Memoria de un desterrado

La vuelta del exilio de Manuel Andújar -él hablaba siempre de trasterrados, no de exiliados-, pilló a mi generación con un pie aquí y otro en París, enfrascados todos en la pugna imperceptible pero demoledora de la clandestinidad. Fueron los años en que volvieron de América muchos de aquellos “trasterrados”, algunos de la envergadura de Francisco Ayala o Rosa Chacel, nada menos, y en los que a pesar de nuestras obsesión por el boom americano todavía teníamos de libro de cabecera las obras de Barea y otras que, como éstas, trataban de reconstruir desde la otra orilla la memoria desgraciada de España.
Andújar había vivido ya de todo, una vida perra que, a partir de su enfermedad infantil, le había permitido conocer la intrahistoria hispana de cerca y sin paliativos, trabajando a salto de mata en los oficios más dispares mientras narraba su impresión de las “Vísperas” de la catástrofe, militando arriesgadamente en la clandestinidad y, a buen seguro, sin la menor aldaba a que agarrarse. Hombre sencillo y entrañable, Andújar vivía ordenadamente una existencia casi minutable, en especial desde que, creo recordar que favorecido por Javier Pradera, logró la dirección comercial de Alianza Editorial, aquel proyecto crucial de aquellos años que enmarcaban las portadas ideales de Daniel Gil. Por lo demás esa vida ordenada y puntual la compartía Manolo con su esposa Amanda en el acogedor e impecable piso de la madrileña calle Camino de Canillas con un pie ya dentro del barrio de la Prosperidad.
Renuncio a detallar la obra, bien conocida, de este escritor prolífico, la mayoría de la cual fue escrita en México a través del caleidoscopio de la memoria, pero no a decir que hay al menos tres obras memorables entre ellas como son las citadas “Vísperas”, “Los lugares vacíos” e “Historias de una historia”. Pero el poeta y narrador Andújar fue también un ensayista atinado como lo muestran sus ensayos desde el destierro, en especial el que escribió sobre el papel de mestizaje de la cultura andaluza. El Presidente Borbolla, al que yo le había procurado ya “La franja luminosa”, no dudó un instante ante mi propuesta de nombramiento de Hijo Predilecto de Andalucía en el año 1985, que él recibió con un agradecimiento entusiasta.
Andújar sigue siendo por desgracia un gran desconocido entre el gran público. Su obra espera sin duda un reconocimiento que sólo ha impedido hasta ahora su modestia y la sinrazón mediática.

La pasión de escribir

Pocas experiencias he tenido en esta vida como mi primer encuentro con Alfonso, allá a mediados de los 60, a quien encontré en el madrileño Barrio Blanco, en casa de Blas de Otero. Por entonces habíamos pasado del “tremendismo” a la “nueva narrativa” y andábamos enzarzados en la polémica que oponía los dos modelos narrativos bajo las siglas –que creo recordar que salieron de Juan Benet— de “la berza y el sándalo”. Era un momento confuso pero rico en el que dominaba el talento de Ferlosio mientras una nueva generación reinventaba los acentos más fuertes del realismo con el malogrado Luis Martín Santos y su “Tiempo de silencio” a la cabeza y unas cohortes escindidas –desde Carmen Laforet a Martínez Menchén pasando por García Hortelano y Armando López Salinas— por el tirón de “lo social” que había de competir con los textos que, desde el exilio americano, nos enviaban Max Aub, Francisco Ayala, Ramón Sender o Manuel Andújar.

