

Perfil de Antonio Romero

 

Las recientes declaraciones espontáneas del ex-presidente González sobre la guerra sucia han devuelto a la actualidad un tema que sus seguidores más optimistas creían archivado al poner en evidencia el gran secreto a voces de todos estos años: que el Presidente –¿habrá que recordar la sigla “PTE.” que tanto dio que hacer a los jueces—estuvo siempre al cabo de la calle de la actividad terrorista probadamente organizada desde el propio Gobierno y, naturalmente, con su consentimiento. Nadie sensato hubiera podido imaginar otra cosa ni nadie realista ha podido creer que un asunto tenebroso como el del GAL podía ser borrado por el tiempo sin que algún “corazón delator” lo sacara a la luz tarde o temprano. Lo de menos, a mi juicio, es averiguar ahora la intención de González al confesar lo inconfesable, porque lo que verdaderamente tiene valor en esa confesión es el carácter irrevocable de los hechos confesados, y los hechos confesados confirman bruscamente lo que todo el mundo daba por sentado aunque muchos insistieran en negarlo, a saber, que el GAL fue una estrategia del Gobierno concertada al máximo nivel, lo que da una idea de lo que fueron en realidad aquellos “años de hierro” en que los que el peor efecto fue, sin duda posible, el logro de la complicidad ciudadana, seducida por el atractivo señuelo de la venganza en unas circunstancias, ciertamente, duras.

 

Fue desde la bancada de la izquierda –y creo recodar que el actor fuera Felipe Alcaraz—desde donde por vez primera se levantó la voz para decir que quien estaba tras la equis propuesta por el juez Garzón en su instrucción no podía ser otro que González. Y es muy probable que el fuerte e insensato apoyo popular a la barbarie contraterrorista tuviera mucho que ver con la ceguera de los jueces y la tartamudez de algunos sectores de la oposición que ni siquiera ahora, cuando el propio protagonista descubre el pastel en público, se siente lo bastante seguros para apuntar con el dedo y exigir responsabilidades. Antonio Romero no será uno de ellos, con toda seguridad, porque no lo fue nunca, teniendo a su favor una enorme experiencia en los asuntos reservados adquirida en sus años de parlamentario atento y cojonero, en cuyos secretos penetró hasta donde pudo no sin pagar por ello un alto coste personal y político, pues desde la Vicepresidencia del Parlamento hasta la alcaldía de Málaga le fueron negadas a rajatabla por la inquina de sus poderosos denunciados.

 

En el panorama político español Romero es un caso singular, al no pertenecer ni por origen ni por dedicación a la clase media proveedora de diputados, ni dentro de la suya a ningún sector ilustrado, sino al mundo rural en el que se inició a la actividad política y del que nunca se ha alejado más que lo imprescindible. Romero es, sin embargo, un espíritu trabajado que ha logrado acumular una interesante cultura propia, y desde luego, una de las mayores experiencias políticas prácticas de toda la democracia, lo que, unido a su carácter expansivo y firme, confiere a su testimonio un interés que muchos admiramos tanto como otros temen. “Un jornalero en los secretos del Estado” –subtítulo de sus memorias–, nuestro invitado de hoy ha sido y sigue siendo, al margen de que se compartan más o menos sus ideas y actitudes, una de las voces más directas y claras de nuestra vida pública. A él le hemos pedido que glose esas reciente declaraciones que evidencian la responsabilidad plena de aquel Gobierno en la “guerra sucia”, es decir, y da escalofrío, tenerlo que repetir, la culpa de decenas de asesinatos, algunos secuestros y tremendas torturas. El hombre que vio y escuchó de cerca los bisbiseos de las comisiones de Defensa e Interior, el que permaneció atento durante años en la de Secretos Oficiales y tuvo tan particular protagonismo en las que investigaron las trapacerías de Roldán y el negocio de los fondos reservados, nos parece de sobra legitimado para volver sobre esos delicados avatares que González, no sabemos por qué –de momento—ha decidido airear ahora para sorpresa y disgusto de tanto disimulador y de tanto cómplice.

