Babilonia y Roma

Calma tensa en París, en espera de que un milagro abra el “cul-de sac” creado por Villepin. Normalidad republicana, precios por las nubes, españoles hasta en la sopa, y eso sí, una vida cultural que sigue su curso, indiferente a las bregas sociales y a los traumas políticos. Este París no es el del 68, ni esta primavera aquella –ojalá, en algún sentido–, ni la pareja Bernard-Henri Lévy/Tom Wolf se tendría en pie comparada con, pongamos por caso, la de Sartre/Norman Mailer. En la tele, en los periódicos, en las librerías, se refuerza el énfasis, sin embargo, en este “couple savant” –eso es lo que hay—destacando sus dos últimas obras, “American Vertigo”, un reportaje declaradamente tocquevilliano, y “Moi, Charlotte Simmsons”, implacable vivisección de la sociedad americana actual. BHL se exalta: no debemos creer en las apariencias, América no es un país inseguro sacado de sus casillas por los terroristas del 11-S, ni debe ser identificada con los “marines” o con Woodie Allen, si acaso con los dos, como “un coloso que duda”, un imperio que no será nunca Roma sino una democracia inquebrantable, a pesar de todo, un elefante al que no afectan seriamente los mosquitos “neocons”, las izquierdas o las derechas rivales aunque idénticas, por la razón elemental de que es un pueblo sólido estructurado por la Ley. Wolf por su lado ve un panorama no poco desconcertante en el que una vasta y variada fauna de activistas, gays, intelectuales, cínicos ( o ambas cosas en una pieza), convergen finalmente en la vulgaridad, sin dejar de constituir el ensayo más acabado de sociedad política ideal que se haya producido desde la vieja Grecia. USA es un tren que no hay quien pare– según este septuagenario frágil pero duro como un diamante bien pulido—porque resulta inmune, hoy por hoy, incluso refractario, a cualquier tentación del aventurerismo político”. Hab´ria, eso sí, un riesgo, un factor sensible: la corrección política. Entre los dos vigías de Occidente no han dado más de sí.

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Dejo los libros y me reintegro a la vida, a la calle, reventona en los plátanos callejeros, soleada como un campo de batalla anunciada pero evitable, multirracial, multicultural, technicolor y panavisión, atestada, bullente, eterno termitero. Con Lévy en la memoria: Norteamérica –el mito de Tocqueville pasado por Kerouac—representa el equilibrio de los excesos, USA “es el problema y la solución”, no se pierdan el volatín paradójico. ¡Pero es tan peligrosa la obesidad, no la de las personas, sino la de las cosas, la megavisión, el megamercado, la megalomanía, esas losas de inhumanidad que abruman al hombre hasta aplastarlo…! Siempre nos quedará París, eso era verdad, menos mal, y tal vez lo sea también que el cine es menos mentiroso que la crítica y más avisado que la opinión. Es para ver el posado de ambos talentos en la portada de alguna revista de lujo, de punta en blanco (como siempre) Wolf, “arreglao pero informal” un Lévy con blanca, impoluta camisa Saint Germain y “blackberry” negro. ¡Dan una envidia estos intelectuales olvidados del ‘prêt-à-porter’, tan chics, tan finolis, tan sensatos e integrados! Pero ¿me van a decir que este Abril es como aquel Mayo? Vamos, hombre. Las noticias llegan de España con sordina, previsibles, tremendas, penosas en algún caso, pero cuesta engarzarlas como es debido en medio de tanto trajín, juvenalia de Saint Michel, parterres de anémonas y brotes altos en el Luxembourg, movida frente a Nôtre Dame, la espuma de los tiempos remansada en el baratillo cajonero de la orilla del Sena, libros, grabados, recuerdos que ya no son lo que eran ni acaso lo fueron nunca. Qué suerte ir por la vida tan seguro como BHL, incluso tan pizpireta como Wolf, mariposa con las alas abrasadas en su propia hoguera: la de la vanidad.