Grosso era un escritor pasional, tan moralmente enérgico como vitalmente débil, que luchó contra la enfermedad y el ambiente asfixiante de la Dictadura, viajó ansiosamente por medio mundo –nunca olvidaré sus relatos a la vuelta de Cuba–, insatisfecho siempre con una escritura expeditiva pero de subidos acentos líricos que perseguía incansable, por todos los medios, la crítica de una sociedad cerrada. Obras tempranas como “Un cielo difícilmente azul” o la inicial “La zanja” se verían superadas por otras de crecientes quilates literarios como “Inés just coming” (en plena erupción del 68) para estallar, ya con mano firme, en “Guarnición de silla” o la hermosa y andalucísima “Florido mayo”. Nada que ver con el Grosso final, rehén de los mercachifles de la industria editorial, forzado a escribir una novela año (¡) para sobrevivir, con su castigada familia, en su retiro del Aljarafe.

Ayudados por Morales Padrón hubimos de procurarle entre unos cuantos cierta ayuda pública cuando ya el gran escritor era un fantasma deambulando por Sevilla sedado por un potente ansiolítico, tierno siempre y como ausente, obsesionado por el yugo del pacto editorial, finalmente casi ausente, acaso recitando por el parque de María Luisa versos de Claudio Rodríguez o de José Ángel Valente. La muerte no tardó en aliviarle aquel calvario en el que rompía una intensa y apasionada vida de escritor. España, que hace a sus hijos y los gasta, dijo alguien. Grosso es, entre ellos, uno de los más torturados.

Poeta en el mundo

La casa que Pepe Hierro tenía en Titulcia, –“a ocho leguas de Madrid”, como decía él– rezaba en su sencilla portada un nombre desconcertante: “Nayagua”. Los amigos, los americanos sobre todo, solían preguntarle por el significado del sugerente topónimo creyéndolo eco de alguna voz trasatlántica, pero el poeta los desengañaba al explicarles que si se decidió a nombrarla así no fue sino tras comprobar, con tanto empeño como desencanto, que en la finquilla no había agua: ¡“Nayagua”! Desde la casa encaramada en la parte más alta podía verse, en efecto, un secarral en cuyo fondo, a fuerza de fuerzas, entre él y su yerno habían conseguido un mínimo huerto. Nunca he conocido un personaje con tanta fuerza icónica, ni hombre más sencillo a pesar de su condición eminente, con el que tantas veces compartimos a mesa y mantel el privilegio de su talento.

Su vida, que solía referir con frecuencia en breves pero intensos girones, habían sido dura, por no decir implacable, teniendo en cuenta que incluía desde su edad más tierna experiencias como la cárcel (su prisión y la de su padre) o alguna fabulosa travesía forzada España a través, el desempeño de trabajos humildes y, sobre todo, la impronta de una honda herida de postguerra. Jamás le oí hablar con rencor, nunca quejarse: si nos relataba aquellas duquitas era siempre en la clave de una pedagogía conciliadora como quizá no he vuelto a encontrar. ¡Ah, los domingos en “Nayagua”, con Pepe bregando ordenadamente ante su paella –alguna vez contando con la presencia del entonces Príncipe de Asturias–, trajinando sin reposo ni prisa como anfitrión apasionado! Y luego su voz grave, también transida de una pasión contenida, desgranando versos propios y ajenos, ante la mirada comprensiva de Angelita y la cordialidad de todos.

Por completo ajeno a la contienda literaria, muchos lo tuvimos por poeta primerísimo de su rica generación, desde aquella poética laboriosa –no se crean el cuento de la “facilidad” de su mano— que confundía armoniosamente su sentir dolorido, la experiencia profunda de su desvivirse, con la alegría de vivir, sencillamente, verso a verso, la paz por divisa  y el mundo por montera. Reencuentro sus ojos insomnes, sus cejas fáusticas, el eco de su voz pausada en “Cuanto sé de mí”, en el “Libro de las alucinaciones” y, ya en rotunda madurez, en los sonetos del “Cuaderno de Nueva York”. El tiempo nos trae el recuerdo de los grandes amigos. También, en casos como el de Pepe, el pálpito cálido de un cariño que los mantiene presentes.