La hora española

Es verdad que los quebraderos de la crisis económica, con su honda secuela social, están logrando ocultar en un penumbroso segundo plano la gran cuestión del proyecto de España. Cada era tiene su concepto y proyecto de la nación, con el que se corresponde su diseño de Estado, y ahora que andamos a trompicones sobre el osario de la Pepa, cuyo bicentenario se pretende concelebrar sin demasiada coherencia, es un momento inmejorable para mirar atrás en busca de una de esas coyunturas en que los pueblos desconcertados se buscan a sí mismos, y desde luego para entender que, como entonces, como hace dos siglos, la nación española –que entonces recién nacía entre himnos y salvas—anda en busca de su propia identidad e imagen, perseguida esta vez por gabachos indígenas. La Historia gasta estas bromas impropias, como la de que el interés personal y exclusivo de un politiquillo de fortuna pueda condicionar el de un país bimilenario hasta dejarlo irreconocible. ¿Cuál es el proyecto de España en este momento crucial –crisis aparte, porque ésta ya pasará, desde luego—tras escuchar esta misma semana al responsable del Gobierno de la nación (del Gobierno del Estado diría él) arengar en el “debate indentitario” catalán a quienes él sabe de sobra que no son sino separatistas graduales? ¿Y cuál es ese proyecto tras escuchar una vez más en la voz debilitada pero contumaz de ETA nuevas propuestas de paz negociada con un Gobierno que, probablemente, nunca he dejado del todo de negociar con ella a cencerros tapados, un proyecto que estriba ni más ni menos –como el catalán—en el despiece de la nación histórica?

 

Hay que decir en justicia que Jaime Mayor ha sido el primero y casi el único en defender esto que acabo de apuntar, a saber, que el actual Gobierno, en su creciente debilidad y en busca de un éxito notorio, no ha interrumpido nunca –como, al menos en teoría, se le pide desde todos los azimuts políticos—esa estrategia de paños calientes destinada a mantener propicia al menos la posibilidad de un final del terrorismo que los expertos –y Mayor es uno de los más destacados entre ellos—comprendieron hace tiempo que no puede consistir más que una derrota en toda regla de los terroristas. Y quizá por ello se siente abrumado por esa doble circunstancia –antiespañola, históricamente hablando—constituida por el proyecto rompedor de ETA y el plan entreguista de ZP, dos proyectos de los que, en realidad, sabemos poco por su propia naturaleza, ya que el primero consiste en los propósitos, lógicamente indescifrables, de una banda delincuente, y el segundo en una impredecible y oportunista disposición a cualquier cosa que suponga el mantenimiento en el poder del propio mandatario que decide.

 

Hay muchos españoles que, como el vasco Jaime Mayor, no discuten ya ese doble riesgo evidente, y que como él echan de menos en nuestra hora presente al menos un signo de rebelión ideológica frente al doble desafío descrito, un proyecto capaz de abanderar la resistencia ante el crak práctico de la nación que resultaba impensable antes de la llegada sobrevenida y en apuros de los actuales responsables. Un crak y unas causas de los que, paradójicamente, sabemos poco aunque mucho se haya discutido sobre ellos, y por más que cueste entender siquiera que con ellos exista un futuro normal, razonable y no desnaturalizado, para España. Esperamos que hoy Mayor Oreja nos replantee la cuestión con su proverbial serenidad, con la esperanza de que bajo el debate quede algún punto firme y seguro. Las naciones viven momentos difíciles, acosadas desde fuera y desde dentro, y la Historia muestra que a veces logran salir de ellos indemnes si no reforzadas, aunque siempre, por descontado, tras liberarse de sus errores. Y no pocos indicios apuntan a que algo de eso podría estar tramándose en estos momentos en la intrahistoria española. Los pueblos son en ocasiones débiles y hasta dóciles, pero no necesariamente necios. Nosotros podríamos comprobarlo, tal vez, más pronto que tarde.

La crisis y el compromiso de todos

PERFIL – Nicolás Redondo

Otra voz autorizada, la de Nicolás Redondo Terreros, ex-secretario general del PSV y personalidad de discreción más que probada, viene hoy a las “Charlas de El Mundo” para reflexionar ante la crisis económica, sus consecuencias y, sobre todo, la eventual salida que hoy parece vislumbrarse. No será la suya una voz que se apunte, seguramente, a disfrazar la situación, que sigue siendo evidentemente desastrosa en muchos aspectos, ni es probable que lo escuchemos ampararse en el recurso a esos términos-talismán, como el de “recuperación” y otros por el estilo, que constituyen hoy por hoy el único recurso del Poder. Nadie bien informado duda de que nuestra salida de la crisis será más tardía y más lenta que en los países equiparables al nuestro, ni de que las esperanzas que anda diseminando el Gobierno no pasan de trucos para ganar tiempo a base, además, de ir prorrogando sucesivamente los plazos anunciados. Pero ante esa razonable convicción, el espectáculo de desunión y rivalidad que están ofreciendo los dos grandes partidos en este terreno resulta escandaloso, en la medida en que incluso puede sugerir la imagen de una Oposición que se regodea ennegreciendo el panorama frente a la de un Gobierno empeñado en desdramatizar sin fundamento, e incluso contra toda evidencia, la gravedad de la situación real.

