Hortus conclusus

Leyendo el libro de Pepe Oneto sobre el último “pronunciamiento” español, el golpe del 23F, he aprendido, entre tantas curiosidades dispersas de ésas que dicen más por cuanto callan que por lo que descubren, un hecho curioso, a saber, que los grandes protagonistas del fallido cuartelazo/conspiración se dediquen hoy, un cuarto de siglo después de la canallesca intentona, a cultivar su huerto. Como de los romanos cuentan los historiadores, parece que sigue vigente entre nuestros hombres públicos el esquema biográfico que dedica la juventud a las armas, la madurez a la política y la tercera edad al campo y sus agriculturas, suave expresión de un exilio forzado que la poesía se encarga de embellecer en términos edénicos. Ahí tienen, según Oneto, al general Armada, indudable Avinareta de este embrollo suicida, cultivando con esmero los arriates de dalias en su aristocrático pazo galaico de Santa Cruz de Rivadulla, villa cuyo marquesado ostenta. Un poco más abajo, encontrarán al discreto funcionario Francisco Laína, auténtico titán de aquella noche inacabable, dedicado a producir tomates ecológicos en su finquita de Ávila y, ya en la Costa del Sol, al valleinclaniano ‘Don Friolera’ del esperpento, el teniente coronel Tejero, actualmente reconvertido en probo cultivador de aguacates. Desde luego que resulta tranquilizadora la imagen de esos “huertos cerrados”, refugio más o menos romántico de una España inactual, como diría Azorín, y que constituyen, en cierto modo, las antípodas imaginarias del Poder y sus estancias, aparte de un símbolo elocuente del auténtico resultado del golpe que no fue otro que el cambio definitivo: La Historia de la España contemporánea es el producto de las asonadas militares en la misma medida que la España modernizada y presente es el resultado de un proceso inercial que hunde sus raíces en el fracaso del último “pronunciamento”. Espadines o títeres, toda aquella compañía esperpéntica ha acabado regando plantíos y luchando contra las plagas. La España actual nace y se desenvuelve entre tiros y cabalgadas pero ha acabado encerrada en unos cuantos huertos. Como Dios, puede que ella también escriba derecho con renglones torcidos.

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Camelias, tomateras y aguacates: un cuarto de siglo más tarde, el destino se complace en estas caricaturas que dicen mucho sobre la condición humana y más todavía sobre la naturaleza intrascendente de un “fatum” al que, a pesar de tan irrebatibles evidencias, seguimos empeñados en consagrar como fatal. Eso sí, nadie nos contará la verdadera crónica de aquellos cuartelazos, es poco probable que acabemos alguna vez conociendo en su integridad la nómina oportunista de los conspiradores y casi seguro que jamás contemplaremos la vera efigie de Bruto ni la de Catalina. Pero lo que no deja de ser sorprendente, en cualquier supuesto, es este voluntario retiro de los actores, la extraña elección de la soledad como remedio del fracaso, la metáfora espléndida del cultivo amoroso de la tierra, aplicada a quienes se vieron envueltos, tampoco hace tanto, en el más bárbaro proyecto de destrucción que han vivido las presentes generaciones. Oneto cuenta muchas curiosidades, ata muchos cabos, pero lo que de verdad intriga e interesa de su cronicón es lo que calla, lo que sugiere la punta del capote con que cita al morlaco de nuestra curiosidad, las sospechas, los indicios, las transparencias y conclusiones que nos va imponiendo la razón al filo de la lectura. Buena imagen la del “huerto cerrado”, la de la tierra feraz y el “filósofo a la fuerza” inclinado sobre la besana, armado sólo del pacífico almocafre, para destripar el terrón atrabiliario y convertirlo en la tierra calma del pacífico vergel. Baroja y Galdós junto no hubieran imaginado, probablemente, un final rosado como el de nuestros huertanos. Una vez más las ironía de la Historia. La verdad es que navegamos sobre ella como cáscaras de nuez.

