Asturias

Durante unos días estaré en Asturias de descanso. En breve, volveré con mis artíuculos.

Un saludo,
JOse Antonio Gómez Marín

Heredar el mérito

Tomo prestado al marqués de Salvatierra el aguzado título con que supo encabezar su discurso de ingreso en nuestra Real Academia de Buenas Letras: “Heredar el mérito”. Lo hago entre la admiración y mi distancia ideológica de una concepción de la sociedad muy diferente a la suya pero, en todo caso, valiosísima a la hora de entender el papel de la aristocracia, pues como me dijo alguna vez Tuñón de Lara en su casa de Pau, “la ideología no cabe en la Historia…, pero sí cabe”. Qué más da. Yo escribo hoy desde la emoción estas páginas con el recuerdo de la fallecida Duquesa de Medinaceli, Doña María Victoria Fernández de Córdoba, una mujer de perfil extraordinario, culta, llana, fiel a sus principios y adornada sin excepción de esa cualidades que se le exigen a la almas grandes. ¿Heredar el mérito? Al excelente título de Rafael Atienza, yo propondría corresponderle con otro, encerrado en la logomaquia, “merecer el mérito”, esto es, hacerse digno de una excepcionalidad heredada por el esfuerzo y la virtud propia, que es lo que yo he comprobado durante años ante esa figura excepcional que fue esta duquesa casi secreta, que lo mismo se desvivió por los hambrientos de la postguerra que supo vincular su patrimonio –hasta donde le permitió la ley– en una Fundación Ducal que ponía a salvo de cualquier arbitrariedad un patrimonio artístico e histórico inigualable, vinculando en él de por vida lo mismo la sevillana Casa de Pilatos que el valleinclanesco Pazo de Oca, o el Hospital Tavera de Toledo, hoy sede del Archivo Histórico Nacional por decisión suya y de quien ha sido durante todos estos años su hijo entrañable y mejor consejero, Ignacio Medina, duque de Segorbe. El mérito se hereda, vale, pero ante todo, “se merece”.

La extinta Duquesa, “Mimi” para su círculo íntimo, ha sabido salvar de la quema un patrimonio colosal involucrando en su conservación e integridad a la Real Academia de la Historia y al Museo del Prado, y dejando en manos de su hijo Ignacio una difícil gest ión de un patrimonio que hace solo unos días asombraba al mundo en Florencia recuperando restaurado al “Sanjuanito” de Miguel Ángel destrozado durante la guerra civil. ¡Claro que se puede heredar el mérito! Como doña Victoria, entrañable “Mimi”, culta, curiosa, políglota y zumbona, pero fiel siempre a sus valores. Ella ha salvado del riesgo y de la incuria a un fabuloso patrimonio. A eso le llamo yo “merecer el mérito”.

La preposición A

Poner o no poner preposición

A Enriqueta Vila

 

0. En la primera reunión del curso 2012-13 de nuestra RASBL, la Directora nos obsequió con un libro, coordinado y editado por ella misma (y Jaime J. Lacueva), en que se recogen las intervenciones de los dos Coloquios Internacionales celebrados en 2009 y 2010 sobre “Intercambios mercantiles, sociales y culturales entre Andalucía y América”. El compañero sentado a mi lado, al ver el título, Mirando las dos orillas, me preguntó en voz baja: ¿no falta una a? Aunque me había llamado más la atención la coincidencia con mi maestro Manuel Alvar, que había titulado El español de las dos orillas (1991) una de sus obras más queridas, no me había pasado inadvertida esa “ausencia” de la preposición. Me limité a improvisar una breve respuesta, pero, por deformación profesional, seguí dándole vueltas a la cuestión.

En la inauguración oficial que tuvo lugar a continuación, ya en sesión pública, un magnífico y hermoso comentario de la “Elegía anticipada”, de Luis Cernuda, por parte de José María Vaz de Soto, consiguió “liberar” mi mente de la minucia gramatical. Ante temas como el amor y la muerte, poéticamente elaborados de forma sublime ¿qué puede importar una preposición de menos o de más? Y eso que al llegar a la estrofa

Si el deseo de alguien que en el tiempo

Dócil no halló la vida a sus deseos,

Puede cumplirse luego, tras la muerte,

Quieres estar allá solo y tranquilo

otra menudencia sintáctica, aclarar que el adjetivo dócil no se refiere al sustantivo tiempo que le precede (y del que no le separa signo de puntuación alguno), sino a vida, pospuesto y separado, resultó clave para la adecuada interpretación del sentido del poema.