Si ha habido una reacción a resaltar en toda esta tragedia será, seguramente, la diligencia con que las grandes potencias apearon diferencias y limaron matices para lograr un acuerdo fulminante con el fin de salvar al sistema financiero mundial. No hubiera tenido sentido otra actitud, desde luego, como no lo tiene ver cada día en le telediario la viñeta correspondiente a un pulso partidista insensato que constituye uno de los grandes obstáculos para salir del atolladero. Conociendo a Redondo y su discreto criterio, preveo que viene a abogar por un amplio acuerdo político que, superando las estrategias, tantas veces míseras, de las fuerzas políticas, cree un marco social y político en el que los esfuerzos por superar la debacle puedan arraigar con más fuerza. En Francia o en Alemania hubo y hay discrepancias entre esas fuerzas a la hora de valorar la crisis y sus remedios, pero nada comparable a la sistemática disyuntiva que estamos sufriendo en España, donde los dos partidos decisivos no han sido capaces de templar un pacto que desde hace tiempo está ofrecido, todo hay que decirlo, por uno de ellos. Que el Gobierno y su partido recelen de iniciativas comunes no tiene perdón, en especial si se contempla desde la perspectiva de 4 millones trescientos mil parados y una deuda que se ha disparado en un 20 por ciento en dos años. Y menos aún puede tenerlo que las minorías se dediquen al cambalache de la venta de apoyos parlamentarios ocasionales, incluso a la hora de sacar adelante unos Presupuestos que todas ellas coinciden en calificar de inadecuados para la tarea que queda por delante.

Es verdad que en nuestra democracia parece definitivamente perdida la opción unitaria —que hasta en supuestos como el del penúltimo secuestro ha resultado imposible—pero en la medida en que la crisis, por definición, es un hecho coyuntural, carece de sentido que los responsables de la nación resulten incapaces de acercarse lo suficiente como para remar de manera acompasada en la misma dirección. No se saldrá del profundo pozo en que ha caído la economía si no es con el concurso de todas las fuerzas políticas agrupadas alrededor de un Gobierno que tendría que empezar por tender sus puentes levadizos hasta ahora levantados, una situación que reforzaría a todas ellas, sin duda posible, mejorando una imagen hoy deplorable. No es verdad que en la crisis nos han metido otros; en la crisis nos han metido y nos hemos dejado meter, eso es todo. Pero hoy de lo que se trata es de salir de ella y ese objetivo ha de estar muy por encima de cualquier razón particular. Seguro que Nico Redondo va por ese camino. Lo garantiza un discreción que ni sus enemigos más arriscados, incluyendo a los que impidieron que sea hoy el gran lehendakari que pudo ser, le han negado nunca.

