Regular la huelga

Mi libertad acaba donde empieza la tuya, dijo Rousseau, aunque casi nadie se acuerde ya. Las huelgas de este verano –el “secuestro” de pasajeros en el aeropuerto, las basuras amontonadas en el pueblo turístico, el conflicto de los taxis en feria—recuerdan hasta qué punto es urgente regular el derecho de huelga haciéndolo compatible con la normalidad de la vida ciudadana. En cuanto a la pelea de los taxis que hoy padece Málaga como ayer Sevilla, y con independencia de sus complejas circunstancias, está claro que una intervención reguladora por parte del Poder no puede esperar más. No se puede convertir al ciudadano en rehén de los huelguistas por razonables que sean sus demandas. Y es el Estado quien debe garantizar ese derecho que estamos viendo vulnerado cada dos por tres.

La sociología en el exilio

Es curioso que las nuevas generaciones de sociólogos hayan construido su disciplina sobre la tabla rasa del olvido. No me refiero sólo a la ignorancia de la obra pionera del catedrático sevillano Sales y Ferré o al ninguneo a que se ha sometido la de don Adolfo Posada –sería curioso averiguar cuántos profesionales del ramo han leído a estos autores–, sino al hecho de que la sociología que va apareciendo a mediados de la Dictadura (con la aportación de Salustiano del Campo, Enrique Martín, Carlos Moya, José Cazorla, José María Maravall, Amando de Miguel y demás) estudia en EEUU o en Alemania y también en Francia o Inglaterra con los grandes maestros contemporáneos, por completo al margen de la obra fraguada en el exilio por estudiosos como Francisco Ayala, Recasens Siches o Eugenio Imaz, aquella generación perdida compuesta por los que el maestro Gómez Arboleya calificó de “sociólogos sin sociedad”.

Cuando Medina Echevarría nos visitó en el departamento de CC.PP. y Sociología de la Complutense, pudimos constatar con no poco desconcierto que ni uno de nosotros conocía las importantes obras de quien había contribuido decisivamente al prestigio del Colegio de México o había impreso su huella inconfundible a la espléndida Revista Mexicana de Sociología, una de las fuentes más ricas de que pudimos disponer luego las cohortes sucesoras. Medina había abierto el español a pensadores como Mannheim, Max Weber o Simmel pero, ciertamente, sólo para la perspectiva mexicana, pues aquí esta adquisición fue más bien tardía, pero su obra fue también un ejercicio amplísimo de análisis y de esfuerzo teórico, derivados, sin duda, de su experiencia en Marburgo pero continuada luego durante años.

Es curioso repasar el expediente de depuración que se le formó al exilarse, en el que se le consideraba pensador de “ideas extremistas disimuladas”, eso sí, durante su docencia como catedrático en la Universidad de Murcia, y se le calificaba como “protegido del Frente Popular”. Aquel trueno no era tal, como pudimos comprobar en su amable y discreto trato, sino el sabio incansable sin cuyo concurso la nueva cultura española –la de los años 60 y 70—no habría dispuesto del acervo teórico fundamental que editó el Fondo de Cultura Económica (FCE). Sólo por eso ya resultaría impropio considerarlo, como se ha venido haciendo, un sociólogo mexicano y no un miembro fantasma de la protosociología española. El exilio produjo estos espejismos y la mentalidad del periodo dictatorial hizo el resto. Recuerdo aquella tarde de su visita y la contenida tristeza que no pudo ocultar al comprobar como nuestra ignorancia de su obra prolongaba nuestra clásica y lamentable desmemoria.

El último tango

Durante la década de los años 70, muchos universitarios españoles y franceses, tuvimos abierta la cita en la, universidad de Pau, por el profesor y exiliado Manuel Tuñón de Lara, el Congreso de Historia Contemporánea de España, ocasión singular para la mayoría de asomarse a la nueva versión del pasado nacional que iba perfilándose ya y acabaría por cuajar, en especial en torno a la crónica del movimiento obrero en España. Recuerdo que fui a algunas de sus primeras convocatorias (¿73, 74?) acudiendo en coche desde Madrid en compañía de Gabriel Tortella, por entonces ya flamante profesor en los EEUU, Jean-Paul Botrel, a quien aguardaba una brillante carrera académica, y donde nos encontrábamos con entonces jóvenes profesores como Javier Tusell o Juan Ferreras, que ejercía en La Sorbona, o el generoso y joven maestro Elías Díaz. Nadie ignoraba que el evento era auspiciado por el PCE y en su ámbito podría encontrarse desde algún espía camuflado hasta la mesa donde un grupo etarra se empeñaba en captar voluntades pero, como ha ilustrado el propio Tortella en un precioso recordatorio, Tuñón mismo cuidaba de mantener separadas las ansias políticas del escenario investigador.

