Comentando la indignante comedia que los homicidas confesos de la chica sevillana se traen tanto con la policía como con la Justicia, alguien me pregunta si yo creo posible que se alcancen tales cotas de maldad (¡ay, la banalización del mal, Hannah Arendt!) por parte de personas con semejantes “caritas de ángel”. Es el mismo argumento que escuché furioso cuando el triple parricidio del niñato levantino de la katana (que hace años que anda suelto), el mismísimo que se adujo cuando las dos adolescentes de San Fernando (que idem de idem)  acribillaron a puñaladas a una compañerita, igual que en tantos casos protagonizados por menores arcangélicos que se han ido de rositas ya veremos con qué resultado futuro. Hay en esta presunción fisiognómica de inocencia el mismo absurdo que durante un largo siglo señoreó la psicosociología penal en torno a los disparates de Lombroso, aquel ‘sabio’ italo que sostuvo que las putas y los malevos tenían el pulgar prensil o que la joroba del hotentote venía ser una réplica fiel de la del dromedario como la del cargador vendría a ser el doblete de la del zebú. Quizá un día se admiren las generaciones de aquellas ingenuidades tal como hoy –justo en el centenario de la muerte de quien fuera encumbrado por Zola o el maestro Taine– se registra en medios culturales europeos una fuerte contestación de ese determinismo lombrosiano que tan brillantemente trituró don Julio Caro Baroja en “Las caras del alma”. ¡Caritas de ángel! La intuición excepcional de Jesús Quintero lo llevó en Buenos Aires a descubrir a un ominoso asesino, el “loco del martillo”, a quien, ni qué decir tiene, la prensa porteña llamaba también “Cara de Ángel”. Desde muy antiguo se nos ha prevenido contra esa ingenua fascinación, por lo visto sin grandes resultados.

 

El Mal no reside en ningún órgano ni se manifiesta en rasgo alguno, pese a lo cual la tendencia humana a adivinar bien y mal en el espejo del cuerpo ha sido una constante desde la cultura clásica hasta nuestros días. Ahí está la “antropología” vascongada pendiente de los ángulos faciales, lo mismo que en su día lo estuvieron los nazis (y no sólo los alemanes) y lo sigue estando tanto lombrosiano amateur. Y lo mismo cabe decir del Bien, cuya capacidad de camuflaje fisonómico es tan inmensa como prueba la experiencia y está permitiendo comprobar con una indeseable frecuencia esta rara rebelión del menor que vivimos y que, sin la menor duda, propicia tanto como ampara la propia normativa vigente. Hay demonios con cara de ángel y viceversa. Pero lo que hay, sobre todo, es una inexplicable debilidad de las instituciones frente a la barbarie juvenil.

11 Comentarios

  1. Muy justa reprobación de los prjuicios de Lombroso que en mi época todavía eran tenidos por cosa muy respetable. Hay mucho Lombroso por ahí suelto, de todos modos, que ve en la joroba de Quasimodo un signo de maldad o en la imaginaria nariz del judío el estigma de una raza. Otra porueba más de la erscasa sensibilidad del hombre para la Justicia y el sentimiento de cercanía al otro. Y me pregunto hasta qué punto habrá juzgadores que se dejen (subjetivamente, al menos) influir por esa tendencia.

  2. Muy justas apreciaciones. Ya era hora de que se tocara el tema, escandaloso, del cachondeo en cuestión.

  3. Me alegro de ver una valiente descalificación de Lombroso, que con tantos seguidores imbéciles sigue contando, como alguien con buen tino acaba de hacer notar. Hay cosas que no se comprenden fuera de su época, pero eso no basta porque en la época de Lombroso –a pesar de que como bien dice la columna, contó con importantes apoyos– también había espíritus y mentalidades en las que resulta impensable encontrar criterios deshumanizados semejantes al suyo.