En la conversación relajada posterior, fuera de la sala, y sin que pueda recordar cómo ni por qué, otro académico volvió sobre el título del libro. Aunque estaba seguro de que la decisión habría sido reflexiva y cuidadosamente tomada, no sólo porque nada se piensa más que los títulos, sino porque la expresión vuelve a aparecer en la dedicatoria de la obra a Gisela von Wobeser (“que vive mirando siempre las dos orillas”), le trasladé la duda de mis colegas a Enriqueta Vila, quien, en efecto, trató de explicar por qué con la preposición a no habría podido conseguir transmitir lo que pretendía. No pareció convencer del todo a todos, quizás porque a la mente de más de uno venía aquel Mirando al mar, soñé, de Jorge Sepúlveda, tantas veces escuchado, no simplemente oído, y no se acababa de ver claro lo que pueda tener el mar que no tengan sus orillas. Lo cierto es que, tras un corto pero animado debate, se abandonó la discusión sin llegar a ninguna conclusión. Ya se sabe que las insignificancias gramaticales acaban por cansar. Menos al lingüista, cuya deformación parece incurable. No pude evitar continuar pensando, y aquí va lo que ha dado de sí –más bien, de mí- esa reflexión, que, espero, no se considere fuera de lugar, ni traída por los pelos o metida con calzador, en esta Academia de Buenas Letras. Al fin y al cabo, del griego gramma ´letra, escrito´ deriva gramática, primera disciplina del Trivium, definida hasta no hace tanto tiempo como “el arte de escribir [aunque también se decía ´de hablar´, se pensaba en una oralidad que era reflejo de la escritura] correctamente”. Es verdad que los gramáticos nunca han tenido “buena prensa”. Erasmo de Rotterdam -que se refiere a ellos como “gente que considera casi motivo de guerra confundir una conjunción con un adverbio”- dice en su Elogio de la locura que “no sólo son cinco veces malditos, esto es, que están expuestos a cinco graves peligros, como dice un epigrama griego[1], sino que pesan sobre ellos mil maldiciones, porque siempre los veréis mugrientos y famélicos en sus escuelas –dije escuelas, y mejor haría en llamarlas letrinas o cámaras de tortura-, entre una tropa de muchachos, encaneciendo a causa de los trabajos, ensordecidos por los gritos y envenenados por el hedor y la suciedad”.  Me conformaría con que a este breve excurso gramatical no fuera aplicable lo que, mucho más tarde, en 1922 (pero sigue siendo en gran medida válido hoy), decía Américo Castro de la enseñanza de la gramática en España, labor que calificaba de seca, rutinaria y fósil de nuestra cultura, en lugar de ser “algo vivo que entre en la inteligencia”. Para que así sea, hemos de interesarnos por algo de lo que apenas se ha ocupado la gramática, tampoco la semántica, como es la relación entre los signos y sus intérpretes, que somos todos, pues todos interpretamos, sin limitarnos a “descodificarlos”, los enunciados.

1. Explicar por qué se usa o no tal preposición (la única, por cierto, monofonemática) en casos como el que nos ocupa no es tarea sencilla. Si lo fuera, no se comprendería que se hayan escrito miles de páginas (“ríos de tinta” se diría en el argot periodístico) sobre el asunto. Como lo que aquí se plantea es una cuestión normativa, me limitaré a decir que en la Nueva gramática de la lengua española (2009), de la que ya no es única responsable la RAE, sino que es obra también de la Asociación de Academias de la Lengua Española, se dedican específicamente al complemento directo con preposición veinte páginas del capítulo 34 -unos 68.000 caracteres, si se prefiere la forma, para mí odiosa, de medir ahora los textos-, además de numerosas referencias en otros. Mirar queda encuadrado en el grupo “más polémico” de los tres en que divide los verbos transitivos con objetos directos de personas, esto es, entre los que ni “exigen” ni “rechazan” la preposición, sino que son “compatibles” con ella (34.10a). La alternancia con los de cosa se atribuye a un “cambio de régimen sintáctico”, de modo que cielo pasaría de ser “objeto directo” en mirar el cielo a “complemento de dirección o de destino” en mirar al cielo (34.10f). Aunque no se diga, es de suponer que se piense que a ello se debe el que no quepa la alternancia cuando el término de la preposición tiene un claro sentido locativo, como en mirar a un lado y otro (o a uno y otro lado o a ambos lados) o, con la preposición ya incorporada, en miró arriba y abajo. Pero tal afirmación, aparte de dejarnos casi como estábamos, no es atinada, pues cualquier estudiante de Bachillerato sabe (al menos, del Bachillerato que cursamos quienes tenemos cierta edad) que MIRARI ´admirar´ no es propiamente transitivo (TRANSIRE hace referencia a la necesidad de que el significado del verbo “pase” a o se proyecte en un objeto externo), sino uno de los representantes paradigmáticos –junto con otros, como LOQUI ´hablar´- de los deponentes, que –solía decirse- pese a su “forma pasiva”, tienen “significado activo”. Extraña “definición”, pues ni el sujeto es propiamente “agente”, sino que algo externo causa en él “admiración” o “sorpresa”, ni tal forma servía para expresar exclusivamente “pasividad”. Volveré sobre esto.

En la versión Básica de la obra académica (donde la cuestión se despacha en apenas una página de pequeño formato, alrededor de 1.300 caracteres), tras afirmarse que “lo habitual es que el complemento directo lleve la preposición cuando su referente es específico y animado” y enumerarse las circunstancias en que tal regla “tiende a suspenderse”, se acaba por admitir que todo depende “de la naturaleza semántica del verbo” (p. 197). El abandono de la referencia al objeto de persona quizás se deba no tanto a que no se use en casos tan habituales como mi hijo no tiene amigos, pero tiene novia, como a que puede emplearse en algunos miran al (o el) futuro con optimismo. Recurrir al subterfugio de que el hablante personifica el complemento directo (de “cosas personificadas” se continúa hablando en la Nueva gramática académica a propósito de llamar a la muerte o abrazarse a un árbol), aparte de resultar poco o nada convincente, plantea varias preguntas que se entrecruzan: ¿es opcional la preposición? ¿falta o simplemente el lector u oyente -cuándo y por qué- la echa en falta? ¿le falta al verbo, al objeto, a los dos o a ninguno? ¿no usarla es una simple impropiedad o un defecto (una de las acepciones de falta), un error o incorrección gramatical? ¿quién o quiénes tienen legitimidad para fijar el listón entre lo correcto y lo incorrecto? Y podríamos seguir.

