La Hispalense que fue

En al umbral de los años 60, la Universidad de Sevilla, la Hispalense, era un centro intelectual de alta categoría. Cuando alrededor de ese quicio y recién ganada la cátedra, llegó a ella don Manuel Olivencia –el discípulo de Candil y ayudante de Garrigues, al que en la “fiesta el rollo” los estudiantes complutenses llamaban “Olivencia el Joven”—uno podía encontrarse en la sala de profesores a un equipo excepcional en el que, jubilado ya el sabio maestro Carande y junto a un par de renuevos como Clavero y Jaime Añoveros, figuraba la constelación de los Cossío, Pelsmaeker, Lojendio, Gutiérrez Alviz, Elías de Tejada, Juan Manzano, Mariano Aguilar o el ex-ministro de la República Jiménez Fernández, un elenco difícilmente igualable dentro y fuera de Andalucía.

Olivencia venía de Madrid, como digo, donde había sido rector del mítico colegio mayor “César Carlos” y ganado la adjuntía, tras haberse doctorado en Bolonia y ampliado estudios en Alemania, concretamente en Munich, acaso representando a una nueva cohorte universitaria que, desde el respeto a los viejos maestros, se proponía la modernización del “alma mater”, entre otras cosas, abriendo, junto a una exigente docencia, un insospechado espacio a la investigación hasta entonces inusual si es que no desconocida. La novedad que supusieron aquellos “seminarios” es tan innegable como la dureza de las condiciones en que la Universidad se movía en el marco de una política autoritaria en la que comenzaban a percibirse brotes de rebeldía estudiantil y, más tarde, una creciente politización.

En aquel ambiente ejerció Olivencia su magisterio indiscutido desde el que pronto iniciaría también su actividad forense hasta convertirse en uno de los abogados mercantilistas mejor reputados del país, ser elegido numerario de la de Real Española de Jurisprudencia y de la de Buenas Letras sevillana, ejercer fugazmente de Subsecretario y, ¡vaya por Dios!, ser designado por González responsable de una Expo 92 en la que –tras una brillante gestión diplomática– pronto evidenció su incompatibilidad radical con un propósito y una gestión “resultadista” por completo despreocupada de la legalidad. Olivencia, el maestro, el jurista, el hombre honrado, no cabía en el ámbito pragmático de aquel gigantesco negocio y, tras recibir incluso una bomba de los terroristas, hubo de dimitir para reintegrarse a su doble vocación fundamental, la docencia y la abogacía. Pocas figuras como la suya y pocos claustros como el que se encontró en Sevilla, ciertamente, pero sobre todo, pocos ejemplos de rectitud ética como el que, sin una voz más alta que otra, supo demostrar que la corrupción no es inevitable y que nada resulta más cumplido para un espíritu recto, que seguir rectamente, sin desviarse, la senda de una vocación.

Borges en Sevilla

Uno de los logros del mitificado año 92 fue corroborar la vieja ley de Say, que tanto encocoraba a lord Keynes, postuladora de que la oferta, cualquier oferta, incluso la cultural, crea su propia demanda. Ofrezca usted, eso, cultura, y verá cómo brota y prolifera alrededor de su oferta una demanda creciente. Se demostró a mediados de los años 80, cuando Santiago (Curri) Roldán y sus amigos montaron en Sevilla el tinglado de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo –“la Menéndez”, para la mayoría—convirtiendo la ciudad por una temporada en cátedra lucida y espectáculo cultural sin precedentes. Una foto de Borges y Gonzalo Torrente en una terraza con Giralda al fondo ha quedado como emblema de aquella aventura que nos permitió ver de cerca, junto a los mencionados, a autores señeros como Italo Calvino o Rafael Alberti y, ya entre brumas más lejanas, incluso a Monica Vitti o Nuria Espert, además de escuchar a las primeras voces de la Ópera española.
Borges, que era gran e ingenioso provocador, como es bien sabido, “epataba” a los reporteros al reducir el balance de la literatura española –que él conocía tan minuciosamente, sobre todo la barroca–, como ya hubiera hecho en Madrid años antes, a dos parejas singulares: la formada por Cervantes y Lorca y la constituida por Cansinos Assens y Fernando Quiñones, éste último el más divertido por semejante astracanada. Pero los seminarios se sucedieron sin tregua –siempre la batuta de Antonio García Baquero— dando entrada junto a los grandes maestros a otros que no lo eran tanto. En el curso sobre literatura fantástica, el padre Javierre interpeló al argentino sobre su presunto agnosticismo a lo que aquel respondió con una frase que hizo época: “Mirá, el mundo es ya suficientemente misterioso, pero si vos querés misterios suplementarios…”. Fue un tiempo excepcional en el que se movilizó un vasto público, sobre todo joven, todavía un poco en la estela psíquica del mayo del 68, pero evidenciador de que la condición esencial de la Cultura es la inversión.