  4. No soy una imbécil seguidora lombrosiana, como se dice ahí un poco más arriba, pero me voy a permitir ejercer de abogada del diablo. Cierto que ser hoy lombrosiano es una ucronía como proclamarse partidario de las teorías aeroflotantes de Ícaro, pero situándolo en su época afinó y no poco en determinados conceptos difíciles de rebatir aún hoy día. Era ya muy adulto cuando se descubrieron los ácidos nucleicos pero dijo cosas muy relacionadas con las cromosomopatías que hoy tan bien conocemos.

    Es una barbaridad hoy hacer una transposición directa de la anatomía, sobre todo de la fisiognómica al psiquismo, pero también es cierto que enumeró asertos hoy aún tan válidos como involucrar «…como factores criminógenos el clima, la orografía, el grado de civilización, la densidad de población, la alimentación, el alcoholismo, la instrucción, la posición económica y hasta la religión (Lombroso, César. «El delito. Sus causas y remedios»).

    La gramática parda nos instruye también con aquello de que a partir de los cuarenta somos responsables de nuestro careto. Evidentemente, esta teoría es inaplicable a esos jóvenes -y jóvenas, juas, juas- todos hoy, o en su mayoría atractivos, sanos, de aspecto seductor, de rostros bien dibujados y cuidados, de hermosas melenas, de piel y figuras esbeltas… Pero qué otra desviación más nefasta que considerar a esos caritas de ángel como verdaderos angelitos, cuando desgraciadamente lo que aparece en muchos, demasiados, ay, en cuanto se rasca sobre esa superficie lustrosa, es una serie de carencias y ruindades que no me voy a permitir enumerar.

  5. Me consta que don ja no ignora ese lado lúcido de Lombroso (que en la facultad nos enseñaba a los dos Gómez Arboleya, el insigne), pero es que avisos como los que reproduce doña Scéptika sobre los factores condicionantes pueden encontrarse en muchos autores, desde los griegos a Montesquieu. Como bien se ha dicho, es a la extrapolación gratuita de los factores fisonómicos a la conducta, a la que critica la columna y se ha criticado muchas veces, aunque convenga seguir haciéndolo dada su larga herencia.

  6. Desde el silencio obligado salgo para celebrar el tema de hoy, no sólo por la oportunidad en relación con los tristes sucesos de Sevilla, sino porque, como se viene repitiendo en los comentarios, conviene no dejar de la mano estas críticas que colean vivas todavía y posiblemente sigan coleando durante mucho tiempo. Es inhumano juzgar al Hombre por su aspecto. Lo de la joroba de Quasimodo que se hha dicho antes es perfecto.

  7. Pienso que esa tendencia a juzgar por el aspecto es universal. Hay culturas en las que los etnógrafos y antropólogos han descrito ritos aterradores de inmolación de niños «imperfectos», considerada toda «singularidad» física como teratológica. Que el derecho haya acogido duranmte tanto tiempo teorías como esas es tan normal como lamentable.

  8. En el Juzgado, las apariencias engañan más que en cualquier otro lugar. No añadamos teorías «científicas» tan frágiles. Aunque es notable el influjo que alcanzaron. Zola fue gran defensor del lombrosismo (y no me extraña) y en las cátedras españolas no se le regatearon simpatías y apoyos durante años.

  9. Cierto, pero depende de la cultura D. Heródoto. En algunas esa singularidad se consideraba sagrada y digna de veneración, en otras no hacía falta ninguna imperfección para cometer esos rituales que menciona. Lo que parece incuestionable es que lo «diferente» nunca nos deja «indiferentes», ni en el pasado ni en el presente.

  10. Y estamos en lo de siempre. La debilidad institucional se deriva de que los zánganos que andan elaborando leyes se dedican a hacer las más tontas que imaginarse pueda y que cuando sirven para algo llevan la famosa trampa implícita para cuando su cumplimiento moleste a los poderosos.

    Y seguimos con lo de siempre: «No se puede legislar en caliente» que es el símil de «deja para mañana lo que tengas que hacer hoy».

  11. el caso esta caliente y habria que preguntarse quien esta detras de todo esto. un saludo Don Jose Antonio

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