La paz y la palabra

Tuve el privilegio de tratar a Blas de Otero en dos etapas. La primera, tremenda, una en que paraba –¡junto al entrañable Alfonso Grosso, imaginen la zapatiesta!—en el madrileño Barrio Blanco. Una segunda, ya bajando a Puerta Hierro, en el barrio de Saconia –“Rojonia” en la jerga del extremismo derechista–, esta vez ocupando nosotros la planta baja de la casa en la que él y Sabina, su mujer, ocupaban el segundo. Fue en ésta cuando lo vi sufrir y trabajar, atrapado en su neurosis depresiva y perfeccionista que le hacía alternar los tristes periodos de agitación con otros en los que corregía una y otra vez sus poemas hasta conseguir ese plus de perfección tan propio de su obra.

En ningún poeta de esa fértil cohorte que va desde el propio Otero a Félix Grande pasando por Claudio Rodríguez, Valente, Gil de Biedma y tantos otros, encontré tanta perfección y acaso tampoco tanta belleza. Escribía despacio, repasando lo escrito, desviviéndose en busca de la palabra exacta –a veces, hasta pidiendo ayuda–, estremecido, como su pluma, por su propia emoción, por su incesante  “redoble de conciencia”, incansable en su clamor por “la paz y la palabra”, tierno y hosco, según, pero siempre “ángel fieramente humano”. No he conocido un poeta tan torturado por su inspiración, tan fiel a sus ideales y tampoco tan español y tan vasco a un tiempo. Recuerdo su estupor ante los feroces  atentados etarras entonces tan  frecuentes y su ingenuo, casi infantil entusiasmo, ante una buena mano de mus. Una mañana tropezamos en nuestro paseo con un incendio que devoraba un primer piso y jamás veré quizá tanta ambigua emoción –ya de niño vio uno sobre el que nos dejó un bello poema— ni tanta paradójica frustración cuando finalmente lo apagaron los bomberos: “Vámonos, aquí ya no hay nada que ver…!”, parece que estoy oyéndolo.

El poeta que comenzó bajo el ala de san Juan de la Cruz a comienzos de los temibles 40, cruzó luego el cauce tormentoso de su vida desviviéndose entre Bilbao y Madrid, entre Cuba y China, escribiendo voluntariosamente “a la mayoría siempre” y con España en el corazón, mirando con atención o abismándose en su inspiración torrencial. Al final, Sabina lo cuidaba ya como a una pavesa incierta, como a un frágil soplo de vida encerrado en un corazón de hierro. Hasta que un día, muy de mañana, nos avisaron de su partida, que había sido merecidamente plácida. Fuimos al Juzgado a resolver el papeleo mientras él sobre su cama comparecía como una estatua serena de sí mismo.

Un médico humanista

Sería como a mediados de los 60 cuando, por mediación de mi primo José Villadeamigo, el médico y escritor sevillano José María Osuna –un carrionero refugiado en Cazalla— me envió a Madrid un libro de poemas intensos e inquietantes titulado “Oraciones al Dios difícil”, al que enseguida dediqué una crítica en Cuadernos Hispanoamericanos. Desde entonces mantuve con aquel médico-poeta una afectuosa relación que fraguó sólida cuando, en unas vísperas vacacionales, lo conocí en su casa de la sevillana calle de Monsalves. Recuerdo a aquel hombre imponente en su llaneza, embutido en su batín y calzado con sus zapatillas caseras, su perfil algo quijotesco, su hablar pausado y un cierto aura desengañado que prestaba a su figura un singular atractivo humano. Yo había leído ya para entonces su estupendo libro sobre “Los curanderos” –un verdadero hallazgo del que don Julio Caro Baroja me hizo interesantes elogios cuando le proporcioné un ejemplar— y “Andalucía en el fiel” pero, sobre todo, teníamos subrayado en Triunfo, lo mismo Víctor Márquez Reviriego que yo, “La novena provincia andaluza”, un inteligente atisbo sociológico sobre la emigración andaluza a Barcelona que bien merecía la pena que leyeran los actuales merluzos del antiespañolismo.