2. La clave, como se ha dicho, está en el verbo, responsable máximo de toda construcción predicativa, por lo que hacia él hay que dirigir la mirada –no la vista en primer lugar. Y aunque sea su objeto (directo) lo que aquí nos interesa, no se puede perder de vista que no son escasas las construcciones sintácticas en que se refleja la inclinación del español a discriminar las acciones o procesos que parten de o afectan a las personas. Piénsese, por ejemplo, en que ha llegado a ser normal la construcción pronominal en me tomé un par de cervezas, ¿te has comido todos los langostinos?, ha sido capaz de leerse las obras completas de A. Gala), etc., donde el pronombre no tiene ningún papel sintáctico. Si bien los hombres no somos los únicos que tenemos ojos en la cara, mirar  es un verbo cuyo sujeto es específicamente personal (lo mismo, con mayor razón, cabe decir de admirar, que, gracias a la preposición AD, antecedente de nuestra a, recupera el significado de MIRARI). Podemos, claro es, “prestarlo” a los animales (ese gato parece que me está mirando), e incluso, en sentido trasladado, a los seres inertes (¿la casa está mirando al mar o da al oeste?), pero, obviamente, desprovisto de la “voluntad” que forma parte de su significado. Es la intencionalidad lo que lo distingue del simple ver, al igual que separa a escuchar (´prestar atención a lo que se oye´) de oír, a menudo empleados como sinónimos. Una intencionalidad que en algunos diccionarios se encuentra claramente explícita (bien por medio de un sustantivo de significación transparente, como en el Diccionario del español actual, de M. Seco, O. Andrés y G. Ramos, donde se define como ´dirigir los ojos [hacia alguien o algo] con la intención de verlo´, bien con una preposición que expresa propósito o fin, como en el Diccionario de uso del español, de María Moliner, donde es descrito como ´aplicar el sentido de la vista [a algo] para verlo´) y que puede verse reforzada gracias a algún adverbio (atentamente) o locución (con [gran] atención), a la solución pronominal antes mencionada (me he mirado los documentos que me diste), al llamado “dativo ético” (mírame el curriculum de Javier), etc.. No cabe ´dirigir la vista a un objeto´ involuntariamente, por lo que se entiende que se use en imperativo -en sentido propio (mira estos documentos) o figurado (mira bien lo que vas a hacer)-, que forme parte de una rica fraseología (mirar por encima del hombro, de mírame y no me toques, a caballo regalado no se le mira el diente, mira tú por dónde, ¡mira que si al final se arrepiente!, etc.) y que, en fin, los diccionarios tengan que recurrir a otros muchos verbos para definirlos: atender, tener en cuenta, pensar, juzgar, concernir, pertenecer, tocar, considerar, meditar, cuidar, atender… Cuando Rodrigo de Triana avistó un mundo nuevo, no exclamó *¡tierra a la mirada!, sino ¡tierra a la vista! Y cuando los cocheros sevillanos se disponen a girar al final de la calle Miguel de Mañara, al tiempo que ralentizan el paso de los caballos, previenen a los turistas que se preparen para admirar la mejor vista de Sevilla, y ante sus ojos aparece, en efecto, una visión casi panorámica de la Catedral y la Giralda. En el tipo Miraflores parece mantenerse el carácter activo, ausente de compuestos designativos como Bellavista, Vistahermosa o Buenavista. Al gerundio del título me referiré después.

Una mirada –que no vista, ni siquiera visión a otras lenguas nos revela de inmediato que en cada una de ellas se plasma de forma distinta la repartición de la misma parcela semántica. Nuestros verbos ver y mirar, que no son, ni mucho menos los únicos para la percepción visual (contemplar, examinar, revisar, vigilar, inspeccionar, escrutar…), no tienen correspondencia con voir y regarder (verbo de raíz germánica ante el que mirer ha ido cediendo todo el terreno) del francés, ni con los del inglés see y look. Mientras nosotros generalmente nos limitamos a ver la televisión, los franceses suelen regarder la télévisión, y en inglés se suele recurrir a un tercer verbo: I am watching TV, Did you watch the programme last night? Es verdad que en esta lengua los tres mencionados pueden servir para la expresión de “acciones”, pero a see se encomiendan, además –y casi en exclusiva- los “procesos”, y a look los “estados”. De ahí que watch (y, con mayor razón, otros más específicos, como observe, view, examine, inspect…) tenga menos acepciones que los otros dos.

3. Vayamos ya a lo mirado, al objeto de mirar. Pese a que, como ya he dicho, la regla según la cual se emplea la preposición a con objetos directos personales y no con los que no lo son parece ser “transgredida” continuamente, lo cierto es que la distinción entre querer a Elvira y querer pan no se lleva a cabo en otras lenguas románicas, como el francés, que no distingue entre aimer Pierre y aimer le cinéma, o el portugués, donde únicamente aparece la preposición en casos muy especiales y arcaicos, como Amar a Deus sobre todas as cosas. Y prueba de que las aparentes “transgresiones” -impuestas por el uso, dueño y señor del idioma- no se interpretan en términos de (in)corrección, es que nadie plantea así que no se emplee la a en no tengo padre ni madre o sólo la práctica forja buenos médicos y sí, en cambio, en no se sirve a la patria (o a la justicia) protestando de todo y por todo, el vicio vence a la virtud o Francia ha derrotado muchas veces a España. Y no se olvide que puede servir para resolver más de una ambigüedad, pues no es lo mismo querer a alguien como un padre que quererlo como a un padre.

