El Consejo Escolar de un colegio público cordobés se opone con vehemencia a la proyectada visita al centro del obispo de la diócesis argumentando que con ella “se alteraría el funcionamiento normal de la escuela”. O sea, que en la escuela se puede parar máquinas para instruir a la santa infancia sobre la masturbación o para reavivar la mala memoria histórica, pero no puede permitirse que la pise una autoridad religiosa. Véase hasta qué disparatado punto alcanza ya el arcaico rescoldo anticlerical que, una vez más, funciona como biombo disimulador de nuestros auténticos males. Y compruébese, de paso, el peligroso grado de mediatización política de una enseñanza pública lamentablemente abrumada por el fracaso. Hay muchos errores en la conciencia “progresista”, pero acaso ninguno tan casposo como ese decimonónico prurito secularizador cuyo coste histórico es, ciertamente, prohibitivo.

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