El gran desconcierto

Tras las recientes decisiones de la Justicia europea, el país español anda justificadamente desconcertado. Ya resultaba difícil aceptar esa procesionaria que prolonga la expectativa procesal más allá del Tribunal Supremo –obsérvese el oxímoron— supeditado hoy, de hecho, a la revisión del Constitucional y, por si fuera poco, a unos tribunales extranjeros constituidos por jueces que manejan criterios legislativos diferentes. Pero si hace bien poco el de TDH de Estrasburgo revolcaba a la Justicia española no sólo al absolver a unos delincuentes manifiestos sino al “condenar” al Estado español a indemnizarlos, las decisiones del jueves pasado –exculpación de Puigdemont y puesta en libertad de los demás prófugos— han desconcertado por completo a un paisanaje que apenas logra distinguir, bajo este penoso lubricán, el blanco de lo derecho del negro de lo torcido. ¿Cómo se puede vender a los españoles que lo ocurrido en Cataluña en los últimos meses y, en especial, el memorable episodio de la proclamación de la “República independiente de Cataluña” no implicó ninguna violencia y, en consecuencia, que apenas puede suponer para esos golpistas más que una leve responsabilidad? Oigamos al profesor Antonio Elorza ironizar amargamente sobre el hecho indiscutible de que fracturar el orden constitucional –en función de la letra del vigente Código Penal– “tiene hoy menos sanción que una multa de tráfico, ya que sería una desobediencia y una prevaricación leve, sin siquiera pena de cárcel”. El ciudadano no comprende nada, sencillamente, porque no es posible comprender tanto disparate.

Con este motivo y por sugestión de mi amigo el fiscal Antonio Ocaña, vuelvo sobre el famoso discurso pronunciado por John Kennedy a propósito del grave desafío planteado en Mississippi el año 1962, del que no me resisto a reproducir su meollo: “Los estadounidenses –decía el malogrado Presidente— son libres de estar en desacuerdo con la ley pero no de desobedecerla, pues en un gobierno de leyes y no de hombres, ningún hombre, por muy prominente o poderoso que sea, y ninguna turba, por más rebelde o turbulenta que fuere, tiene derecho a desafiar a un tribunal de Justicia”, porque si ese desafío se produjera “ninguna ley estaría libre de duda, ningún juez estaría seguro de su mandato y ningún ciudadano estaría a salvo de sus vecinos”.

Quienes desde la Justicia internacional aportan oxígeno a ese independentismo pre-guerracivilista no piensan, evidentemente, de este modo, a pesar de que hay pocas cosas tan peligrosas en una sociedad democrática como destruir la égida que supone un Derecho claro y racional. Al amparar a los prófugos delincuentes, esos jueces han hecho más en un día contra el sentimiento europeísta que todos los segregacionismos juntos. Y acaso sin percatarse de que estaban tirando piedras a su propio tejado.

Elogio del harapo

Parece ya imparable la vertiginosa degradación indumentaria que estamos viviendo. Cierto que no dan abasto los alquileres de chaqués, tan frecuentes ya en los bodorrios, incluso en los de medio pelo. Lo mismo en la audiencia real que en la sesión parlamentaria, la competición por el adefesio resulta incontenible, lo que, en cierto modo, acaso no sea más que un “revival” sesentayochista. En una comisaría sevillana de las de entonces un policía identificaba a una activista universitaria peligrosa con un trazo realmente virtual: “Sí, hombre, –decía el agente a sus colegas–, es esa niña pija que hace poco se vistió de pobre…”. De pobre se visten hoy la adolescente y el diputado, el estudiante o el barbero, oficiando entre todos una confusa ceremonia cuyo alto valor simbólico puede que ignoren.