Una de marcianos

Sigo la actualidad (más bien el futuro) de la tele tratando de asomarme a la gran feria internacional de la producción televisiva que se acaba de abrir en Cannes. Escucho la voz de la mujer fuerte que dirige una de las principales multinacionales del ramo proclamar algo que ya sabíamos, como es natural, sin salir de España: que el objetivo es ganar cuanto más dinero mejor y que vayan tomando tila los críticos y los utópicos. Todos están por “le retour aux gros gains”, la vuelta a los pelotazos de otro tiempo, con absoluta indiferencia ante los medios y la más explícita voluntad de mejorar el negocio al precio que sea. Quienes siguen reclamando para la tela contenidos de nivel decoroso y enfoques instructivos, van de cráneo: entre los diez productos más vendidos de ese mercado mundial aparecen tres telenovelas venezolanas, o sea, que háganse el cuerpo a lo que viene. En USA parece, por otra parte, que vuelven los chascarrillos de alienígenas, lamentablemente cada vez más alejados de los graves modelos ficcionales de toda una época gloriosa en que la ciencia-ficción parecía que iba por delante de la real. Flores sobre al tumba reciente de Stanilaw Lem, el gran maestro, pero nada que ver con los héroes de ‘Ciberiada’, de ‘Solaris’, en este “Retorno a las estrellas” hecho de mandobles luminosos y trompicos de karatecas espaciales, ninfas enfundadas en trajes de latex y pérfidos viejos dominadores de galaxias. En USA parece que vuelve la sugestión extraterrestre, casi desaparecida tras el éxito colosal de la serie “X-Files”, y todo indica que las teles europeas reflejarán esta nueva odisea del espacio probablemente más banal que todas las anteriores pero menos acaso que las que habrán de seguirle. Se dice entre los expertos que la tele funciona por ciclos (policíacos, médicos, judiciales y demás) y lo probable es que ahora se cumpla también esa ley. Volverán los marcianos, los mutantes y las abducciones, todo ese repertorio embaucador de tan buenas perspectivas comerciales. NO saben ya que inventar, pero eso es lo de menos. El tontiloquio funciona solo una vez que se aprieta el botón del telemando.

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Hace mucho tiempo que Edgar Morin se interrogaba sobre la razón del poder de la fantasía, un poder creciente a medida que se desmadra el paradigma que la propone. ¿Por qué cree a pies juntilla en las maquinaciones más peregrinas la misma muchedumbre que se resiste a aceptar los hallazgos de la ciencia o las predicciones mejor fundadas, qué razón la mueve a conceder a aquellas un crédito, siquiera sentimental, incomparablemente más generoso que el que se digna ofrecer a las propuestas serias? Ni que decir tiene que no hay otra respuesta a esta cuestión que la propia naturaleza mítica del hombre, esa especie de incomodidad que la especie civilizada sintió siempre ante lo real absoluto como contrapunto de lo que los franceses han llamado “lo real maravilloso”. Le Goff, Baltrusaitis y tantos otros descubrieron el sustrato permanente que sostenía en vilo el imaginario medieval, “el milagro de la credulidad” que alguna vez mencionó Gastón Bachelard, el primero quizá que tuvo la audacia de llamar a las cosas por su nombre y hablar por derecho de “les revêries de la volonté”, esto es, de esas ensoñaciones de la voluntad que sujetan al hombre voluntariamente a las cadenas de la imaginación. Van a darnos marcianos por un tubo otra temporada, a lo que parece, más ‘Doctor Spock”, más “Star Trek”, más naves extraviadas entre galaxias inconcebibles y héroes especializados en abrirnos a brazo partido ese doméstico agujero negro que es la credulidad. No ha existido jamás un medio tan autodestructivo como la tele, ninguno tampoco que tuviera tanta capacidad para negociar con la basura resultante. Lo que no sabemos en si la gente seguiría la trágica odisea de “Ana Karenina” como sigue suspensa las míseras chorradas de nuestros culebrones. Y mientras el negocio vaya bien, ni falta que hace.

Problemas sexuales

En un congreso mexicano acaba de plantearse la cuestión del impacto que la tecnología, los afrodisíacos y la violencia puedan acabar acarreando a la vida sexual de las personas. Están preocupados los expertos por la idea de que la actuales circunstancias propician una relación entre los sexos que anula sin remedio la interacción personalizada entre quienes lo comparten, o lo que es lo mismo, por la posibilidad de que la perspectiva individualista, el robinsonismo de entrepierna, acabe por dominar ese ámbito tan delicado. El éxito de la virtualidad que Internet favorece sugiere la posibilidad de acabar produciendo un tipo de amante solipsista, ensimismado, ferozmente individual que rompa el clima de al menos relativa reciprocidad que el sexo impone, especialmente del lado masculino en la medida en que la oferta de estimulantes eréctiles podría constituir un factor de aislamiento psicológico respecto de la otra parte de la relación que no tiene por qué manifestarse receptiva a la urgencia provocada. Hay miedo a que el desarrollo tecnológico, en definitiva, pueda tener efectos no queridos capaces de desnaturalizar el modelo convencional de las relaciones sexuales, y se teme que, por si algo faltaba, la vuelta de la violencia, su tolerancia creciente, pueda repercutir también sobre el ámbito íntimo. Tanto adelanto separaría a la gente al tiempo que propicia su acercamiento, y esta desconcertante paradoja trae de cabeza a unos sabios que ven impotentes como se dispara en la Red tanto la virtualidad en las relaciones como la distribución insensata de drogas que nadie garantiza. Sabemos que estamos ante una revolución del instinto básico pero ignoramos por completo qué la beneficia y que podría malograrla en la panoplia milagrera de recursos que ofrece el desarrollo a sus afortunadas víctimas.