La nieta de Tito

Cuando en los años 60 Tito logró sacar adelante en Yugoeslavia su modelo “cooperativo”, una especia de esperanza se abrió paso entre una militancia comunista europea que andaba ya al cabo de la calle de las utopías fundantes. En aquella generación nos tragamos muchos libros sobre el tema quizá porque en el París auroral de aquella década corría como la pólvora el dogma dictado por Bertrand Russell según el cual los demócratas del mundo tenían dos opciones posibles: o seguir el “modelo occidental” (que Russell, como nuestros trasabuelos continentales, llamaba “democracia política”) y que consistía básicamente en el paradigma griego clásico de “el gobierno de la mayoría”; o atenerse al “modelo oriental” que, en su libro “What’s Democracy”, que para entonces no cumplía ya los veinte años, definió sin complejos como “el gobierno en interés de la mayoría”, que no es lo mismo ni de lejos. La lucha de Tito, una vez concluida la feroz batalla de la guerra y sus secesiones, con las famosas “cestas de ojos” incluidas, se dirigió ante todo a asegurar un sistema de participación colectivista, constitucional a su manera, severa y seriamente federal, y que veía en el autogobierno de los productores el único fundamento legitimador de un régimen democrático. Pero Tito supo percatarse de que la cosas no iban bien ni tras el “telón de acero” ni fuera de él, y procuró incansablemente reconducir progresivamente su peculiar “democracia” hacia formas operativas basadas en el intento de reforzar la voluntad de las mayorías en detrimento del propio Estado, lo cual, al fin y al cabo, no era más que la reinvención de la perspectiva utópica y poco creíble que el propio Lenin formuló hacía muchos años en su teoría del Estado. El instrumento democrático de esa participación era la cooperativa, una institución que resolvía a un tiempo la cuestión laboral y el problema clásico del acceso a la propiedad, lo que en definitiva suponía el ambicioso proyecto de conseguir un régimen fuerte en el que las libertades ciudadanas resultaran, al fin, compatibles con una economía socializada. Cuando Tito murió, a algunos se nos tomó el número cambiado sólo por decir que muchos yugoeslavos –aún se empleaba ese adjetivo—iban a acabar echándolo de menos. La verdad es que no fuimos capaces entonces de imaginar hasta qué punto.

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Ahora ha salido a la palestra una nieta de aquel dictador, Svetlana Broz, y ha escrito un libro estremecedor (del que sólo conozco dos capítulos) en el que, partiendo de que ella misma lleva sangre eslovena, judía, croata, checa, rusa y alemana, denuncia la tragedia de la fractura racial y apunta un hecho incontestable: la recuperación fulgurante de la figura de su abuelo en un país en el que el liderato ha conocido las versiones más ruines y trágicas, desde el que ejerció aquel burócrata gris e implacable que fue Milosevic hasta los perpetrados por canallas más o menos psicópatas como Mladid o Karadzic. Ya he contado otras veces que, al principio del conflicto, tuve ocasión de encontrar en Punta Umbría a un grupo de exilados yugoeslavos, aún no separados por razas o nacionalidades, y a ellos escuché la más rotunda atribución de la ruina que estaba padeciendo el país a los propios políticos. Esos mismos apaleados deben de ser los que ahora protagonizan la “titomanía” o tratan de reflotar el espíritu panyugoeslavo, siempre con el milagro del ‘Gran Mariscal’ en la memoria y la nostalgia de un régimen que, condenado sin remedio desde Occidente, llegó a gozar de un prestigio generacional que inquietaba seriamente a tirios y troyanos. Tito supo encerrar al demonio racista en una camisa de fuerza que llevaba bordadas la imagen del orgullo popular, la leyenda del autogobierno y el sueño de la democracia socialista. Una camisa muy antigua, no lo discuto, pero que entre los escombros que dejó Javier Solana empieza a aparecer aquí y allá en el mercado negro de la nostalgia.