Se trataría, pues, de una “regla” cuya aplicación depende de la intervención gradual de factores diversos que afectan a todos los elementos que integran de la secuencia predicativa. La escala iría desde la imposibilidad de *matar su compañera sentimental hasta la total inviabilidad de *si no se tiene a dinero, al menos hay que tener a fe y a esperanza. Entre ambos extremos se situarían los numerosos casos de objetos referidos a personas sin a (tenemos dos hijos y cuatro nietos) o de cosa introducidos por ella (mirar al mar o al cielo). Es esa gradualidad la que hace que los lingüistas -no los hablantes- se enzarcen en disquisiciones sin fin acerca de la mayor o menor “eficiencia” del verbo (máxima en matar, mínima en tener), el tipo y la naturaleza de la determinación y concreción del objeto (nula en un abstracto como fe, absoluta en un pronombre personal o nombre propio de persona), y, en definitiva, la clase de relación predicativa que se establezca en cada caso entre el verbo y cuanto sobre él gira, incluido el sujeto.

4. Rara vez una construcción se explica aisladamente, pues responde a tendencias o fuerzas que se manifiestan también en otras. En la última sesión académica del curso 2011-2012, una referencia de pasada por parte de J. Cortines al leísmo de Bécquer (“¡Cuidado que el órgano es viejo!…Pues nada, él se da tal maña en arreglarlo y cuidarle, que suena que es una maravilla”) hizo que el diálogo que siguió a su disertación se centrara durante diez minutos en tal desajuste pronominal (y también en el laísmo), hasta que alguien logró reconducirlo hacia lo verdaderamente relevante, lo que el disertante había dicho sobre la obra del genial poeta sevillano. Pues bien, lo que provocó ese intercambio de pareceres era que el escritor se sirviera de le para un objeto directo de cosa, pues los andaluces, que no somos leístas, participamos -no todos ni siempre- de cierto leísmo personal, por ejemplo, con verbos como servir, ayudar, esperar u obedecer (servirLE, ayudarle, esperarle, obedecerles). La preposición a para el objeto directo personal es también aprovechamiento de una solución (AD PETRUM) que ya en latín hacía competencia al dativo (DARE LIBRUM PETRO).

 

5. Que el fenómeno que nos ocupa no deba situarse en el terreno de lo que es o no correcto, ni siquiera de lo que es más (o menos) correcto, no significa que el concepto de incorrección deba descartarse por inadecuado o inservible. Otra cosa es que en la mayoría de los casos el límite de la corrección esté tan claro (entre los usuarios cultos de un idioma), que los gramáticos ni siquiera tienen que molestarse en fijar una “frontera” separadora. No son muchas las directrices que se encuentran en las casi cuatro mil páginas de la citada Nueva gramática académica acerca de lo que está bien (o es mejor) y de lo que es condenable. Se limita a desaconsejar o tachar de no recomendables algunos usos, y sugiere evitar otros. Y al reconocer, que algunos de estos últimos, como la solución que su o que el por cuyo (está saliendo con ese chico que su padre es médico), están “prácticamente generalizados”, está admitiendo implícitamente que son ya inevitables. En otros casos, como el actual cansino desglose explícito de los dos géneros (ciudadanos y ciudadanas, vascos y vascas), no va más allá de su calificación de simple “circunloquio innecesario”. En una cuestión tan compleja como la utilización de la preposición a ante el objeto directo, la obra es exclusivamente descriptiva, no normativa.