Eran los años en que muchos españolitos viajaban (con sus mujeres a cuesta) hasta Pau, Perpignan y otras localidades próximas a la frontera para asistir a la proyección del cine prohibido y muy señaladamente a la de “El último tango en París” que luego era discutida con celo en sus detalles en las reuniones posteriores celebradas en la terraza de “La Coupole”. Pero hay que reconocer –y ahí están las ediciones de sus sesiones editadas tras cada Congreso— el esfuerzo intelectual sin precedentes que supuso encarrilar una pormenorizada crónica del XIX español y, en particular, de la formación e historia del movimiento obrero a la que no fueron ajenos, entre otros, los trabajos complementarios de Antonio Elorza, Álvarez Junco, Carmen Iglesias o del desdichado A. M. Calero Amor.

Salir al exterior, respirar aires de libertad en la universidad francesa fue un privilegio de no pocos de nosotros, entre los cuales algunos alcanzamos a frecuentar en su propia casa la afectuosa amistad de Tuñón, lo que no nos impide hoy (a algunos) comprender la estrechez ideológica en que, a pesar de la mejor voluntad, todavía habíamos de movernos. Por la noche, en nuestros paseos a la orilla de la Gave du Pau, continuábamos nuestros maratones dialécticos espoleados por la virtud del “pastis” o del Calvados. Mirando atrás sin ira ni complacencia, no pocos echamos de menos aquellas oxigenantes excursiones en las que, por unos días, nos era dado desprendernos del asfixiante corsé generacional.

Cañas y barro

Conocí a Joan Fuster, el patriarca del nacionalismo culto de los años 60, mucho después de haber estudiado, como la mayoría de los universitarios atentos de la época, un libro espléndido en su mesura tanto como en su saber, titulado “Nosaltres, els valencians”, su  obra más conocida. Fuimos a verlo a su casa de Sueca el entonces director de publicaciones del ministerio de Agriculura, y luego brillante antropólogo, Cristóbal Gómez Benito y yo mismo, guiados por un atento alto cargo de la casi flamante  Generalitat valenciana que ostentaba el curioso cargo de director general de Acción Cívica –nuestro amigo Benito Sanz- con objeto de implicar al maestro en nuestros planes editoriales y, en especial, en nuestra colección de Clásicos Agrarios.
Sanz nos ofreció un espléndido viaje desde Valencia a Sueca, camino amenísimo que discurría entre cañaverales, campos de arroz y fincas de naranjos –el famoso “toronjal” que, con ese título, había canonizado Lluís Font de Mora–, la hermosa región de la Albufera y, en concreto, el campo abierto de la Ribera Baixa de la que Sueca es epicentro o capital, con su estupendo caserío en una de cuyas clásicas mansiones residió siempre Fuster, rodeado de libros –muchos miles–, una considerable pinacoteca y curiosas y variadas colecciones. Fuster nos recibió en zapatillas, con aire amable y cansado, ¡tan azoriniano!, parco en palabras pero mostrando una seriedad entrañable. Lo asistía –no sé cómo decirlo– una joven pareja de discípulos que lo trataba con confiada veneración, desviviéndose por aquel fino espectro que deambulaba por la casa mirándonos distraído pero con ojos penetrantes por encima de una gafas acaballadas sobre su nariz aguileña.

“¿Ausias March, te interesa Ausias March?”. Nos habló del viejo poeta, de Llull, me recomendó que revisara mi estudio del bandolerismo enlazándolo con el tema de los gitanos (sobre el que él mismo había publicado un ensayo) y nos recomendó para nuestra colección un libro lejano del sabio “ilustrado” Jaubert de Passá sobre los canales hispanos que, en efecto, acabaría publicándose después. Lo que no cumplió  fue su vago compromiso de editar con nosotros un clásico y un comentario sobre los reformistas “ilustrados”, desde Jovellanos a Campmany pasando por Foronda.