El mono feliz

Espero que no se me fiche como pesimista irremediable si digo que acaso no exista mayor estafa que la idea de felicidad inventada por los filósofos y adoptada con amargo entusiasmo por la gentecilla del común. La aspiración al bienestar absoluto tiene que ver con el instinto, por supuesto, pero han sido los razonantes quienes le han otorgado la carta de naturaleza sin la cual no hubiera contado tanto en la comedia humana. Claro está que los filósofos han debido curarse en salud hablando de ‘eudemonismo’, es decir, desencarnando el sueño humano y la aspiración instintiva, a un plano abstracto en el que el deseo pudiera ceñirse a la idea, esto es, aceptar una versión del deleite más concerniente a la conciencia que a los sentidos. Eudemonismo, palabra que encantaba al Kant de la “Razón Práctica”, traduce literalmente la idea de que el sujeto está amparado por un demonio bueno –emparentado más tarde por el pensamiento cristiano con la Providencia y hasta con el ángel de la guarda— que le facilitaría la posesión de los bienes materiales necesarios para satisfacer razonablemente la aspiración al confort del cuerpo y del alma. Pero los hombres han venido saltando limpiamente sobre la razón ética y atenerse a una noción más pedestre del deseo y cada vez más alejada de esa tradición que inaugura Aristóteles, canonizan los estoicos, sacramenta Boecio, cristianiza Buenaventura y entierra la experiencia cotidiana de la fatalidad. Es verdaderamente notable el empeño de las generaciones en superar lo insuperable, en inventarse la realidad y hacer de su propio “desideratum” una especie de realidad escondida. Los filósofos han sido, en este sentido, bien prudentes al resignar el concepto en el ámbito vulgar. Rostand llegó a decir que la felicidad inteligente no existe. Epicuro, Epícteto, Séneca y tantos otros lo dijeron de otra forma pero quizá no más rotundamente. La ambición de la totalidad se disuelve al fin en la nada. Decía Alain que este tipo de conclusiones se entienden sin esfuerzo a la vuelta de los entierros.

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Anda por ahí rulando la curiosidad del fracaso del rey de Bután, el minúsculo edén de Shangrilá, en pleno Himalaya, en su intento de imponer la felicidad por decreto a sus súbditos, un objetivo político y constitucional, como bien sabemos, no del todo ajeno a Occidente. Todo parecía ir bien en el riente paraíso hasta que al sátrapa en cuestión, el rey Wangchuck, se le ocurrió hace unos años modernizar su edén ampliando aquella ventura tradicional con el añadido catódico de la contemplación televisiva que ha hecho añicos sobre la marcha la beatitud budista hasta reducirla al caos propio de las sociedades modernas. Nada es igual ya, por lo visto, en Shangrilá, no se extasían los súbditos felices repitiendo el mantra ni buscan en el horizonte del ocaso la señal bendita del Maestro, sino que se abisman en la pesadilla televisiva en busca de una nueva moral que anda dando de sí crímenes nunca oídos, al tiempo que desfonda la vieja sociedad que venía recorriendo los siglos sin alterar el paso ni perder la sonrisa. Ahí tienen esos que sostienen que la perversidad creciente nada debe a la pedagogía de la tele el mejor argumento en contra de su tesis, y ahí tiene ese tirano benéfico la comprobación fehaciente de que la felicidad puede que sea “una aptitud”, como decía agudamente el olvidado Bernard Grasset, pero acaba resumiéndose siempre en ese fracaso mayúsculo que Pascal describió como nadie. Hace poco ha aparecido una curiosa reflexión conjunta sobre “La historia más bella de la felicidad” en que un grupo alrededor del sabio Delumeau viene a confirmarnos lo que siempre supimos y, de paso, a ponernos en guardia frente “la tiranía de la felicidad”, esa vieja férula reestampillada filosóficamente por la Revolución Francesa. En Bután han sustituido el sueño del nirvana por el tontiloquio venezolano de las telenovelas y los místicos sablazos del ‘kung fú’ interactivo. Aquí no hemos de perder todavía la esperanza de recorrer ese camino al revés.