Al verbo, por mucho que ordene el enunciado, no se subordinan sus “complementos”. Desde luego, no impone el uso de una determinada preposición, sino que admite muchas de ellas (mirar por la ventana, tras las cortinas, en o entre los papeles, hacia otro lado,…), y con algunas ha llegado a formar expresiones más o menos estables (mirar por alguien o algo). Ahora bien, no todas las preposiciones son iguales, las hay que son “más preposiciones que otras” y permiten al usuario un mayor margen de maniobra. Proponer un significado como propio de a, que introduce sustantivos con cualquier función sintáctica (no invites a Juan; a Juan no le gusta el cine; envíale el libro a tu profesor; no sé jugar al tenis; te espero a las dos; etc.), resulta casi imposible. ¿Por qué puede llegar a chirriar que no figure en este título si orilla no hace referencia a lo personal? Parece clara la voluntad de despojar al verbo mirar de su vinculación con la percepción sensorial. Es evidente que con la mirada no es posible abarcar los dos lados del Atlántico, ni siquiera uno solo, y, mucho menos, los numerosos intercambios mercantiles, sociales y culturales llevados a cabo en el pasado por quienes durante siglos lo cruzaron en una y otra dirección, gracias a los cuales se establecieron intensas relaciones recíprocas, no siempre pacíficas, pero sí enriquecedoras. No es necesario suplantar a la autora para reconocer su intención de liberar el sustantivo orilla (de cuyo carácter diminutivo, por cierto, no tienen conciencia los hablantes, sí -sobre todo en Andalucía- en su homónimo empleado en expresiones como hacer una buena –o malaorilla) de su referencia a la “faja de tierra que limita con el agua”, lo mismo que ocurre habitualmente cuando se emplea el verbo orillar. No, no se trata de la contemplación pasiva de, por ejemplo, una puesta de sol. La orientación o dirección de esa mirada sin “ver” (recuérdese que mirar es “dirigir la vista”) es precisamente lo que está convirtiendo a un verbo deponente en “transitivo”, proceso que sería inverso al señalado en la Nueva gramática académica, donde se habla de un simple cambio sintáctico, de “objeto directo” (mirar las dos orillas) a “complemento de dirección o destino” (mirar a las dos orillas). Ello nada tiene de particular, pues, como han hecho ver quienes se han ocupado de la expresión de la relación transitiva a lo largo de la historia de nuestro idioma, se han ido transitivizando tantos verbos y de tan diferente naturaleza semántica, que la transitividad ha acabado por ser una especie de estructura no marcada. Al mismo tiempo, se amplía la progresiva adquisición de nuevos matices semánticos y usos figurados o metafóricos, más abundantes, claro es, en ver (¿ves lo que yo te decía?; se habían estado viendo dos meses, y la mujer sin enterarse; etc.; y cuando alguien dice voy a ver al médico, en realidad es el médico el que tiene que “ver” al paciente) que en mirar (mira lo que haces). No sólo pasa a ser transitivo, sino incluso puede ser considerado “activo”, una actividad que el gerundio –usado de modo no dependiente por tratarse de un título, no de una actuación idiomática interlocutiva- apoya y potencia, en cuanto forma verbal durativa, cursiva y progresiva. Con razón, Juan de Mairena pedía a sus discípulos que meditaran sobre el empleo de los gerundios y les encargaba un análisis de la conocida estrofa de San Juan de la Cruz “Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura, / y, yéndolos mirando, / con sólo su figura, / vestidos los dejó de su hermosura”. Entiéndase bien, no es que el sujeto se transforme en agente (o agentivo, como hoy se prefiere decir) que lleva a cabo acciones con resultados externos observables, pero sí en bastante más que un mero experimentador (o experimentante) de un proceso. En las memorias de un conocido intelectual español, recientemente fallecido, se lee que “los recuerdos más lejanos no pueden ser reproducciones directas de una realidad vividamirada o escuchada- en una temprana edad”. Y son los poetas, sin duda, los que mejor han sabido explotar esta capacidad activa del verbo mirar. Juan Ramón Jiménez cierra su poema “Cielo”, de Diario de un poeta recién casado, con estos versos: “Hoy te he mirado lentamente, / y te has ido elevando hasta tu nombre”. Y así abre el XXVIII de Eternidades: “Te conocí, porque al mirar la huella / de tu pie en el sendero, / me dolió el corazón que me pisaste”. En nuestro caso, unas meras representaciones de lugares físicos son convertidas en mundos vividos por seres humanos que comparten lengua, creencias, religión…, sin dejar, claro es, de negociar e intercambiar mercancías. De todo ello se había tratado en los Coloquios cuyas intervenciones en el libro se reúnen, y todo eso es lo que, a mi parecer, quiso transmitir Enriqueta Vila. Mirando a las dos orillas, quizás, o sin quizás, hubiera pasado desapercibido, como un título más, justamente lo que nadie quiere que ocurra cuando decide titular un libro, un cuadro o una canción. Al tomar la determinación, el autor pretende que el contenido de su obra no quede camuflado bajo el manto de lo “corriente”, sino todo lo contrario, llamar la atención, poner de relieve su particular propósito. Aunque muy pocos de aquellos a quienes he pedido que se pronuncien han dudado de la corrección del título, bastantes han mostrado, como nuestro compañero, su extrañeza (“me suena raro” han dicho algunos) ante la falta de la preposición a. Casi todos, en cambio, han terminado por reconocer que la fórmula elegida “suena mejor”, es “más bonita”, “más musical” o “más poética”, o han hecho comentarios en el mismo o parecido sentido. Al lingüista le está vedado recurrir a tales juicios (¡si la poesía se alcanzara con sólo prescindir de una preposición!), y ha de limitarse a hablar de la forma de mayor eficiencia comunicativa. No siempre se atina. En los titulares de prensa, en particular en ciertos países hispanoamericanos, es habitual prescindir de los actualizadores de los sustantivos, como puede comprobarse en estos casos, extraídos al azar cuando redacto estas líneas (2-11-2012) del diario costarricense “La Nación”: “Empresas brindan opciones de vida saludable a personal”, “Padres perjudican salud de hijos al premiarlos con comida”. Algunos de nuestros profesionales de la radio y la televisión, deseosos de singularizarse con usos que juzgan novedosos u originales, al hacer eso mismo (continuamente dicen que un jugador corre o avanza por banda o que tira con pierna izquierda), no consiguen más que atropellar el (¿al?) idioma. El logro de nuestra Directora al centrarnos en el objeto, sin que entre él y el verbo medie ningún instrumento gramatical alguno, es indudable. El significado literal hubiera sido “el mismo” con la preposición a; el intencional, presumible e inferido por el lector, no. La lengua no es un simple instrumento de comunicación, con ser ello bastante, sino que también lo es de interacción, ya que con él se busca influir, persuadir, llevar al receptor a extraer mucho más de lo que de las palabras figura en los diccionarios y de las construcciones en las gramáticas. Si no fuera así, ni los estudiosos hubieran discutido -y siguen debatiendo- tanto acerca de una regla tan poco regular, ni yo estaría aburriéndoles y rizando el rizo con estas elucubraciones, que, para no cansarles más, termino ya, no sin recordar que en el asunto de las relaciones entre lenguaje y pensamiento, de lo que tanto se ha hablado y escrito, importa ser radical. No es verdad que la oración sea la “expresión de un juicio”, una de las muchas definiciones gramaticales reiteradamente criticada, y con razón. Pero sí lo es que sin estructuración lingüística, no es que no haya “buen juicio”, es que ni siquiera cabe hablar de facultad de pensar.