El mayor de los secretos

Hemos querido abrir las primaverales “Charlas de El Mundo” proponiendo una reflexión sobre el misterio más recóndito que acosa desde siempre la imaginación del hombre, a saber, el origen del Universo y el misterio de la Vida. Cómo surgió la vida que conocemos y nos constituye, qué circunstancias la propiciaron, en qué mecanismos se fundó ese milagro superlativo que nos coloca, de momento, en el centro de la Creación (del Universo, vaya) como protagonistas y, a un tiempo, como dramaturgos de esta tragicomedia breve e intensa que es la Vida. Traernos con nosotros a Juan Pérez Mercader – un sevillano casi un onubense, si es cierta la aserción de Rilke de que “la verdadera patria del hombre es su infancia”– era, en este sentido, la mejor opción, no sólo por esta cercanía sentimental, sino porque en nuestro personaje se juntan una rara estatura científica con una inusual capacidad pedagógica. A quienes nutrimos nuestras juveniles inquietudes científicas en mi generación, nos quedó claro que el envite de entender la Vida era, además de un problema empírico reservado a los científicos, una cuestión de rancio abolengo filosófico, que cualquier bachiller anterior a la demoledora LOGSE podría orientar, mejor o peor, bandeándose entre sus recuerdos de Aristóteles, Descartes o los filósofos naturales del XIX, aquellos ingenuos entre los que, en ocasión memorable, se alzaba la voz de Shelley preguntando con énfasis cual era el misterio de la Vida. Hubo en aquella generación –que es la de Mercader y la mía– un cierto apasionamiento por ese tema oscuro, para aclarar el cual la verdad es que tuvimos a manos no pocas genialidades –las de Bernal, Oparin, Monod, François Jacob, Smith, Watson y Crack, Orgel entre tantas– sin olvidar las tentadoras sugestiones de Fred Hoyle o las impagables divulgaciones de Asimov, hoy seguramente caducadas o en vías de obsolescencia, no lo sé. Ahora bien, el desafío intelectual estaba ahí, el reto que planteaba a la Razón el origen de la vida constituía una piedra miliar sobre la que trataban de levantar su edificio conceptual tanto los buscadores del idealismo como los materialistas que se les oponían en aquel mundo bipolar. ¿Qué era la Vida, cómo surgía, en qué momento y por qué razón la famosa molécula endergónica abría la senda de la existencia orgánica, el milagro de las moléculas replicantes ligado a los enigmas de los enlances fosfáticos ricos en energía y siempre en relación con la solución darwiniana? Como la Ciencia adelanta que es una barbaridad, según decía la zarzuela de nuestros padres, hoy estas perspectivas habrán de parecerle ingenuas tal vez a sabios como Juan Pérez Mercader, especialistas mucho más finos e incomparablemente mejor situados, de cara al misterio, que nuestros viejos maestros. Instalados en nuevas perspectivas que van desde la biología a la astrofísica cuando no las integran, nuestros sabios actuales –desde Hawking a Weinberg– estrechan día a día el cerco a aquel enigma que de sobra sabemos ya que no es más que la sombra de un saber rudimentario hoy, por fortuna, en liquidación. 

Como en su día se descubriera en las fosas abisales del océano, junto a los misteriosos surtidores submarinos de sulfuros o metano en sus aguas de altas temperaturas, Mercader ha entrevisto en la mítica orilla de nuestro río Tinto –el Iber de Plinio y los viejos viajeros– una posible solución al enigma de la Vida que, eventualmente, sería aplicable a las circunstancias de Marte para servir de fundamento, en definitiva, a una explicación aplicable, a su vez, al Universo en su conjunto. Este hombre que ha resuelto, por lo que yo sé, cuestiones estrictamente físicas que Einstein dejó planteadas, sin abandonar un talante proteico que le ha permitido anudar los saberes hasta ahora separados o entregar al mercado algún disco con canciones propias, ingeniárselas entre los sabios y ‘manitas’ de la NASA o volcar su esfuerzo en el progreso de la ciencia española, viene hoy a contarnos cómo ve él ese milagro diario que protagonizan en la roñosa orilla del viejo río tarteso esos microorganismos prodigiosos capaces de demostrar lo que hace casi dos siglos intuyó la astucia de Wöhler, moviéndose aún en la perspectiva de la química prebiótica, a saber, que entre la química de lo no viviente y la de los organismos vivos no mediaba un muro infranqueable sino que existía una potencial continuidad. Mercader, nuestro sevillano-onubense pródigo, va a descubrirnos hoy ese arcano en esta tierra suya en la que tal vez imaginó sus quimeras primerizas, porque es evidente que en aquel niño tan nuestro se agazapaba ya el sabio futuro. Goethe fiaba mucho en la intuición temprana. Me gusta imaginar, en estos albores del Milenio, cómo bulliría entonces la imaginación de aquel niño que acabaría siendo el sabio que es hoy. He dicho más de una vez que quizá no haya verso comparable en toda la modernidad al lírico postulado de Einstein declarando que “el universo es infinito, curvo e ilimitado”. Ciencia y Poesía están más cerca de lo que puedan hacernos creer las limitaciones de nuestro conocimiento. En perspectivas como la de Mercader, yo diría que forman un intrincado instrumento conjunto bien que sólo al alcance de los contados sabios capaces de percibir esa cercanía como una realidad.