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Por otra parte, encuentro en París, huroneando por las viejas librerías, un libro llamativo desde el título que ha escrito un periodista francés, Daivid Fontaine, habitual del ‘Canard enchainé’, y en el que se recogen testimonios de trientañeros/as decididos a guardar severamente y de forma voluntaria la castidad contra viento y marea, pero no por esto ni por lo otro sino porque han llegado a la conclusión de que, pasadas las primeras experiencias, un poso de desencanto conduce fatalmente a una exigencia mayor. Todo el mundo puede abstenerse en esta vida, sostienen esas cobayas herederas del desmadre mayista, que ciertamente no han visto en la generación paterna lo que se dice un modelo exitoso de relación auténticamente libre y al mismo tiempo humana, pero sobre todo lo que hacen con su experiencia es tratar de cuestionar la lógica en el fondo capitalista del dogma sesentayochista de la economía libidinal que de modo tan espléndido expuso hace años el maestro Lyotard. Les recomiendo, en todo caso, este “No Sex Last Year”, con la misma incredulidad, por supuesto, que les hago la crónica en diferido de las cuitas de esos sabios que (en México, no se lo pierdan) andan avisando sobre los peligros que corren tanto los amantes virtuales como los sostenidos por la farmacopea. Pero yo creo que lo que los traen entre manos esos treintañeros franceses, cada cual con su palo pegado y su experiencia a cuesta, es la aspiración, siempre vigente, a un modelo de relación personal que no separe el sexo del amor de modo tan drástico. Donde menos se piensa salta la liebre, y desde luego toparse en el ‘Canard’ con una experiencia abstinente como la descrita, no resulta menos chocante que dar en México con un grupo desagañitado en defensa de un control sexual sin el cual peligraría, a su juicio, la misma enjundia amorosa. Recuerdo que la Yourcenar decía que el amor es el castigo que merecemos por no haber resistido solos la existencia. Bien sabemos que a los treinta años esa vieja dama no pensaba igual.

Antesala del dentista

La noticia divulgada por la revista “Nature” –¡que sería del ‘logos’ peor también del ‘mytos’ contemporáneos sin ese acreditado papel!—referente a que un arqueólogo de la universidad de Poitiers ha hallado, mientras excavaba en un cementerio paquistaní, pruebas evidentes de que en el alborear humano, labrantío y matriarcal, al que llamamos Neolítico, ya se practicaba la endodoncia, resulta verdaderamente revulsiva. Sabíamos que en el Egipto del Imperio Antiguo los sanadores acogidos al cuto de la diosa Sekhmet andaban ya especializados y que entre ellos destacaban los dentistas, y que entre ellos no faltaban mujeres. No hay que creer en marcianos para explicar la cirugía craneana que practicaban los trepanadores japoneses (hay medio millar de cráneos que lo demuestran) ni la que, por su cuenta pero a riesgo del paciente, llevaban a cabo los curanderos rusos, peruanos, balcánicos y hasta algunos pertenecientes a lejanos ámbitos, como tampoco hay que idealizar aquellas prácticas puramente empíricas que si tenían algo en común era considerar al paciente como víctima. El hombre ha sido bien audaz en la historia médica, y hay que reconocerle a esa osadía una parte no pequeña en el avance tecnológico. Pero si ha llegado prácticamente hasta nuestros abuelos la tradición híbrida de los barberos/dentistas la verdad es que aceptar que en pleno Neolítico, es decir, coincidiendo más o menos con los trompetazos de Jericó, habría ingenios capaces de detectar caries, horadar coronas y perpetrar empastes y otras proezas endodónticas, resulta espectacular. Los historiadores de la medicina conocían hace tiempo las técnicas empleadas para trepanar y nos han referido cómo lograban aquellos titanes extraer una rodaja ósea con una piedra cortante o cual era la utilidad que daban al uso de piedras abrasivas, pero no habían dicho nada, que uno sepa, sobre empastes y menos sobre una medicina demostradamente diestra pero –como señaló, por ejemplo, López Piñero– del todo ajena a los planteamientos racionales. Cuesta imaginar al ancestro en la antesala del dentista, como en el poema inolvidable de Aleixandre, aguardando sobrecogido su turno mientras oía con espanto los ayes y lamentos del torturado. Desde ahora sabemos, en todo caso, que hace casi diez milenios que hay hombres que se enriquecen extrayendo esmaltes dentales y barrenando molares con tornos improvisados.