No recuerdo un fenómeno semejante ni siquiera en la coyuntura del 92, donde tanta pólvora se quemó en salvas. Por qué luego se liquidó la UIMP lo ignoro, pero siempre que oigo hablar del “desierto” cultural vuelvo en mi recuerdo a aquel Barrio de Santa Cruz tan brusca como lindamente reconvertido por un tiempo en un Odéon y hasta en una Academia. Recuerdo haber comentado con Torrente aquella experiencia sevillana. Torrente, por toda respuesta, me miró sin verme tras sus gruesos anteojos y me regaló, como era lo suyo, con un trallazo de su retranca: “Nunca alcancé un “caché” mayor…”. Lo creí a rajatabla porque bien sé que la política es generosa cuando le conviene.

A mitad de la escalera

Conservo muchas notas sobre mis vivencias en los almuerzos madrileños que en el “Club 21” o en “Horcher” organizaba Miguel García de Sáez quien, de vuelta de su éxito en la Feria de Nueva York, brillaba por entonces como Director de la emigración española. Entre los comensales, que eran muchos y diversos, figuraban personajes tan atrayentes como Carlos Bousoño, el escultor Serrano o don Guillermo Luca de Tena junto a, por ejemplo, Gabriel (Gabi) Cisneros que por entonces estrenaba en el “Pueblo” de Emilio Romero su prosa magistral, o un agudísimo profesor de Hacienda, Lozano Irueste, aparte de algún torero famoso (don Antonio Ordóñez, por ejemplo) y entre ellos se hablaba –con la libertad que podían permitirse aquellos “intocables”– de lo divino y de lo humano, vale decir del porvenir de De Gaulle, de la tragedia de Kennedy, de los tejemanejes de El Pardo, de los “bandos” franquistas –fue estupenda la época del pulso entre Fraga y Solís provocado por la estafa de Matesa-, siempre con una punta de ironía incrustada en un referente no negociable: la intangibilidad del Dictador y la vidriosa polémica de su famoso humor.

Allí escuché por vez primera la respuesta cumbre que éste dio a un Rodrigo Royo quejoso de su suerte y del mal trato que, a su entender, le daba el Régimen: “Mire usted, Royo, haga como yo: no se meta en política…”. O a Gabi Cisneros en su primera experiencia como visitante de El Pardo cuando, preguntado sobre los peligros que se cernían sobre la Patria, el joven Gabi contestó: “Ante todo, Excelencia, pues…, esto …, mi General…, los comunistas”, para recibir un imprevisible y tal vez intencionado consejo: “¡Y los liberales, Cisneros, no lo olvide, y los liberales…!”. Recuerdo que José María Lozano ironizaba al recordar la pulla que Franco asestó a Foster Dulles: “Pero es que, verá, señor Secretario, lo malo es que la masonería es buena para Inglaterra, pero que en España sigue siendo buena para Inglaterra…”. Hace poco el profesor Olivencia me matizaba la anécdota que contaba con frecuencia García de Sáez, cuando tras el éxito de Nueva York explicaba a Franco la oportunidad que se ofrecía a España de recuperar a Picasso, tal vez organizando una magna exposición de su obra, a lo que Franco habría contestado: “Sí, claro, Sáez, seguro que sería estupendo organizarla, pero me temo que no se lo van a consentir…”. Y Miguel, que se reía de su sombra, probablemente en aquella ocasión no sonreiría siquiera.