Vidas clandestinas

Cuando Semprún escribió su primer libelo sobre “Federico Sánchez”, es decir, sobre sí mismo, los viejos del PC recordaron a coro el viejo mote de “Pimpinela Escarlata” con ya le conocían de los tiempos de su costagavriana clandestinidad. A Semprún le chiflaba la clandestinidad como arrastrado por un talante aventurero que le hacía ver en ella una suerte de juego, un ajedrez vital en el que los caballos debían improvisar sus propios saltos, las torres resistir y moverse por sí solas, pero en el que las piezas se comían de verdad. Por eso, ante la noticia de que la policía política detuviera, cuando la gran ‘caída’ de Madrid, a uno de sus compañeros de piso franco, Simón Sánchez Montero, ‘Pimpinela’ no se inmutó sino que fue a pasar la noche como si tal cosa al piso, desde la seguridad absoluta de que los tormentos que, sin duda posible, Simón estaría padeciendo en los calabozos a manos de los verdugos, no lograrían arrancar del supliciado la menor confesión. En la clandestinidad convivieron, como no podía ser de otra manera, activistas del modelo romántico, como Semprún, y militantes estrictos y disciplinados como el propio Simón o como Julián Grimau (el tercer inquilino de aquel piso famoso), y no hay más que echar una mirada a las memorias del que luego sería ministro de González mientras ocurría la locura del GAL, para ver claro el desdén con que aquel comunista galán y sartriano consideraba a sus camaradas de perfil social bajo o “look” pedestre. Grimau era un pobre hombre, Montero un adocenado, el ‘Tanque’ un borrico con buen fondo. Sólo él y sus amigos del “Café de Flore” eran plenamente dignos de acceder al glorioso olimpo en el que se premia al héroe con el néctar de la fama y la ambrosía del reconocimiento. Son cosas que han pasado siempre hasta en los mejores partidos. Nada de extraño tiene que pasara también en el único que se movía durante la tremenda clandestinidad.

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Estamos leyendo estos días obituarios de Sánchez Montero para todos los gustos, aunque entre ellos primen, como es natural, las clásicas elegías con que es habitual adornar la memoria de quienes ya no cuentan. La figura de Simón, sin embargo, se ajusta enteramente al perfil que Sartre trazó en “Situations” a propósito del militante, aquella lúcida y dramática visión de esa forma de alienación, a veces consciente, que eleva moralmente a los hombres justo a base de desposeerlos de su autonomía moral. Recuerdo muy bien la mezcla de afecto y desconfianza con que Simón, un hombre bueno, trataba a los jóvenes que llegaban empujando a la vida del partido, el tacto seco aunque cordial con que frenaba impulsos y proponía desconcertantes ejercicios de paciencia y tenacidad que se avenían mal con las prisas de la edad. Y comprendo que hoy se valore apenas la vida consagrada a una causa que venía de una derrota y tenía mucho de perdida de antemano, quizá porque en la política de la democracia se puedan contar con los dedos los actores que de verdad de la buena tomaron parte en aquella sorda batalla de los clandestinos. Vi en Madrid la última vez a Montero con un grupo de aquellos jóvenes bárbaros ya moderados por el tiempo, y recuerdo con que firme cortesía eludió pronunciarse sobre el tema de la corrupción y otras defecciones de las izquierdas que alguien trataba de plantearle. Pero hace tiempo que esa especie se extinguió en esta selva, olvidada en vida, incluso despreciada por quienes más le han debido, mientras Semprún y su cuadrilla paladeaban sus martinis en el “Café de Flore” haciendo tiempo para cruzar a ‘Lip’ en busca del suculento codillo. La vida es injusta incluso entre camaradas, hasta en la cálida penumbra de la clandestinidad. Algunos recordaremos con veneración, sin embargo, a aquellos héroes opacos sin los que tal vez ningún brillo ajeno hubiera sido posible.