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Lo que ya resulta menos creíble es la pretensión del investigador de que tales “consultas” primitivas puede que fueran habituales e incluso frecuentes, hipótesis que él trata de apoyar en el descubrimiento de algún diente “tratado” en dos ocasiones por los ‘manitas’ del silex. O que la que hoy llaman “micro restauración” de ese esmalte perdido estuviera ya al alcance de una práctica primitiva que seguía fiel, no se olvide, a la estricta experiencia tanto como a la idea más o menos espiritista de la enfermedad y su remedio. Es una lástima, por eso, que tan viejos trajines no dejaran tras de sí memorias o fuentes que nos permitieran entrever cómo fue el hombre penetrando el misterio del mal, cómo osó enfrentársele y en que estupenda medida logró ir improvisando instrumentos y remedios que, todo hay que decirlo, nunca se separaron significativamente de la intuición mágica o el temor reverencial. ¡Había endodoncia (no sabemos si gratuita) en el Neolítico pero seguimos sin ella en plena postmodernidad! No me digan que no tiene guasa esta constatación elemental que dice casi más sobre la injuria que supone el abandono actual que sobre el mérito admirable de los viejos pioneros. ¿Darían factura aquellos artífices o el progreso les habría enseñado ya el método infalible de burlar impunemente a Hacienda? No hay que perder la esperanza de que, a esta paso, los sabios acaben revelándonos más pronto que tarde que nada hay nuevo bajo el sol.

El pelícano ciego

Ningún naturalista ha podido constatar la existencia de aquel pelícano ciego que el príncipe Kropotkin –el anarquismo romántico se pirraba por los príncipes como el ‘sociatismo’ postmoderno se pirra por las duquesas—decía que era mantenido con solicitud por sus congéneres en prueba irrefutable del principio de solidaridad que inervaría la convivencia de los seres vivos. Kropotkin debió de inventarse la metáfora del pelícano a rastras de la simbología cristiana tradicional, que habían hecho de él un símbolo supremo de la abnegación, pero nadie, ni antes ni después de él, ha logrado tropezarse con semejante prodigio. La buena intención de Kropotkin queda tan fuera de dudas como la evidencia de que la vida se parece menos a un rigodón amable que a una tragedia feroz, y eso es algo que, a medida que corren los tiempos y se desinflan las utopías, se va viendo más claro en las estadísticas que retratan la realidad planetaria. Cada día está más claro que la pobreza es requisito de la opulencia y hasta hay quien postula audazmente que la propiedad –el robo de que hablaba ingenuamente Proudhom—no es sino el cristal que requiere el azogue de la miseria para que el hombre afortunado pueda contemplarse en su espejuelo mágico. Disculpen el melodrama, pero miles de seres mueren a diario de hambre, un tercio de los habitantes del planeta sobreviven con un dólar al día, cientos de millones de personas carecen de agua o tienen una esperanza de vida que apenas alcanza los 40 años, un nivel casi prehistórico. Y al contrario crece en todo el mundo el número de millonarios que baten sus propios récords año tras año. En el actual, según el barómetro de ‘Forbes’, se registra la mayor cifra de la historia humana en el club de los “cienmilmillonarios”, un superestado virtual constituido por unas ochocientas personas cuyo PIB conjunto viene a equivaler al de la poderosa Alemania. No ha aparecido el pelícano ciego, por supuesto, pero su lugar mitológico lo ocupa en la imaginación colectiva ese olimpo exclusivo de dioses y héroes de barro con corona de oro.