A vueltas con españa

Ignacio Sotelo viene hoy a hablar a estas “Charlas en El Mundo” de los problemas de España. Él pertenece a una cohorte inmediatamente anterior a la mía, dentro de una generación marcada por el debate esencialista e histórico sobre lo que se llamó el “ser de España”. La gente nueva no sabe lo que fue educarse con el ruido de fondo del 98 bajo la propaganda wagneriana de la dictadura, aprender a leer intelectualmente, como quien dice, a dos columnas, entre la “España como problema” de Laín y la “España sin problema” de Calvo Serer, es decir, entre la protesta por el averamiento cultural de nuestra nación histórica –sobre todo desde el XVIII y la aventura fallida de nuestra precaria Ilustración– que ocultaba un profundo conflicto de valores; y la ilusión que logró hibridar el ilusionismo orteguiano con la fantasmagoría fascista. Pero así fueron las cosas, y en ellas aprendimos a entender que nuestro auténtico problema colectivo no podía ser otro que el múltiple que el franquismo nos legaba bajo las tres especies de la vieja cuestión territorial –ese invento y pulsión centrífuga de las burguesías regionales–; la no menos vieja cuestión militar, herencia lógica de la tradición timocrática del “pronunciamiento”; y, en fin, la cuestión religiosa, como aún la llamaban Clarín o Pérez de Ayala, tres problemas de compleja solución que la crisis inicial del siglo XX y el desastre de la guerra civil habían exacerbado hasta un punto que nos parecía sin retorno.

Quienes han seguido el trabajo crítico de Ignacio Sotelo –a mi juicio, y sin reservas, el primer científico de la política desde la postguerra y uno de los pocos intelectuales indiscutibles en este desierto– saben bien que esas tres cuestiones son también para él las claves de nuestro “problema” y, desde luego, las de este presente tenso que vivimos. Franco dejó abiertos tras de sí esos agujeros negros en torno a los cuales la democracia ha debido vivir procurando no acercarse fatalmente a su “horizonte de suceso”, es decir, a ese punto en que el enigma engulle fatalmente toda presencia. Pero si es verdad que la democracia solventó alguno de esos problemas de manera admirable –el militar, sobre todo–, también lo es que tanto el problema territorial como el religioso siguen ahí, no abiertos, sino reabiertos, en parte por la ingenuidad y en parte por la estúpida ambición de tanto irresponsable. La fórmula autonómica, que conjuró provisionalmente el problema territorial heredado, es evidente que ha fracasado, en buena medida, sobre todo por la ingenuidad constitucional que supuso dejar abierto el capítulo de las competencias de cada región a merced de los eventuales Estatutos, una circunstancias que la estrategia de supervivencia del todavía Gobierno –socio y rehén de las minorías nacionalistas e incluso separatistas– ha acabado de desquiciar. Y en cuanto a la cuestión religiosa, cautamente superada en un primer momento, no es ningún secreto que vuelve a ser utilizada políticamente, es cierto que con la responsabilidad de quienes gobiernan, pero también que con el concurso irresponsable de quienes quizá no se han percatado del cambio fundamental que ha hecho de España una sociedad plural, en la que millones de inmigrantes sin ir más lejos, fuerzan –como en tantos otros países europeos, por otra parte– a replantear la convivencia religiosa que ya difícilmente volverá a ser uniconfesional.

La gran preocupación de Sotelo –un universitario de dedicación ejemplar– es, sin embargo y sobre todo, la educación, el instrumento de socialización del que el país depende y que representa, por supuesto, como un reflejo fiel, las anfractuosidades del propio sistema social así como sus contradicciones. Me parece que, en resumen, él cree que hay un desfase grave entre nuestro desarrollo económico y el cultural, y que comprende la gravedad del hecho autonómico así como la actual crisis universitaria. Y todo ello es necesario contemplarlo en este momento desde la perspectiva nueva que han abierto las pasadas elecciones, sin duda decisivas para la suerte de las minorías nacionalistas y ya veremos si también para que desde el Poder central se recupere el sentido común tan afrentosamente dilapidado durante cuatro años.

Pero es mejor que lo explique él mismo, con esa envidiable independencia de criterio que lo ha encumbrado para muchos sin dejar de costarle bien cara. Hay quien ha lamentado en público la ausencia política de Ignacio Sotelo como una de las más penosas claves de la decadencia de la izquierda española. Estoy seguro de que cualquier español –de izquierdas o de derechas– coincidirá en ese lamento a poco que conozca su obra y el ejemplo de su propia biografía, tan raro y admirable, ciertamente, en medio de un paisaje intelectual, político y ético como el que nos ha tocado convivir.