Esperando a Batet

Los sediciosos catalanes han logrado romper en dos a Cataluña pero también demediado a España. Oigo a mi alrededor, en efecto, el runrún de quienes, enfadados con la estrategia lenta de Rajoy, prometen no volver a votar al Gobierno y a su partido, y pienso que con ello vuelve a repetirse el sino del general Batet, aquel conservador y católico laureado que –antes de ser fusilado por Franco, reo de permanecer fiel a la legalidad republicana—resolvió, lo más discreta y económicamente que pudo, la rebelión separatista logrando con unos cuantos cañonazos (no explosivos, por cierto) la rendición incondicional de los rebeldes, aparte de la rocambolesca huida de alguno de ellos por las atarjeas. A Batet lo elogió brevemente la burguesía catalana –que se vio libre del terror de aquel temible verano del 34 y, especialmente, de la FAI asociada a Companys— para luego reprocharle su dureza anticatalana (¡), mientras la derecha española lo increpaba por blando. Igual que a Rajoy, hay que admitirlo, nos caiga mejor o peor: unos le levantan el dedo avisador, marcándole límites difíciles si no imposibles en la práctica, y otros lo acusan de indeciso y, por qué no decirlo, de “calzonazos”. No es por nada, pero me gustaría ver a unos y a otros en su lugar.

No sé qué pasará a partir de mañana, como no lo sabe nadie. Pero es obvio que el problema catalán es ya, ante todo, un cisma entre catalanes, una fractura de una sociedad que necesita urgentemente ser suturada por el apaciguamiento de los propios bandos en liza, y aparte de ello, ciertamente, también un problema de la democracia española, que deberá, de momento, palpar con tacto la restauración de la autonomía, y luego buscar –si fuera posible, que no las tengo todas conmigo, francamente— un acuerdo reconciliatorio.

¿No hubiera cantado otro gallo si desde un principio Ciudadanos olvida su estrategia electoralista y el PSOE apoya al Gobierno de España sin condiciones? Yo creo que sí, aunque resulte inútil jugar con preteribles. Porque no a Rajoy sino a nuestro sistema de libertades le queda por delante la dura tarea de restaurar el derribo (político, social y económico) provocado por la sedición y, por supuesto, contemplar cómo la Justicia aplica la ley a tanto presunto rebelde. Porque eso también es imprescindible si se pretende conservar intacta la legitimidad del Estado de Derecho, por más que la imagen de la severidad atemorice a los pusilánimes. Y será una dura tarea, pero sólo tras ella tendrá sentido, en mi opinión, juzgar a Rajoy. ¡Pobre Batet! El separatismo no tiene ni memoria ni enmienda. La derecha española tampoco.

La más alta censura

Son innumerables las anécdotas de la Censura ejercida por la pasada dictadura. Como filtraciones las hubo siempre, hasta en aquella dictadura ocurría que el papel tachado por el censor llegaba a manos de los afligidos autores. Pero hubo también casos memorables como el que paso a relatarles. Cuando en 1971 se cumplió el primer medio siglo del llamado “desastre de Annual”, me encargó la revista “Triunfo” uno de mis reportajes históricos sobre el terrible suceso –quizá más de 10.000 soldados españoles caídos, la inmensa mayoría campesinos pobres pillados a lazo– pero mi esfuerzo resultó vano tras ser prohibido por la autoridad. Dos años después, en el 73, décimo aniversario de la muerte de Abd-el-Krim, el director Ezcurra me pidió que repitiera mi intento, centrado esta vez en la figura memorable del genial estratega rifeño al que acabarían admirando, entre otros, como Ho-Chi-Minh o el Ché Guevara.

Haro Tecglen, que había servido en el Alto Comisariado y dirigido la radio oficial española (en la que él nos contaba que tuvo a sus órdenes a un hermano de nuestro personaje), y más tarde “La España de Tánger”– me advirtió enseguida que ése era un tema tabú dada la rencorosa obstinación de Franco contra aquel otro caudillo que en Annual había hecho morder el polvo a nuestras tropas, siendo él ya comandante de la I Bandera de la Legión bajo el mando del insensato general Silvestre. Y pronto lo comprobamos, pues a la tímida consulta de Ezcurra al ministro Sánchez Bella, éste respondió con la consiguiente amenaza de cierre del semanario, y ni siquiera la mediación de Villar Palasí –ministro de Educación y cuñado de Ezcurra– logró ablandar su censura. Abd-el-Krim era innombrable, por lo visto, y seguiría siéndolo mientras alentará el caudillo africanista que nos gobernaba.