Encima de la mesa de su comedor, donde me recibió una tarde, me llamó la atención la fuente de almendras que convidaba al visitante para explicarme luego los beneficios de ese fruto para el páncreas , detalle que retengo para situar su eminente figura médica en el extraño plano en que convergen el sabio estudioso y el “médico de pueblo”, atento observador de la realidad, que él presumía de ser. Mucho discutí con él –¡gran paciencia la suya con mi vehemencia juvenil!— sobre las ilusiones que el viejo comunista desengañado se hacía sobre la herencia árabe y, más si cabe, sobre su pretendido rescate del andalucismo de Blas Infante que luego enarbolaría el PSA. Y mucho aprendí de sus juicios –científicos, literarios, políticos—en aquellas visitas y a través de una frecuente correspondencia que conservo. Aquel “médico rural” tan balzacsiano escondía un intelectual riguroso, de levantada espiritualidad y grave pero contenida pasión política. Hoy lo recuerdo –alta figura, bigotito breve, delicadas manos—apasionado contra la superstición y rendido, como tantos talentos andaluces, a un inexorable destino que él sabía orientado irremisiblemente al olvido.

Anatomía de la conspiración

Elijo ese título de una de las obras de Tierno Galván para introducir al ambiente que rodeó al personaje. Aún recuerdo sus vehementes instrucciones a los miembros del seminario que impartía generosamente en su domicilio –calle de Ferraz, casi esquina a la de Lisboa— para que no entráramos en grupo sino separados, además de evitar por todos los medios el Bar Bakuko, instalado en su planta baja y regentado, según él, por un miembro de “la Social”. Don Enrique era un hombre autoritario en el fondo y siempre cortés, que vivía con su esposa –doña Encarnita—y soportaba los ladridos incómodos de un gozque faldero al que, con su implacable ironía, recuerdo que llamaba “Toynbee”… En su despacho nos juntábamos –el agua y el aceite, en más de un  caso—,Mario Gaviria, Agustín Maravall, Juan Antonio Matesanz, Ángel de Lucas, Amando de Miguel y yo mismo, para asistir a una suerte de ejercicio mayéutico sobre el concepto de “dialéctica”, aunque él siempre iniciara la sesión –como me recuerda Amando— con aquel amable “¿De qué quieren ustedes que les hable hoy?” que tan bien lo retrataba.

Tierno era un sabio incisivo cuya obra trasluce un saber enciclopédico, y cuya abducción por el PSOE probó el anacronismo de una socialdemocracia no poco pequeño-burguesa que el tiempo no admitía ya. Se equivocó a veces –como en su “Costa, prefacista”, luego triturado por Alfonso Ortí, o su idea de la literatura picaresca aplastada por el estudio de Maravall—, pero escribió libros deliciosos como “Desde la trivialización al espectáculo” o el que da título a esta breve reseña, por no hablar de mi preferido, que es el centrado en la figura de Baboeuf. “¿Cuál es su posición religiosa, don Enrique?”, le preguntábamos. Y don Enrique, que ya había publicado “Yo no soy ateo” y “Qué es ser agnóstico?”,  contestaba, velando su mirada tras el cristal miópìco: “Pues mire usted, joven, yo me considero prudentemente agnóstico…”.

Él nos descubrió raros recovecos de la Ilustración ofreciéndonos la lectura de La Mettrie o la del barón D’Holbach, nos descubrió un impensable perfil de Diderot y nos hablaba con respeto de Gracián, sin dejar de provocarnos con un aparente relativismo – –“¿Está o no está aquí esta mesa, don Enrique?”. –“Hombre, como hipótesis de trabajo…, pues sí…”— que buscaba incentivar nuestra imaginación. Nunca he olvidado los ladridos de “Toynbee ni cómo, al salir, mirábamos de reojo al bar de abajo, quizá despreocupados, pero por si acaso.