La casa –hoy museo– acababa de sufrir una inundación que había  desgraciado los centenares de tomos atestados en el suelo a modo de zócalo. Y Fuster nos contaba el incidente resignado mientras nos despedía afable en la puerta hasta la que llegaba lejano el olor volandero del azahar. Luego volvimos a Valencia, no poco conmovidos por la imagen y el trato del sabio, otra vez entre cañaverales y tierras anegadas, verdes perspectivas y espejos de agua, el paisaje mismo que hace tanto tiempo nos mostró Blasco Ibáñez al contarnos la tragedia indiana en su “Cañas y barro”.

El traje del decano

Es posible que un universitario actual no se haga idea cabal de lo que era un Decano de los viejos tiempos por no hablar siquiera de lo que representaba un Rector. En medio de la continuas tensiones de la convivencia universitaria provocadas por la oposición al régimen dictatorial, hubo, ciertamente, cargos que se plegaron a los dictados políticos pero también personajes que supieron mantener la hoy, en muchos casos, casi desaparecida dignidad académica. El ambiente de continuo ajetreo y hasta de violencia vividos en nuestras Facultades, era compatible, por ejemplo, con Decanos como Pérez Botija, que era un dandy de estricta observancia, del que se rumoreaba en la Facultad de C.C.P.P. y E.E tanto como en el Instituto de Estudios Políticos que reservaba permanentemente un vestuario completo en la institución en previsión de un eventual desdoro del que usaba de ordinario.

Pocos casos como el del maestro de procesalistas don Leonardo Prieto- Castro, a quien la turba estudiantil llamaba expresivamente en las “fiesta del rollo” y en latín macarrónico, cuando lo era, nada menos que “pluscuanperfecto Decano”, figura imperturbable y, ciertamente, respetada, a la que tocó lidiar con la marea que condujo al 68 –incluido el grave incidente provocado por los carlistas progres en el recibimiento en la Facultad de Derecho complutense del entonces Príncipe de España— y finalmente dimitido irrevocablemente en la primavera de aquel año tempestuoso cuando, encabezando a los estudiantes a la puerta del centro, fue alcanzado por la manguera policial, dando origen, además, a una desmesurada demanda judicial contra el Estado que pretendía la reparación costosísima de los daños causados por la represión a su impecable indumentaria, indemnización que, por supuesto, jamás llegaría a conseguir.

Quizá falta aún el balance de aquella situación conflictiva –la normalidad hubiera sido impensable en una Universidad aún viva–, en la que se produjeron acciones lamentables, sin duda, por parte del bando estudiantil, sólo explicables por la brusca terquedad de un poder que intentaba en vano –ya desde los disturbios del año 56 y el fallido rectorado de Laín Entralgo— establecer en la Universidad un clima mansueto. Hoy no alcanzaríamos a imaginar siquiera situaciones como el intento de defenestrar a un decano barcelonés o la escena indignante de la pintada integral y pública de un profesor, pero tampoco, me temo, posturas altivas como la del gran procesalista pasándole al Estado, en reparación del ultraje recibido, una factura del sastre que superaba con mucho el salario anual de un docente, como me ha comentado más de una vez el yerno de don Leonardo, y también ya maestro, Ramón Tamames.

Todavía hay diferencias

No vamos a ser nosotros solos. En la Italia del Norte –huy, perdón, en la Padania– han condenado al hasta ahora todopoderoso Umberto Bossi a dos años y tres meses de cárcel por levantar, “para los gastitos de su casa” (como diría Beni de Cádiz), cosa de 200.000 euros bien despachados de los fondos de formación. Aquí las cosas son más suaves, como ustedes saben de sobra, y del presunto saqueo de esos fondos no parece que, según la judicatura, sea responsable nadie. Eso es lo más desmoralizador: que aquí, dinero público que se “distrae”, dinero público que desaparece para siempre jamás, sin que nadie, además, pague esa distracción en la trena. Todavía hay diferencias, pues. Y mucho me temo que seguirá habiéndolas.