Acaso no nos percatábamos de que de aquel “desastre” no nos separaba más que medio siglo mal contado y ése es, por lo visto, poco tiempo para que cicatrice una herida tan atroz. Habíamos leído”Imán”, la novela juvenil de Sender, en la que reconstruía el episodio recordando no sólo la crueldad inconcebible de los cabileños sino también el uso ominoso de gases vesicantes y neurotóxicos empleados por los colonizadores. Abd-el-Krim, el antaño “moro amigo”, el traductor que escribía en árabe en “El telegrama del Rif”, el que fundó aquella República del Rif casi tan efímera como la Puigdemont, y del que se dice que incluso intentó tardíamente pactar con Franco, no estaba tan lejos como creíamos los jóvenes, sino que seguía siendo, quién lo habría imaginado, una de las grandes obsesiones de nuestro Dictador.

Final de partida

Hoy domingo, la inmensa mayoría estaremos en las calles de Barcelona apoyando la convocatoria de la Cataluña cuerda. Es lástima que no nos hayan convocado antes, como lo es que el Gobierno legítimo se haya excedido en su prudencia. Vale más hacer y arrepentirse –decía Maquiavelo, con perdón—que no hacer y arrepentirse. Y añadía sagazmente que la prudencia no estriba en evitar el peligro sino en calcular el riesgo y actuar “de manera decisiva”. Como hicieron, por cierto, los políticos de la República. Vean cómo alguno dijo en 1932 (léanse las memorias de Azaña o las de Lerroux) no estar dispuesto “a que se me comiesen la República” o cómo mostraron su determinación a “proceder con toda rapidez y con la mayor violencia (sic) reprimir la rebelión”. Escuchen también a Lerroux hablar de “la horda de Macià”, a quien calificaba de “mentecato”. Es inevitable recordarlos estos días aciagos en que González exige la aplicación del famoso 155 y Guerra sugiere incluso la intervención del Ejército. Con razón.

Muchos hemos respetado el ritmo lento de Rajoy pero la triste realidad no admite más cataplasmas. Vuelvo a Azaña, quien le dijo en una ocasión al general Batet que actuara de inmediato y que “entre la llegada de las tropas y la conclusión de los sucesos no debían pasar más de quince minutos…”. Ha tenido que ser el dinero, tan asustadizo, el que amague con fugarse para comenzar a recomponer el jarrón roto, y ahora le toca el turno a la “sociedad civil” –ésa de la que muchos hablan sin saber de qué–, o mejor dicho, a la otra mitad, hasta ahora incomprensiblemente silenciosa. Puede que alguien pregunte si es buen sitio la calle para dirimir tan graves diferencias, y seguro que habrá quien conteste que no; si lo hay, que señale un lugar mejor.

¿Y mañana? Mañana (o pasado) –¡cualquiera sabe lo que puede pasar hoy!–, ya veremos si esos locos proclaman su DUI o se lo piensan mejor. En este caso, habrá que rehacer la madeja devanada; en el primero, el Estado no tendrá otra salida que proceder contra los sediciosos y llevarlos ante la Justicia. ¡Otra vez la foto de Companys entre rejas! Tremendo, pero si no se actúa así, si el Gobierno continúa prefiriendo “no hacer y arrepentirse” luego, del Estado de Derecho, esa joya civilizatoria, quedará sólo su caricatura.

Hoy domingo, en todo caso, sabed no estáis solos, qué va, porque ya os digo que la inmensa mayoría de los españoles estamos con vosotros –los Albert, los Arcadi, los Álvarez de Toledo, los Gomá, los Arenas, los Carreras…–, más cerca o más lejos, pero íntimamente unidos. Gran paradoja: ¡han querido romper España y resulta que la han recompuesto! No recuerdo, desde luego, un disparate semejante ni un momento de mayor cohesión española que éste que vivimos.

Mis amigos catalanes

Mal día el de hoy para recuerdos y nostalgias. Día aciago y, por otra parte, inimaginable para los cuerdos. ¡Cataluña en ruptura, Cataluña rota en dos, Cataluña “independiente” de España, ese mito decimonónico y burgués reciclado por los majaretas antisistema! No sería concebible mi generación sin nuestras conexiones catalanas. Con los grandes maestros, para empezar, con quienes nos asomamos a una Historia todavía científica, los Vicens Vives, los Reglá, los Jover, los Fontana, y luego el relevo, los Balcells, los Garrabou… Íbamos al “Boccaccio” de Oriol Regás, a las animadas tertulias de “Els Quatre Gats” –tantas fías y porfías con los colegas de “El Viejo Topo” de Miguel Riera–, a los estrenos del Teatre Lliure y, sobre todo, a los que Albert Boadella montaba con Els Joglars, esa implacable máquina de picar carne política que nunca escatimó el vitriolo del humor, una Barcelona culta que mantenía un ojo en París y el otro –por más que algunos lo nieguen ahora— en Madrid, una ciudad abierta y divertida, tan sugerente y nocturnal, acaso sicalíptica, pero siempre acogedora.