La nariz tapada

Otra vez aparece la sombra de Guerra, tan shakespeariana para muchos de sus incondicionales, recitando el verso rancio que habla de la nariz tapada. Se hacen las cosas en política “con la nariz tapada”, se perpetran las peores fechorías, cuando llega el caso, con dos dedos pinzando ese apéndice de la conciencia para que no se suliveye el ánimo recto, se contiene la respiración mientras se deposita el voto o se acepta una tesis infame como si con ese ejercicio banal el fondo moral quedara libre de culpa y aquí no hubiera ocurrido nada. Cuando se organizó el pifostio en torno al proyecto secesionista de Cataluña, Guerra hizo un gesto muy teatral, como suyo, que fue adelantarse a las candilejas y avisar al respetable que, bueno, que tampoco era cosa de interrumpir la función, pero que cuando llegara el momento de los versos inquietantes, allí estaría él con sus mesnadas para resistir el embate, con independencia de que, mientras se organizaba la representación entre bambalinas, allí andaría él mismo en funciones de “regidor” llamando a escena u ordenando silencios, atenido en exclusiva a su alta conciencia y, por descontado, zafado de cualquier compromiso que no dimanara de ésta, tan sensible, como sabemos. Y bien, pues ni como “regidor” presidiendo la absurda comisión –¡alguien ha hablado incluso del alto nivel doctrinal en ella exhibido, que ya es el colmo!—, ni luego en esa escena invertida, especular, que es el hemiciclo, ha hecho Guerra otra cosa que seguir el guión que le dieron en la planta noble y atenerse a él punto por punto. Eso sí, nada más votar como borregos, desde ese Panurgo virtual que es el guerrismo se ha levantado la voz más o menos irreconocible que hablaba, cómo no, de “la nariz tapada”. Guerra está en contra de lo pactado por ZP con los secesionistas y los insolidarios, ahí podría llegar, pero, a ver qué quieren ustedes, ha acabado votando a favor de ese nefando proyecto… “con la nariz tapada”. Una buena pinza en la nariz da para mucho, para casi todo. Incluyendo para votar a favor del principio del inicio del comienzo del fin de la España histórica.

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¿De dónde se habrá sacado esta caterva que votar “con la nariz tapada” salva de la responsabilidad, puede un gesto tan simplón librarle a uno de la culpa que pueda derivarse de la propia aquiescencia a las decisiones injustas? Es verdad que Guerra está ya prácticamente en la reserva y que si ha presidido esa comisión parlamentaria de la vergüenza ha sido por salir una vez más en la foto aquella en la que, en sus tiempos, él mismo prohibía aparecer a los demás. Luego, ya sin disfraz de lobo que valga, como un cordero liso y mondo, se ha pinzado la nariz entre el pulgar y el índice y ha votado con la otra mano eso tan malo que decía que iba a evitar. ¡Déjenme taparme la nariz y échenme trágalas! Solo frente a una plantilla que no hubiera osado mirarle a los ojos hace nada más que nada más que unos años, Guerra lleva varios papeles en esta tragicomedia, como dicen que hacía le propio Shakespeare para afanar unos cuartos, va de padre de Hamlet, de Falstaff y de rey Lear, a la vez, César y de Antonio, de lo que haga falta, que al fin y al cabo, la honrilla es un sentimiento pequeñoburgués y el decoro cabe en la faltriquera. Con la nariz tapada, por supuesto, ahora como cuando su hermano lo suplantaba en el despacho, como cuando como ‘oyente’ distraído ni se percató de que su Gobierno se cocía un GAL, como cuando con los votos de sus incondicionales sacó a flote a ZP dejando tirada a su propia candidata en el congreso del relevo. Siempre con la nariz tapada, eso sí. La política huele mal a cualquier y a un teatrero peor. Él desgranó alguna vez bajo las diablas el comentario del maestro: “Algo huele a podrido en Dinamarca”. Pero si fuera sólo en Dinamarca no tendría por qué taparse las narices. Si se las tapa es porque de sobra sabe que eso que tan mal huele a su conciencia le lleva a las mismas corvas.