Aquellos eran los respiraderos de la época, y éstas, las leyendas, hoy tal vez poco creíbles, que adornaban el paisaje de la Dictadura.

La sangre de un maestro

Alguien me envió desde el diario “Madrid” –por entonces cuna de nuestras vanguardias- el libro que acababa de publicar un joven profesor valenciano, Francisco Tomás y Valiente, por entonces creo que ya catedrático de Historia del Derecho. Desde su título, el “Derecho Penal de la Monarquía Absoluta”, la obra era tentadora y a un tiempo provocaba el desvío inherente a todo ensayo erudito como, sin duda, debía de ser aquel. Lo leí, sin embargo, de una sentada –recuerdo que en una escapada a los altos de El Escorial- anotando como un poseso tantas sugerencias y hallazgos como ofrecía su autor con la simple pero incontestable tesis de que es la apropiación del Derecho Penal el factor sociopolítico sobre el que fragua y cristaliza la monarquía absoluta frente al sistema medieval de la reparación o venganza privada. Enseguida vi que aquel joven era un sabio de muchos saberes que, como luego comprobaría, iban desde los fundamentos jurídicos clásicos a la realidad inquisitorial pasando por ese fenómeno esencial para entender la modernidad española que fue la desamortización, por no hablar de la figura del “valido”.

Con Tomás y Valiente –si se me permite, con Paco Tomás- no había distancias porque él las abolía de un amable trallazo con su expresiva proximidad y su rara sencillez. Nos encontramos repetidamente en cafés y terrazas madrileños y fue, desde luego, ese privilegio el que me permitió recensionar como pude aquel ensayo clave. Luego hablamos mucho sobre el siglo XVII y la dichosa figura del “valido” –él no coincidía del todo, en este punto, con mi ortodoxia maravalliana- y más tarde tuve oportunidad de coeditar su trabajo sobre la desamortización pero, sobre todo, recordaré siempre sus espeluznantes visiones de la tortura mientras esa bárbara práctica funcionó en España.

Una mañana de febrero del 96 me llamó con urgencia Víctor Márquez para anunciarme su asesinato: lo había ultimado ETA -¡con qué motivo, Dios santo!- disparándole en la cabeza mientras hablaba por teléfono en su despacho con el maestro Elías Díaz. Ha habido muchos crímenes sin sentido en esos años de plomo, pero ninguno me conmovió tanto como este atentado por entero gratuito. Su amigo Bartolomé Clavero ha escrito con detalle sobre esta tragedia lunática pero mucho me temo que ni su evidente confraternidad bastó para calibrar este crimen sin sentido. Resulta inconsolable la idea de que a Paco Tomás le arrebataran su segunda madurez, la que hubiera constituido, no tengo sobre ello la menor duda, uno de los grandes hitos del pensamiento histórico-jurídico español contemporáneo.