 

Antonio Narbona

RASBL

 



[1] Se refiere al de Páladas de Alejandría, poeta y gramático del siglo V, que parodia el comienzo de la Ilíada: “El inicio de la gramática es una maldición en cinco versos. En el primero encuentro la cólera. En el segundo la palabra funesta; después de funesta vienen aún los numerosos sufrimientos de los griegos. El tercero conduce las almas al infierno. El cuarto habla de presa y de perros devoradores. El quinto, de aves voraces y de cuervos de Júpiter ¿Cómo no iba a terminar colmado de males un gramático que emplea palabras de tan mal augurio?”

El agua, de mito a problema

No hay mitología ni historia sagrada entre los pueblos del planeta que no incluya la lucha por el agua. La Biblia tiene sus pozos, como el que Jacob dejó en herencia a José en Sicar y en el que Cristo conversó con la Samaritana. Los pueblos del desierto sacralizaron el pozo hasta protegerlo con piadosas costumbres que, sin embargo, no evitaron las guerras por su posesión. Son legendarias las normativas egipcias sobre el uso del agua que los huertanos de Valencia sustrajeron al derecho común por considerarlo asunto intransferible. Pero el agua era un recurso escaso de uso también moderado hasta que se impuso el modelo urbano y, posteriormente, su versión industrialista. Tomemos el caso de China, que consume hoy cinco veces al agua con que se aviaba hace medio siglo y cuya penumbrosa revolución actual gira obsesivamente alrededor de un vuelco en las infraestructuras que nada simboliza mejor que el audaz prodigio de la presa de las Tres Gargantas, que dará de beber al Norte seco del arruinado río Amarillo a costa de los caudales sureños del Yangtsé. Más cerca, aquí mismo en Andalucía. Una región de economía dual –agricultura/turismo– ve agravado por días su problema del agua. Cierto que Huelva se salva de esa quema, sin necesidad de recurrir a su tesoro freático, primero por el beneficio que supuso la presa del Chanza y, luego, por la del Andévalo –tan cuestionada y retrasada en su día por absurdas objeciones conservacionistas– que ha hecho posible el Plan Sur Andévalo, y que fue inaugurada, precisamente, por la ministra que hoy nos visita, bien popular entre nuestros agricultores desde entonces.
Junto al debate del travase de la España húmeda a la España seca –anunciado por Joaquín Costa y constante hasta Juan Benet– suele decirse que al agua es barata y que ése es el problema, pero entre tanto, un Plan Hidrológico Nacional, aprobado por el Consejo Nacional del Agua, integrante de todas las fuerzas y sectores, incluido el ecologismo radical, ha sido desechado por el Gobierno ante la presión de sus socios nacionalistas de Aragón y Cataluña, optando, alternativamente, por esa desalinización que tiene tan altos costes energéticos y plantea, según dice los biólogos, pavorosos problemas para la eliminación de las salmueras resultantes. Estos días estamos viendo que ni siquiera el PP defiende ya desde el programa aquel proyecto de gran aliento, seguramente forzado por la lógica electoral, pero lo cierto es que, no sólo el toronjal valenciano y “la huerta del Segura donde riega la huertana”, como cantaba la zarzuela, sufren la escasez de ese bien sin el que, no hay que darle vueltas, no hay vida que merezca ese nombre. Un solo ejemplo. Nuestros agricultores almerienses han de comprar el agua –mientras la desalinizada en Carboneras se envía a Barcelona– por un precio entre cinco y diez veces superior al que un arrocero de Sevilla habría de pagarle a la Administración por el agua de la cuenca del Guadalquivir, a lo que habrá de sumar lo que cuesta el transporte, y comprar el resto imprescindible a quienes la poseen en el Oeste, de manera que de 2 céntimos que cuesta en la Isla Mayor sevillana, el agua en el Negratín habrá subido el precio del metro cúbico en los 10 cts. que le factura la propia Administración, más el transporte, más los 18 cts. que le cobra el “dueño” vendedor de derechos, y amén del coste de distribución final.
Andamos luchando alrededor del pozo, ésa es la verdad, como hace cuatro, dos mil años, como hoy mismo en el África profunda, mientras dicen que el despilfarro es descomunal en el ámbito doméstico –si la  agricultura consume un 70 por ciento del caudal, el consumo urbano “pierde” por sus pésimas infraestructuras una cantidad insufrible, y sigue estando incontrolado o consentido en utilizaciones muy cuestionadas– el gasto parece desafiar incluso a las subidas de tarifas que, por si algo faltaba, son diferentes según el humor presupuestario de los municipios. Todo esto lo sabe mejor que nadie, seguramente, Elvira Rodríguez, una responsable que lamentablemente no tuvo demasiado tiempo pero con la que es muy posible que el panorama actual fuera muy diferente del que es. El agua ya no es un elemento del mito sino un desafío de la política y, lo que es peor, una amenazada condición de la vida. Hoy no se festejan paces junto al pozo ni se envenenan los veneros para acabar con el enemigo. Para eso disponemos ahora de los cambalaches post-electorales y la ley aliada con el sinsentido. Elvira Rodríguez supo verlo con claridad pero, lamentablemente, no le dieron tiempo.