¿Cuántas de esas adolescentes (y hasta maduras) que pasean por ahí luciendo los rotos y remiendos de sus pantalones tendrá alguna conciencia de que con su gesto replican ingenuamente lo mismo al peregrino medieval cuando cambiaba su atuendo por la veste sagrada, que al adepto de la Gnosis que obedecía el precepto escolar consciente de que en la ropa reconocía y expresaba su verdadero yo? El genio de Carlyle ya nos avisó de que si los vestidos nos habían hecho hombres en el origen, no por eso dejaban de amenazarnos con convertirnos en maniquíes. En definitiva, si algo nos enseña la historia del vestido es que utilizarlo supone integrarse (donde sea) mientras que despojarse de él no es sino el signo inequívoco de la renuncia al grupo y, en consecuencia, la exaltada reivindicación de la individualidad.

Pero ¿a qué renuncian hoy –¡de nuevo!– nuestros harapientos, qué pretenden desgarrando sus “jeans”, claveteando con remaches metálicos sus bolsillos o pespunteando sus costuras? Puede que, sin saberlo, anden ilustrando la vieja intuición semiótica que veía en los harapos las heridas y cicatrices del alma, o puede que, simplemente, obedezcan ciegos al vehemente estímulo de la publicidad, ingenuos ignorantes de que lo único que pasa de moda en este mundo es la moda. Y sin embargo, uno suele ver en la boga del desaliño un efecto secundario de la abundancia, la hipnótica tentación de originalidad con que seduce a los pardillos la sociedad opulenta. Como las fantasías capilares, como la bárbara obsesión por el tatuaje, el viejo harapo reproduce, en plena postmodernidad, la broma de Diógenes, empeñado en probar la circularidad del tiempo, en demostrar la broma inaudita del eterno retorno.

Memoria y revancha

Vivimos una nueva temporada pugnaz en torno al debate de la llamada “recuperación de la memoria” histórica. Más de ochenta años después de la tragedia de la guerra (in)civil, resurge el griterío denunciando la supuesta amnesia colectiva de una sociedad, como la española, cuyo ejercicio rememorativo ha sido realmente inusual. A mi entender, este resurgir justiciero que reniega de la exitosa Transición y sus providenciales paces, es consecuencia tanto del auge del populismo como del desmayo de los objetivos históricos de una Izquierda en profunda crisis, doble causa que ve en la mirada retro un relleno para su vacío ideológico. Se suelen recordar, entre otros muchos ejemplos, la ley romana de 403 a. C. que, en defensa de la paz lograda, prohibía severamente recordar los males pasados, así como la inteligente y generosa idea del historiador Marc Bloc de que el olvido es el mayor beneficio de los pueblos heridos. El insistente rechazo de la Transición pacífica –que fue tan costosa como sabemos los que la vivimos de cerca— resulta cuando menos absurdo en una España abrumada de problemas políticos y socioeconómicos que ha de moverse, además, en un entorno geopolítico nuevo y complejísimo.

¿Tiene sentido la continua polemiquilla sobre la mudanza del callejero, las retiradas de símbolos tan delicados como las cruces de los caídos o la reclamación de las exhumaciones del Valle de los Caídos? ¿No es más bien ese lúgubre ruido la sinfonía discorde con la que algunos tratan de tapar su fracaso ideológico y político? Probablemente sí, entre otras razones porque, como han señalado ilustres críticos de la propia Izquierda, carece de sentido hablar de amnesia justo cuando el ejercicio de esa memoria histórica tras la Dictadura ha sido el mayor que se haya registrado en España. Es por completo falso que la Transición impusiera silencio forzando la amnesia colectica, como ha probado de modo aplastante, entre otros, alguien tan poco sospechoso de connivencia como el profesor Santos Juliá en alguna ejemplar reflexión, al defender el éxito de la estrategia pacificadora que fragua en la amnistía de 1977, tan emotivamente retratada por en el famoso cuadro de Genovés. No nos engañemos: la causa de esta vuelta a la revancha no es otra que la llegada de la Derecha al poder en los años 90, una causa que se ha vuelto explosiva con la irrupción del populismo y la anemia ideológica de la Izquierda clásica. Esos “nietos de la guerra” andan desconcertados y a cuestas con su “media memoria” entre los escombros legados por la crisis económica. El cuadro goyesco sigue siendo, lamentablemente, nuestra triste caricatura.

