Me defiendo encantado de la insinuación de un lector que percibe en mis críticas a la ley del Menor y a las situaciones derivadas de la delincuencia juvenil, un cierto rejo autoritario. Nada de eso. Estoy de parte como el que más de una política de cualquier medida que pueda impedir, actuando desde la base, que se produzcan esos cuadros inasumibles, lo que en absoluto impide que vea en la respuesta actual del Sistema un verdadero atentado contra la seguridad colectiva. Ha caído en mis manos un informe elaborado en Florida que ha dado pie a una intensa polémica al descubrirse que, en este momento, existe en EEUU más de un centenar de menores recluidos a perpetuidad por delitos como asaltos a mano armada, estupros y demás, es decir, excluidos los de homicidio en general, por los que penan en las mismas condiciones –aparte los condenados a muerte—alrededor de 2.500. Lo he leído en ‘Los Angeles Times’, que ofrece dos ejemplos espeluznantes, uno, el de un tal Sullivan que cumple la perpetua por rapto y violación cometidos a los 13 años, y otro, el de un tal Graham declarado ‘incorregible’ por el juez del caso y, en consecuencia, recluido a perpetuidad. Miren, yo nunca he defendido semejante política penal y penitenciaria, ni creo que lo haya hecho nadie en sus cabales, al menos en nuestro ámbito cultural. Pero no tengo grandes dudas en que debe de haber un término medio entre el cachondeo que estamos presenciando aquí y barbaridades realmente inhumanas como las que acabo de citar extraídas del informe Annino, en estos momentos en manos de la Corte Suprema que estudia la posibilidad de que una situación como la descrita vulnere la Constitución. Lo que yo digo es que no es posible seguir evaluando a precio de saldo asesinatos, parricidios con o sin violaciones y, para colmo, incuestionables obstrucciones a la Justicia beneficiadas por el excesivo garantismo. Mi crítico puede estar tranquilo.

 

No se puede recluir de por vida a un niño de trece años por grave que sea su delito, pero tampoco es lógico saldar con penas irrisorias de privación de libertad delitos incluso más terribles que aquellos por los que en “la mayor democracia del mundo” se castiga de manera tan atroz. Más allá y más acá de causas y concausas, al margen de debates sobre las influencias recibidas de la sociedad, la conducta del menor ha de ser controlada en términos que hoy ni se conciben desde los graves “casos” pendientes. También ahí sería preciso un gran pacto social y político capaz de evitar la bárbara inhumanidad de remedios como los americanos al tiempo que la ridícula lenidad que se gasta entre nosotros.

7 Comentarios

  1. Ahí vuelve el tema delicado, casi maldito, de los menores delincuentes, cuya gravedad es inñutil tratar de esconder. Lo de los EEUU es una atrocidad –fíjense en que la columna no habla del cortredor de la muerte donde hay tantos menores aguardando– pero forzoso es pensar en que debe de haber soluciones uintermedias y razonables. Tolerar lo que estamos viviendo en España es insoportable ya. Y para ello no basta la buena voluntad de un juez empeñado en curar cánceres coin tiritas, sino que se necesita una ley realista y enérgica. Dicen que no hay Justicia sin Compasión. Cierto. Pero para todos, también para las víctimas pasadas y futuras.

  2. No ha interesado el asunto, don jefe, o puede que sea este recalmón impropio que nos aploma la casa de tanto silencio. Le diré una cosa (por no desgarranos más con el tema) y es que el Casino semivacío también resulta acogedor.

  3. Es que está el personal de puente, don Boggy. Aquí solo nos asomamos los impenitentes, como aquellos «Incansables de Torreblanca», la famosa orquestina, que eran capaces de estar repitiendo Paquito el Chocolatero hasta las nueve de la mañana.

    El asunto es otro de esos repetidos en nuestra incansable ley del péndulo: o Juanillo o don Juan. No hay término medio. En algún sitio he leído u oido, dichoso Alzh, que el juez Calatayud pone tiritas en las fracturas abiertas de tibia y peroné. Lo cierto es que hoy y aquí, un maromo de 17 años y 8 meses, de 1,90 y 110 kilos se carga a tres o cuatro a navajazos y le tratan como a un delicado menor. Por naíta del mundo se metía un servidor a hacer leyes.

  4. De puente , nada, solo retrasailla, como tantas veces, pero es verdad que el artículo de hoy no me inspira nada nuevo pues todo está dicho. Cuanto dice don JOsean lo firmo con las dos manos.
    Un beso a todos.

  5. No tiene por qué no haber equlibrio y término medio. Lo ha habido y lo hay en otras legislaciones. Aquí se han dado casos de que un menor homicida cimplía la mayoría horas después del delito y se le ha aplicado, como era obligada, la normativa del menor. Pero eso no tiene sentido, por más que se repita que rl problema es difícil. Lo de EEUU no es más que lo suyo: lo propio de un sistema penal concebido como instrumento para que los delincuentes paguen su delito, la parte ofendida sea resarcida, la sociedad se sienta bajo la protección implacable del Estado. Y jagm ha insistido aquí bvarias veces en que varias naxiones llevan camino de endurecer hasta límites difícilmente tolerables el trato al menor de conducta desviada. Enteramente de acuerdo en lo de las tiritas. Comprendo que haya jueces que pretendan abriri caminos nuevos pero sospecho que no van a lograr mucho.

  6. Una columna seria, una respuesta escasa. Será el puente. ¿O será el tema? No queremos enfrentarnos a la dificultad y difícil es decidirse en el tema que hoy propone la columna. Será esa la explicación de la poca asistencia al Casino. Menos mal que jagm, el Silente, sigue su camino sin dejarse impresionar ni por la lisonja ni por el insulto. Bendito él.

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