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Los informes sobre la pobreza siguen siendo, por el contrario, de lo más alarmantes. No hay, desde luego, un solo millonario en África, ese continente olvidado del que cada día trata de escapar una muchedumbre abandonada a su suerte. Aparecen los primeros supermillonarios en China y en India pero en ambos termiteros crecen incontrolables las masas hambrientas, en especial las tradicionales descolgadas del tráfico urbano. Los millonetis latinoamericanos que veranean en Punta del Este o la Costa Azul eclipsan fatalmente el hecho de que más de cien millones de personas vivan en aquella región con menos de dos dólares diarios, que es la línea bajo la que el Banco Mundial llama pobres en esa zona. Se acelera la concentración del capital, como predijera el viejo Marx, al tiempo que se dispara la pobreza en términos que vuelve ilusoria la ideología integradora de la solidaridad que sugiere la fábula del pelícano ciego. ¡Para apólogos estamos! Tengo amigos en la India y Perú, en Somalia y en España, luchando por tapar las goteras más ofensivas con soluciones como la ayuda o los micropréstamos, el reciclaje o la educación. O sea, todavía en busca del pelícano, aún esperanzados en el espejismo generoso de que la especie funcionara como funciona esas otras de las que Kropotkin dedujo su ingenua teoría de la ayuda mutua, emperrados en el humanismo narcisista que insiste rousseauniano en la bondad nativa del hombre. Pero la verdad es que el pelícano de Darwin no debió de existir nunca más que en su luminosa imaginación, como un eco remoto de las piadosas leyendas que hicieron de él un símbolo sagrado. Hay más millonarios y más pobres cada vez: ésa es la ley en esta era capitalista. Cualquiera de nosotros ha visto a ese pelícano desangrarse solo sin mover un dedo.

Disciplina inglesa

Unas fotos laboriosamente conseguidas por nuestro colega británico “The Guardian” acaban de echar por los suelos la autoestima de su civilizado país y, de paso, el mito de la civilidad de las democracias frente a la (demostrada) ferocidad de las dictaduras, fascista o comunista, que a este respecto da lo mismo. Resulta que los ingleses, tan probos y legalistas, estuvieron torturando a modo a sus detenidos tras la Guerra Mundial, a mediados de los años 40, y aún después, e incluso dispusieron de un “centro de interrogatorio” en pleno centro de Londres, y que las “técnicas” empleadas por los sayones no fueron especialmente distintas de las que usaba la Gestapo. Y resulta que los presos torturados, de los que se pretendía obtener información útil ante la que se consideraba inevitable futura guerra, no eran, naturalmente, nazis, sino comunistas arrestados que fueron sometidos de modo sistemático a los suplicios del sueño, los apaleamientos, el frío extremo y hasta a algunos sofisticados recursos encontrados precisamente en los cuarteles de las SS. ¿Raro? Pues no tanto. Son conocidos los esfuerzos y la energía que hubo de emplear Eisenhower para evitar que Patton continuara con sus tanques hacia Moscú para enfrentarse a los mismos aliados que acababan de proporcionarle la imprescindible victoria en el frente del Este. También el sinuoso y triste papel de la diplomacia vaticana en la evasión de criminales de guerra nazis a lejanos países, así como la reutilización de la propia Gestapo como mejor instrumento para la lucha contra la militancia comunista. ¿Y vamos a extrañarnos de que, en estas circunstancias, unos verdugos se entretuvieran en torturar a unos desvalidos (hombres y mujeres, por cierto) tal y como lo hicieran los bárbaros vencidos? Recientes están el hallazgo de las mazmorras de Abu Graib y escandalosamente presente la vergüenza de Guantánamo. Un cuerpo supliciado más o menos no debería modificar nuestra opinión de que el Mal no reconoce fronteras y que, desde luego, no fue atributo exclusivo de la perfidia soviética.

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Traigo entre manos las flamantes “Memorias” de Hannah Arendt, un monumental aparto de reflexiones y pruebas sobre la naturaleza del Mal y su índole probablemente inevitable. Pero esas fotografías, esos cuerpos lacerados, esos esqueletos insinuados bajo la piel sufriente de las víctimas lo mismo en Auswich o en Treblinka que en Buenos Aires o en Londres, lo que vienen a certificar es la aterradora proclividad de la mente humana a la violencia y la indigna capacidad de la Razón ilustrada para blindar la perfidia democrática cuando se produce. Veo la imagen de Gerhard Menzel, de 23 años, una víctima desconocida torturada en Bad Nenndorf y, mal por mal, perfidia por perfidia, no aprecio diferencia entre ella y las procedentes de las ergástulas “democráticas” que hace poco veíamos reproducidas para vergüenza de la especie. Les confieso que he de abandonar con frecuencia la lectura del mamotreto citado, como si tratara de reponer fuerzas antes de seguir adelante a brazo partido contra la evidencia de que el Mal no está sólo en un lado sino que yace agazapado en la entraña misma de nuestro sistema, idéntico en todos los casos, atroz tras el escándalo moral de cada racionalización. Según Amnesty Internacional aún se producen torturas en España, por ejemplo, y esa noticia, puntual año tras año, pasa a la papelera de los responsables como papel mojado. Recuerdo que Léon Bloy pensaba que el tormento era un fenómeno universal en todas y cada una de sus temibles especialidades, incluida “notre Europe délectable”. No creo que exista un adjetivo capaz de cargar tanta ironía en el sollado de nuestra buena conciencia.