Cortinas de humo

Recordaba el otro día en estas páginas Pedro Cuartango la brillante tesis de Guy Debord sobre “La sociedad del espectáculo”, este modelo social de estricta obediencia mediática que trae y lleva al ciudadano donde quiere, en no pocas ocasiones tras raros señuelos o incluso obediente tras la flauta de Hamelin. Y lo hacía a propósito del inmenso movimiento organizado en torno al crimen inconcebible que ha costado la vida de un niño inocente, un suceso tan pavoroso como incuestionablemente noticiable pero del que también se ha hecho un uso desmedido cuando no impropio. No es cuestión de volver sobre la porfía de si los medios deben difundir o disimular las graves las atrocidades que prodiga nuestra convivencia, dado que el interés público reclama con toda legitimidad esa información, pero sí lo es acaso de llamar la atención sobre la capacidad, en verdad alienante, de este modelo de vida llamado con tanto acierto “sociedad medial”. Demasiados casos recientes prueban hasta qué punto estas publicidades –tan legítimas en principio, insisto— pueden contribuir a limitar la actualidad extendiendo sus emotivas cortinas de humo sobre otras realidades en otros sentidos tan urgentes.

¿Nos hemos percatado de que la conmovedora y triste suerte del niño almeriense y la tragedia de su familia han borrado por completo del mapa atencional de España entera el resto de la actualidad nacional y extranjera? Ha habido telediarios –y ediciones, por supuesto— enteramente consagradas a esa crónica del horror, con el olvido pleno del drama catalán o hechos tan relevantes como los acaecidos estos días en China o Estados Unidos, por no hablar del repetido “thriller” de esos novelescos asesinatos de los rivales de Putin que la “premier” Theresa May considera casi evidentes y que Ignacio Camacho ve, con razón, como extraídos del universo de John Le Carré. Apenas si esa fijación ha dejado espacio para informar de la desconcertante sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que condena a España por sancionar a los vándalos irrendentos que quemaron en público la imagen del Jefe del Estado, y hasta para eclipsar la desaparición simultánea de las tres mujeres asturianas, menos “atractivas” para la opinión pública, por lo visto, que la infame tragedia del niño: hasta el morbo es graduable en esta sociedad del espectáculo que ha convertido la televisión en un vertedero y a punto está de convertirla –como a los demás medios— en el escaparate de una casquería.

Cerrar la granja

Esta sociedad post-industrial, con sus soponcios y recesiones, anda complicando exponencialmente sus esquemas relacionales. Es más, parece que sólo a base de superar curiosas contradicciones puede mantenerse en pie y seguir su pedregoso camino. Y si no, consideren el caso del cierre de las granjas de pollos decretado por el Gobierno francés, definitivamente alineado –a pesar de la “centralidad” de monsieur Macron—con la estética buenista. Ya ven: ¡la sensibilidad francesa que tan estoica como displicentemente pasó como sobre ascuas sobre la catástrofe de Indochina o la matanza de Argel, no puede soportar un minuto más la imagen conmovedora de las gallinitas cebadas en sus jaulas de granja, pone que te pone huevos que un mecanismo automático recoge para transformarlos con urgencia en mercancía! ¡Libertad para el gallinero, campo abierto al picoteo saludable que purga de insectos e impurezas corrales y campos abiertos hasta embellecer las yemas con su gualda intenso, se acabó la explotación impía de esos ovíparos a los que debemos, en tan gran medida, nuestra dieta proteínica! El animalismo no se conforma ya con cerrar los cosos taurinos sino que, en nombre de una Libertad sin límites, abre de par en par las granjas. Lo único que desdeñosamente deja cerrado a cal y canto son las ergástulas en las que pena el hombre. ¿A que la cosa da que pensar?