Un maestro es su herencia

A principios de los sesenta pasé yo mi via crucis de las milicias universitarias en el segoviano paraje de El Robledo, con el inmenso Llano Amarillo enfrente y a la espalda el serrijón sombrío de Matabueyes. Entre mis pocos alivios contaban los frecuentes paseos dominicales en los que acompañábamos al profesor Carlos Ollero, maestro sevillano que veraneaba en su chalé de la carretera de Valsaín. Don Carlos era un hombre serio y jovial, enérgico pero delicado, que se había pasado la vida sorteando las dificultades de conciencia que le planteaba el Régimen con el que, mal que bien, nunca logró romper amarras, desde que muy joven Ridruejo le encargara formar un grupo de Prensa y Propaganda en el que destacaron, como ya he contado aquí, el ministro Gamero del Castillo junto a Diego Romero, Eduardo Llosent, Mercedes Fórmica, Romero Murube y Fernández Ortiz entre otros.
En uno de aquellos paseos entre pinares don Carlos -que por costumbre te agarraba por el codo mientras con la otra mano gesticulaba expresivamente- me hizo una confidencia que no he olvidado: “Mira, hijo, mi biografía serán mis colaboradores”,  frase que reencuentro en el obituario que le dedicó el profesor López Pina. Ollero, que sacó su cátedra a principios de los cuarenta, alternaba con Fraga, año y vez, Derecho Político con Constitucional en la facultad de Políticas, y fue siempre un excelso conocedor de los vericuetos de la “cooptación”, arte fino que le permitió, primero facilitar la cátedra de Murcia a Tierno y luego, caso infrecuente, a la casi totalidad de esos “colaboradores”, Raúl Morodo, su inseparable, Pedro de Vega, Antonio López Pina, Carlos de Cabo, Julián Santamaría o Miguel Martínez Cuadrado.
Nunca quiso ser ministro de ese Régimen que cuestionaba sin duda -aunque rehusó firmar a favor de los catedráticos expulsados en el conflicto de 1965-, pero no cabe duda de que su famoso Documento Ollero, biblia de un nuevo monarquismo social, constituyó una aportación clave en la transición española. Recuerdo haberlo acompañado muchas veces a su piso de la calle Ibiza (creo recordar) y luego al que la ayuda de Gamero, entonces consejero del Santander, le consiguió en Rodríguez de San Pedro. Con enojada tristeza me refería muchos sucesos irrepetibles de los años de guerra en Sevilla y anunciaba, con la vehemencia del ágrafo, su estudio comparativo entre Balzac y Galdós. Su herencia fue su biografía, efectivamente. Aún lo veo caminar por La Granja siempre confidente y generoso.

Inspector de alcantarillas

Se ha insistido no poco en la calidad de los escritores fascistas anteriores y posteriores a la guerra. Ahí están los estudios de Tuñón y Mainer, de Vicente Marrero o Gaspar Gómez de la Serna como testimonio. No puedo olvidar el arte de Eugenio Montes, de Sánchez Mazas, de José María Pemán, de Juan Aparicio o Samuel Ros y, en especial, el de un singularísimo Ernesto Giménez Caballero, a quien los jóvenes iconoclastas de mediados de los sesenta conocimos de cerca en la tertulia que Manolo Arroyo Turner tenía en su librería-editorial de la calle Génova, creo que los martes.
Don Ernesto, que es como respetuosamente lo llamábamos todos, era un madrileño castizo, espigado como una alabarda a pesar de los años, hombre extrovertido y vehemente que conservó con celo, incluso ya en plena decadencia del sistema, el raigón inextinguible de su fascismo profundo. Era don Ernesto hombre de anécdotas -y las había vivido de todos los colores en su larga trayectoria vital y política- que disfrutaba contándonos, en cierto tono desafiante, sus mejores y peores lances. Franquista hasta la médula a pesar de que Franco jamás se fio de él hasta el punto de vetarle el acceso a la División Azul y compensarlo luego con la mísera embajada de Asunción en Paraguay (país al que él llamaba “los cojones de América”) ante el trágico fantoche de Stroessner, pero quien le enviaba cada fin de año la carroza oficial para acercarlo a El Pardo a brindar con champán con el caudillo. ¡Hay amores que matan!
Junto a él pasamos mañanas inolvidables José Antonio Gabriel y Galán, el propio Manolo Turner, Pepe Esteban, Alonso de los Ríos, entre otros, y con alguna frecuencia también un don José Luis Sampedro absorto ante el rifirrafe. Amistoso o sulfúreo, según los debates, entre los que a mí me salvó durante años el elogio que publiqué de su “Yo, inspector de alcantarillas” (rescatado, por cierto, de un morral divisionario), aunque jamás me absolvió por haber publicado la evidencia de que su alevosa edición barojiana “Comunistas, judíos y demás ralea” no era más que un tejemaneje suyo. (Me contestó aquí, en ABC, en una Tercera titulada “Baroja y su ralea”). Nada rencoroso sigo en mis trece de que Giménez Caballero fue un brillante surrealista y uno de los pocos hombres ideológicamente inflexibles de su generación. He ahí una buena razón por mi parte para incluirlo entre los próceres de aquel tiempo, a pesar del abismo ideológico que siempre nos separó.