¡Los amigos catalanes! Recuerdo a mi añorado Luis Carandell merodeando por el Barrio Gótico, guía inestimable en la selva de lo que él llamaba “la Barcelona secreta”, el submundo dorado de la vieja burguesía, con sus sagas, sus pendencias y, sobre todo, sus complejos. Aunque mi guía entrañable, desde que desembarcó en “Triunfo”, fue siempre Manolo Vázquez Montalbán, el amigo más generoso que nos descubría el Barrio Chino, el Raval de su infancia, la ruta de Carvalho, su constante “alter ego”, el ambiente cálido de la Boquería y el Bar Pinotxo, sus cocinas exclusivas y las cenas en Can Massana con el inevitable pichón relleno de piñones. ¡Menos mal que no estás aquí, Manolo, para asistir consternado al esperpento urdido por estos mequetrefes! Tendrán que estar, qué le vamos a hacer, Arcadi Espada –el más lúcido exégeta de Pla, el ojo crítico de visión más aguda, el brillante Savonarola de esos descerebrados “indepens”—, o Gregorio Morán, el insobornable debelador de tirios y troyanos, ahora recién echado de La Vanguardia (parece que a petición de sus colegas de redacción: todos “indepens”, claro), mientras contemplará el despropósito desde la alta Europa, seguro que con desolación, Javier Nart, otro guía inapreciable. Manolo decía que el nacionalismo tiene el riesgo, y a la vista está, de “derivar en fascista” y que a él –tan fiel al país en el que primero estuvo preso y luego triunfó–, hijo y nieto de gallegos y murcianos, le sobraban razones, metafísicas aparte, para integrarse en esa comunidad española de cuya “crónica sentimental” hizo él mismo un clásico. ¡Los amigos catalanes! Mal día hoy para recuerdos y nostalgias, Barcelona del odio frente a la vieja ciudad amistosa. Pero no busquemos culpas sólo entre estos bárbaros. La semilla del odio, como la de la mostaza, crece lenta e inadvertidamente. Y aquí han estado mulléndole el terreno y regándola con el agua suicida de las componendas –durante decenios— los unos y los otros. Los otros lo mismo que estos “hunos”, todo hay que decirlo.

Cortázar en la memoria

Lo primero que llamaba la atención en aquel ídolo generacional era su estatura. Alto, delgado, elegante sin afectación. Más bien silencioso y, sin embargo, locuaz cuando se abría en confidencias igual en público que en privado. Lo conocimos entusiasmado en casa de Félix Grande, uno de sus amigos más constantes, con quien mantuvo la intensa e ilustrativa correspondencia que éste públicó luego en Cádiz, y estuvimos con él en compañía de Jaime Salinas primero y de José María Guelbenzu después, invitado él en ambas ocasiones por la editorial Alfaguara. Cercano y preciso siempre, traslucía su fervor por los viejos griego lo mismo que por Cervantes –a quien conocía minuciosamente– o por Poe, cuya obra misteriosa tradujo, a instancias de don Francisco Ayala, cuando todavía éste andaba por Puerto Rico y él circulaba soñador por un París que fue, sin duda, su hogar literario.

No fue fácil su vida a pesar de su éxito clamoroso, como no lo fue su itinerario sentimental –tres mujeres marcaron su obra tanto, probablemente, como su vida– pero él supo atravesarla con invariable pasión, como un cronopio inspirado que eligió el camino de lo fantástico frente al de la lógica y, por descontado, frente al de la ideología, maestro de una narrativa deslumbrante igual en la distancia corta que ante el desafío de una novela con cuya estructura hasta se permitía jugar ofreciendo al lector una imaginaria libertad ilimitada. Si “Todos los fuegos el fuego” o “62 modelo para armar”, si los cuentos fascinantes de “Final del juego” o “Las armas secreta” nos habían sumergido de golpe en una perspectiva literaria insospechada, el concierto de “Rayuela” , entre Wagner y Mozart, un pie en Joyce y otro en Borges, supondría para mi generación un hito decisivo, que tantas veces nos trajo y llevó desde la Rue Cherche Midi al Pont des Arts, o nos fascinó con el saxo de Lester Young o la trompeta de Louis Amstrong –“uno de mis dioses”, diría el escritor alguna vez- bulléndonos en la memoria, vagabundos y noctámbulos por Saint André des Arts, los vericuetos de Saint-Michel o –con mi llorado José Antonio Gabriel y Galán, jóvenes como éramos– ebrios de “vin rouge” y “pastis”, tras las huellas de la Maga, de Ossip, de Gregorovius, tiernos con Rocamadour, el hijo que él nunca tuvo…