El eco de Larra

El ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, acaba de insultar gravísimamente a casi dos millones y medio de trabajadores, los funcionarios españoles, a los ha acusado de no trabajar como es debido y de aprovecharse de su estabilidad en el empleo. Es un ‘leitmotiv’ del partido del ministro desde que Guerra inauguró su era demagógica prometiendo en titulares que iba “a meter en cintura a los funcionarios”, sin especificar a qué funcionarios, así en general, incluyendo –tal vez por mera ignorancia– a, pongamos por caso, policías o bomberos, jueces o profesores, proyecto que produjo ciertas disfunciones pero que, como es natural, no cambió seriamente las circunstancias de una función pública degrada al máximo desde aquella experiencia en adelante. La idea que maneja ahora el ministro está arraigada en el subconsciente colectivo como lo está la que de los políticos son corruptos, pero lo que oculta, en última instancia, no es más que el designio de hacerse políticamente con la Administración en bloque, de tal manera que deje de ser un ámbito profesional para convertirse en una inmensa oficina de partido. El expresidente Borbolla dijo en el Parlamento una vez –está en el Diario de Sesiones—que el funcionario no tenía que ser neutral sino obediente con el poder político que en cada momento dominara la situación, es decir, justamente la idea antípoda al objetivo progresista y modernizador que, al menos desde el XIX, viene tratando en España y Europa en general de convertir la función pública en un ámbito profesionalmente protegido dentro del que una razonable estabilidad en el empleo garantice la independencia de sus trabajadores que, de otro modo, no serán más que siervos de los políticos de turno. Y eso es lo que el ministro Sevilla quiere erradicar, la estabilidad en el empleo, la independencia relativa del funcionario que se sabe a salvo del capricho político, para sustituir el sistema por otro en el que el funcionario dependa plenamente del político. No se conforman con extender el concepto de “libre designación” a la totalidad de los puestos con responsabilidad mayor. Lo quieren todo: quieren poder quitar y poner, despedir y reemplazar. Si sale adelante este demagógico intento las Administraciones españolas serán en breve una gigantesca oficina de partido.

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Naturalmente es falso que los funcionarios no trabajen, o lo es en la misma medida que esa licencia pueda predicarse de los políticos, los comerciantes o los agricultores. Y más falso es aún que el proyecto de este Gobierno comporte alguna novedad puesto que los mecanismos para expedientar y sancionar, incluso para desposeer de plaza y hasta de empleo, al funcionario son tan viejos como la Tana burocrática. Si un funcionario malgasta su tiempo será porque se lo permite su responsable político, que tiene en su mano aplicarle el reglamento y a otra cosa. Pero es que el ministro Sevilla, como Guerra en su día, no está pensando de verdad en reducir a una presunta masa ociosa, sino en apropiarse, no sólo de hecho sino también de derecho, de la totalidad de las plantillas públicas en régimen clientelar riguroso y, en su caso, para irlas reconvirtiendo en pesebres exclusivos del partido en el poder. Si los funcionarios tuvieran mayor sentido de la dignidad profesional no tolerarían así como así semejante insulto y menos que, desde unos hemiciclos con demasiada frecuencia desiertos, se tuviera el desparpajo de instaurar la feudalización de la función pública y el desmantelamiento de esa relativa gran conquista de la modernidad que es la teórica independencia que la estabilidad proporciona al trabajador público. Los políticos luchan a brazo partido por su profesionalización –reclaman buenos salarios, pensiones muníficas, planes a cargo del erario, vacaciones excepcionales—pero pretenden precarizar al máximo la función pública. González sólo defendió una vez a un funcionario: a Amedo. Larra no supo lo que hizo cuando escribió esa fábula de la ventanilla que el rencor maneja como una filosofía.