Viaje al centro de la crisis. Perfil Felipe Sahagún

No cabe duda de que el reciente acontecimiento registrado en la política francesa –la elección de Presidente de la República y posterior formación del Gobierno– trasciende con mucho el ámbito nacional francés. Hay en la izquierda europea quien se alarma ante la irresistible ascensión de un político sin fisuras dotado de la inusual condición de la rotundidad que contrasta de forma violenta con la ambigüedad convencional. Hay en la derecha, por contra, quien se inquieta ante un proyecto de “concentración” que es tal vez el primer (y no sé si decir “único”) intento de concretar la proverbial promesa de centrismo. Cuando se ha conocido la compasión del gabinete, sobre todo, y se ha visto en la foto de familia a un socialista reputado como Kouchner junto a un probado liberal como François Fillon, algo sutil ha quebrado en los esquemas habituales del manual partidista, entre otras cosas porque esta doble presencia fragiliza en extremo la teoría de no pocos adversarios que hacían depender el triunfo de esta nueva derecha sin complejos con la mascarada lepenista, olvidados de que en su día también el PSF se benefició de un abultado voto de esa extrema derecha. 

¿Es exportable ese modelo que, por ahora, no ha hecho más que insinuarse, podrá tal vez la política europea –tan acomplejada, tan solipsista e insolidaria, tan cegata y cobardona– reproducir, ya se vería en qué grado, un modelo de política basado justamente en todo lo contrario, a saber, en la claridad de ideas, en la asunción bizarra del riesgo y, en espacial, en la insólita ocurrencia de restituir al lenguaje político el vigor perdido del lenguaje normal? Es pronto para contestar esta pregunta, pero en Francia raros son los analistas (no cuento a los “orgánicos”) que no han advertido la posibilidad de una eventual influencia del proyecto de Sarkozy, verosímilmente reforzado tras las próximas ‘generales’, sobre una Europa carente de liderazgo que funciona, expresamente o de modo tácito, por si fuera poco, como cónsul de unos EEUU que no están en su mejor momento. ¿Podría este “centrismo” de hecho –una vez disipada la leyenda de la dureza de Sarkozy, arma frustrada de sus rivales– ofrecer a Europa un modelo de gestión social menos atento a la formalidad partidista que a la eficacia en la tarea pública? 

Supongo que el profesor Felipe Sahagún no nos trae esa buena nueva (porque lo sería, por encima y por debajo de las pasiones ideológicas), entre otras cosas porque la actual campaña municipal está demostrando la obsolescencia de nuestra partitocracia, el fracaso irremediable y, a veces, irritante, de la obsesión aparatista, la miseria de la competición. Escuchen a esos candidatos aferrados a la descalificación, diariamente determinados por el reproche flamante contra el de enfrente, ajenos al clamor de un pueblo que sabe, en medida mucho mayor de lo que ellos suponen, lo que necesitan y lo que les conviene, aunque el propio sistema –la ley electoral, los condicionamientos hegemónicos, también, ay, el precario nivel cultural– les impida volcar el puchero en busca, en efecto, de un modelo nuevo más pendiente de la eficacia que del signo, más atento a la realidad común que a la llamada simbólica de unos y otros. La sorpresa de Sarkozy en Francia pudiera consistir, si cumple lo que promete, en el hallazgo de una salida a la crisis de la representación democrática, es decir, en el principio del fin de un sistema que viene deteriorándose a ojos vista sin que nadie acierte a dar con el remedio. ¿El desplazamiento al centro implicado por la desnaturalización de la clásica bipolaridad (izquierda-derecha) que, sin ser superada ha sido, cómo dudarlo, extinguida en sus posibilidades? Habrá que ver qué se entiende por Centro, hasta cuándo permanecerá pasmada la Izquierda convencional (en Francia, sencillamente el PSF) y si esta aventura no romperá la vajilla de las previsiones constitucionales hasta forzar la búsqueda de una Sexta República. Sarko es, sobre todo, un político creíble, alguien que basó su ascensión final en algo tan elemental como difícil: analizar sin miedo, hablar claro, prometer rotundo. No dejaría de ser irónico que la clave de estas regeneraciones que apuntan en la línea de sombra de la esperanza fuera, sencillamente, el rescate de la independencia que promete (¿garantiza?) la recuperación del fuero del idioma político. En cualquier caso, algo bien alejado de nuestra realidad. Nosotros seguimos entrillados entre la “corrección” del ideario y la verdulería de la praxis: mucho tiento para imaginar, un ninguno para caer en la miseria de la agresión. Igual lo que Francia está iniciando es un viaje al centro de la crisis que sus propios sociólogos vienen denunciando como pocos. Ya veremos. En todo caso, ya digo, de espejo, nada. Si estos candidatos que nos avergüenzan o nos deprimen se contemplaran en la bruñida situación francesa apenas verían sus perfiles grotescos. Habrá que aguardar un tiempo razonable para ver si estamos ante un hecho decisivo, el primer del siglo, o resulta que no es para tanto. En España, sin duda, el aguardo será más prolongado. 