Pero, claro, la lógica de la vida no se pliega así como así ante tanta simpleza. No. Ahí tienen para comprobarlo, la noticia simultánea del cierre masivo de establecimientos decretado por “KFC”, la multinacional yanqui del pollo frito, forzada al cierre de más de 700 sucursales por falta de los pollos que necesita para freír, un auténtico drama para más de un adicto a la “fast food” en todo el mundo civilizado. ¿Vamos acaso hacia un modelo latifundista de explotación ganadera, habremos de ver con estos ojos que se ha de comer la tierra vastos prados convertidos en gallineros libres en lugar de aquellos cercados familiares en los que el zorro hacía sus agostos nocturnos bajo la luna llena?

Cualquiera sabe, pero esa coincidencia del “octubre rojo” y orwelliano de las gallináceas con el conflicto mercantil en sus freidurías nos avisa de que aquel sueño de la Revolución que un día creímos al alcance de la mano, queda bastante más allá de nuestra ilusión. En Rusia (en la URSS quiero decir) también se descerrajaron las granjas humanas en beneficio de unas mafias hoy ya indiscernibles del poder político, y miren cómo le va a la muchedumbre silenciosa con los nuevos zares. El bienestar tiene indefectiblemente un coste que o lo paga la gallina o carga con él el granjero.

La multitud solitaria

La “premier” británica, Theresa May, acaba de anunciar la creación de una secretaria de Estado para la Soledad. La idea fue proyectada en su día por una diputada laborista víctima del terrorismo y es retomada ahora por los conservadores en vista de la gravedad de la estadística social que alerta sobre el progreso imparable del aislamiento, esto es, de la “des-socialización”, de una población en la que miles, millones de personas manifiestan por doquier vivir sin el menor contacto humano largos periodos de su vida. Se trata, no cabe duda, de una iniciativa tan excelente como compleja que, sin duda, planteará graves dificultades a los gestores del remedio pero que resulta ya inaplazable, toda vez que los sociólogos comienzan a considerar aquella soledad cívica como una auténtica epidemia.

La extensión del aislamiento individual es una consecuencia de la radical urbanización de las poblaciones a partir de la segunda mitad del XIX. Superada la vieja “comunidad” que describió Tönnies como contrapunto de la “sociedad”, desaparecida, en consecuencia, la solidaridad tradicional y sustituida la familia extensa por la nuclear, la convivencia urbana ha forzado un severo modelo de vida en el que la compañía se ha convertido en una experiencia progresivamente rara. En la etapa de Kennedy se ensayó un proyecto en favor de la “tercera edad” con el que no pudo ni el formidable presupuesto disponible, debiendo ser abandonado, en última instancia, en un supremo gesto de impotencia. Y ahora, cada día más, el habitante urbano, reducido en su hábitat y mayoritariamente también en su renta, se ve obligado a consumir su vida aislado y hasta completamente solo, no sin el agobio suplementario que supone la inseguridad.

Sin duda un factor determinante en esa situación es el propio incremento de la esperanza media de vida –que en 2050 alcanzará nada menos que la cota de los 90 años— que dicen que en Roma no alcanzaba la treintena ni en la Edad Media la cuarentena, y que hasta hace bien poco se mantenía más o menos estable, compensado el crecimiento vegetativo que propiciaba la nutrición, la higiene y el avance médico por el impacto de una enorme mortalidad accidental. Pero es ahora, con el salto cualitativo registrado en el ámbito de la medicina biológica y la perspectiva cierta que abre el manejo clínico del genoma, cuando la prolongación de la vida humana parece ya incuestionable, lo que, al margen de los problemas asistenciales que ello implica, multiplicará la población aislada. El mito literario de la soledad feliz cede el paso, al fin, a la contemplación del que es quizá el mayor fracaso experimentado por la aventura humana.