Y su leyenda incómoda, su presunto y lejano elogio de la dictadura española, la tesis del sida final –cuando todo indica que él y ella, Carol Dunlop, murieron de leucemia y de aplasia-, el inútil cerco de los anticomunistas profesionales, las pullas al exiliado que siempre negó ser o al afrancesado que tampoco… Lo veo en Les deux Magots o en la Coupole, en la taberna de la Guindalera, recorriendo el Prado, escucho su erre gutural, recuerdo el capítulo 7 de “Rayuela”en la voz de José Luis Gómez, el ritmo pausado de su discurso. Fue un genio y decía que “no hay que buscarle sentido a lo fantástico: está ahí y eso es todo”. Miro su tumba en Montparnasse y lo comprendo.

Vivir en relativo

Pocos escritores de la “generación de la Guerra Civil” –así se calificaba él frente a quienes lo encuadraban en la generación del 27—como Antonio Espina, uno de esos españoles cuya vida truncó el conflicto fratricida y hubo de vivir no sólo la cárcel sino un exilio en el que nunca pudo acomodarse inquieto por su nostalgia. Espina vivió como pudo de la literatura, escribió espléndidas biografías (desde la de Luis Candelas a la de de Chopin pasando por las de Shakespeare o Voltaire), ensayos y numerosos artículos aparecidos en la prensa hispanoamericana y española, en especial en la Revista de Occidente –su primer refugio al salir de la cárcel—y este propio diario. Sobre cualquier caracterización que se pretenda hacer de Espina, creo yo que planea la del fino humorista al que la crítica consideró heredero de Quevedo, Larra o Goya y del que dijo Juan Ramón Jiménez que poseía “ese humor misterioso, desenfadado, agudo que corre por la venas de la gran hoja de nervios rojos de España”. Una fría mañana de los primeros 70 le acompañamos hasta su última morada en el Cementerio Civil de Madrid, conmovidos ante aquella vida ejemplar, españolísima, que hasta hubo de soportar la humillación de presentarse ante el ominoso Tribunal de Orden Público de la Dictadura denunciado por un embajador español mecido entre el celo y la ruindad.

En “Triunfo” firmé yo mismo – a petición de Víctor Márquez Reviriego– un recuerdo de su extensa obra narrativa y ensayística en el que lo reflejaba como escritor “de muy variados registros y artífice de un estilismo natural e instintivo realmente poco común” considerándolo escritor de grandes vuelos, autor de “una vasta, culta, inigualable de pergeño que apenas le dio para comer”. España trata así, con gran frecuencia, a sus hijos preclaros, a los que luego deja alejarse arrastrado por el olvido (ha tenido que estallar Internet para que sus libros reaparezcan en el mercado), pero Juan Ramón –que no era pluma fácil al halago—lo dejó consagrado como dueño de “un costumbrismo de cinco pies, tomadura de pelo del chocolate del loro; ese salirse del comedor burgués por la chimenea, la gatera, el ojo de llave, la cafetera rusa, por donde sea imposible…”. Amorós me recuerda que Ayala lo retrataba en la anécdota de un españolismo de exiliado que le hacía maldecir al país que lo acogió cuando se cortaba al afeitarse. “Escribir en España es llorar” cuentan que dijo Larra. Una tarde del 73 coincidíamos en ello jóvenes y mayores en el homenaje que tributó a Espina, en su sede de la madrileña calle de Miguel Ángel, la Asociación Española de Mujeres Universitarias: fue unánime esa queja entre ponentes tan diversos como Soledad Ortega, Valentín Andrés Álvarez, Mauricio D’Ors, Gonzalo Torrente o al joven Andrés Amorós que representaba a Ayala. Espina habían escrito: “El arte viste de luto/ por el contraste aflictivo/ de vivir en pensar en absoluto/ y vivir en relativo”. No se me ocurre mejor epitafio para él mismo.