Vencedores y vencidos

Cuando mi generación, que es la ahora tan denostada del 68, llegó a la universidad a comienzos de aquella década no poco prodigiosa, nuestros hermanos mayores acababan de dejarla de un modo, ciertamente, ruidoso. El año 56 proporcionó a la dictadura uno de sus primeros soponcios “modernos”, por decirlo así, es decir, no ya uno de aquellos coletazos sombríos –epigonales, heterodoxos o incluso revolucionarios– de la contienda civil, sino el primero tal vez protagonizado por la gente nueva, por una generación definitivamente separada del “espíritu de la guerra” que hacía poco había evocado Bernanos, unas cohortes educadas ya en relativa libertad y sólo muy relativamente relacionadas con las corrientes culturales europeas, pero a las que nada ataba ya a la memoria del fratricidio. Un muerto accidental –o quien sabe si no tanto—, alarmó entonces a España entera con el espectro de una imprevista insurgencia que los propagandistas presentaron como constituida por los satisfechos “hijos de la paz” del Régimen y, en consecuencia, como la mala hierba que era preciso extirpar de raíz. Enrique Múgica, el personaje que hoy nos acompaña, era uno de aquellos hermanos mayores de mi generación y sospecho que uno de los más activos conspiradores de aquella hora delicada en la que, en torno a la idea de un Congreso de Intelectuales Jóvenes, un grupo de estudiantes –como él vinculados a la militancia de izquierda–, apoyados en algunos intelectuales rebotados de la experiencia inicial del franquismo, trataba de remover como fuera las aguas muertas de una universidad sin pulso que en pocas horas rebotaría como un lastre insoportable al propio Laín ,y de un Régimen que, en el mismo plazo, daría con los huesos de Ridruejo en la cárcel. Entonces estrenó Enrique Múgica su experiencia carcelaria –luego vendrían otras cuatro prisiones y algún confinamiento, si mal no recuerdo—y nosotros, los alevines que veníamos tras ellos, veríamos por vez primera entre rejas a aquellos “hermanos mayores” cuyo rastro seguíamos confundidos sin saber ni bien ni mal el por qué de aquellas severidades que, a pesar de todo, comenzaban a prestarle a la vida política española un cierto nimbo de modernidad.

Enrique Múgica es un español varado entre esos dos apellidos soberbios pero fatales que han marcado su vida. Uno es el vasco ‘Múgica’ de aquel padre violinista perdido tan prematuramente, cuya sangre habría de ver derramada luego por los asesinos de su hermano; y otro, el Herzog israelita, llegado en el caudal de la sangre desde aquella trasabuela judía y polaca a la que la perfidia nazi arrastraría bárbaramente desde su Cracovia natal hasta el campo de concentración. Pero es también uno de aquellos españoles a los que la edad situó en pleno ecuador de la tiranía, dejándolo a merced de un arbitrio brutal que habría de romper sin contemplaciones su biografía con largos y reiterados periodos de prisión. ¡Vasco, judío y antifranquista en medio del siglo XX español! Las cartas no le vinieron de mano, ciertamente, a este Enrique Múgica, actor constante de la vida política española durante medio siglo, noble y forzado Zalacaín más que Aviraneta, militante rebelde, intelectual abierto, compañero magnánimo y rival incómodo raramente callado en el rincón de las convenciones. Sólo los hombres que han ganado y perdido, aquellos que conocieron el dolor y la adversidad frente a la bonanza y el éxito, están en condiciones de valorar la vida en toda su significación, sólo quienes hubieron de batallar con dureza por su propio albedrío, dejándose en esa lucha al hermano o al amigo, pueden decir con propiedad de qué hablamos cuando nos llenamos la boca con la palabra Libertad.

Libre siempre en su arriscada independencia, Múgica proclamaba hace poco –y en un foro, sin duda, incómodo—que la única paz decorosa a que puede aspirar la democracia española frente al desafío terrorista es una paz “con vencedores y vencidos”. No es cosa de incomodarle ahora enfatizando los términos, pero tampoco resulta posible eludir el peso de esa valerosa conciencia en un momento desorientador, como el que vivimos, para salir indemnes del cual será preciso recuperar cuantas energías éticas y morales queden por ahí dispersas, y reunirlas en una apretada gavilla como un símbolo de esperanza. ¿O es que puede haber Libertad en una sociedad derrotada, acaso cabe dignidad donde ni siquiera quedan claras las identidades, derechos y deberes al margen de una norma fundamental que atraílle las pasiones de todos como unas riendas legítimas y voluntariamente aceptadas? La larga experiencia política de Múgica cifra toda la vida española justo desde que, bajo la dictadura, se percibieran los primeros síntomas de vitalidad cívica, hasta esta coyuntura impredecible en la que está en juego mucho más de lo que permite el sentido común. Quizá por eso él se presenta hoy enarbolando desde el título el concepto fundante de Libertad, sin el cual, referirse del resto de la axiología política no deja de ser hablar de la mar. Múgica sabe muy bien, por lo demás, como muchos españoles, que ni Libertad ni independencia de ánimo son dones gratuitos que se ofrezcan sin contrapartida al caminante, sino que, muy al contrario y por desgracia, ambos pertenecen a ese repertorio cívico elemental, básico, de derechos que obligan o de deberes que respaldan, sin los cuales la democracia es apenas un concepto a medio perfilar. Porque la Libertad a la que se refieren estas reflexiones constitucionales no es distinta de la que atropellaron los verdugos apocalípticos de su bisabuela judía o de su malogrado hermano, ni la que a él mismo, como a muchos españoles, nos arrebataron luego simplemente por reclamarla.

Nunca pasó Múgica desapercibido por la escena española pero muchos entre quienes lo conocemos de antiguo certificaríamos que muy a pesar suyo. Tampoco hoy deja de resonar de vez en cuando el eco decidido de su razón y de su voz. Hermano menor, al cabo, no escatimaré mi respeto para quien aún puede emocionarse ante el rezo del ‘kadish’ o el rito del aurresku, guardando en el bolsillo con discreción su credencial de represaliado por la Justicia. Él cifra esa lucha hoy en torno a la palabra Libertad. Con todo lo que en ella cabe, muchos de nosotros también.