Todo el mundo sabe que el simio que se ve en la etiqueta del ‘Anís del Mono’ es una caricatura de Ramón Casas que representa a Charles Darwin. Quizá no haya tanta que conozca la ocurrencia del obispo anglicano de Oxford, monseñor Wilbelforce, cuando, en medio de un debate científico sobre la teoría, contestó a Thomas Huxley –ardiente defensor de las nuevas ideas—que si era descendiente de mono por parte de abuelo o por parte de abuela. Que es un poco, después de todo, casi lo mismo que responde un personaje clerical en la “Doña Perfecta” de Galdós al protagonista de la novela cuando éste le informa del éxito del darwinismo en Alemania: “No me extraña –replicó el cura–, después de todo la cara de Bismarck sugiere una buena prueba”. Mucho me temo que el segundo centenario del maestro (en febrero próximo) reavive la insolente polémica que opone a la biología evolutiva la teoría mítica del “diseño inteligente”, constantemente impulsada desde los EEUU y Gran Bretaña hasta el punto de haberse planteado pleito para forzar, a pesar de la prohibición expresa de varios jueces, la enseñanza del mito en las escuelas públicas y de que el propio arzobispo actual de Canterbury haya apostado por la enseñanza simultánea del mito y la hipótesis racional, respaldada hoy por la práctica totalidad de la comunidad científica. He ahí una de esas polémicas tercas, básicamente primarias, inconsistentes, que oponen a la teoría evolucionista, ciertamente perfectible, el simplismo cordial de un mito que, entre otras cosas, se contradice escandalosamente justo al dar cuenta de la creación del hombre y de la mujer. Que una razón no tenga marcha atrás no quita que inquiete por cuanto significa y que inspire cierto desconsuelo por la índole cerril de nuestros integrismos.

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Lo curioso es que esta matraca viene resonando en España desde antes de la publicación de las obras básicas de Darwin –los años 60 del XIX—y han dado lugar a una interminable guerrilla que hoy está, en principio, al alcance de cualquiera en la espléndida obra de Thomas Glick y en los rastreos sistemáticos publicados por el maestro López Piñero, y que demuestran que siempre hubo en España espíritus abiertos a la lógica científica junto a ánimos cerrados a cal y canto en el ‘fundamento’ mitológico –en este caso, en la literalidad insostenible del ‘Génesis’—, bronca a la que no fueron ajenos en su momento ni Cánovas del Castillo, ni la Pardo, ni algunos krausistas de relieve como Sales y Ferré o como el propio Unamuno, estrella del famoso congreso darwinista celebrado en Valencia al alborear el siglo XX, en el que, a mi modo de ver, anticipa la mirada integradora de Theilard de Chardin sin dejar de mantener sus reservas un poco en la línea tradicional en la que puede inscribirse hasta un fray Ceferino González, cuya obra “La Biblia y la Ciencia” trasluce la incómoda posición intelectual de algunos espirituales españoles. Les recordé antes la gracieta del obispo de Oxford pero no la respuesta de Huxley, quien vino a decirle que, para vergüenza, saberse heredero de hombres tan superficiales y versátiles. Hace poco he visto en la prensa una oferta millonaria para quien lograse demostrar la inviabilidad científica de la teoría evolucionista, suprema chorrada si se considera lo fácil que resultaría refutar, tanto desde la hermenéutica más exigente como desde el simple sentido común, el laberinto mítico en que sentimentalmente sigue instalada nuestra cultura sin haber sido capaz, al menos, de poner en su sitio al saber y al mito en el suyo. Que es posible, me parece a mí, dicho sea bajo la autoridad de tantos pensadores, aparte de los ya citados, que comprenden que una cosa es venerar la memoria mítica y otra muy diferente suplantar con ella la tarea de la razón. Pío X estaba más cerca del justo medio a finales del XIX que los fundamentalistas de hoy, con eso les digo todo.

7 Comentarios

  1. Son combates de retaguardia. No vale la pena gastar saliva ni usas sus dedos para tratar de convencer . Sólo dar las gacias por este artículo tan gracioso.
    Besos a todos.

  2. Estas son las columnas que le salen de vez en cuando al Maestro: un torito de carril, un toro artista, al que tiene más que parado y mandado y le da cien pases templados, adornándose cada vez que remata un párrafo como faena, Cúchares redivivo. Lo que pasa es que a ese toro lo tiene que entender también un torero artista, no un tosco pegapases, llámese Bush o cualquier fundamentalista con o sin alzacuellos. Porque peligro tiene el bicho en los dos cuchillos, corniveleto capaz de abrirle el triángulo de Scarpa a quien no sepa arrimarse. Óole, un óle bajito y profundo. Servidora es de las que no sacan el pañuelo, aunque a veces a una tanto arte incluso le arranque una lágrima.

    Por cierto, Casas donde se lució fue en el uniforme de los picos en su famoso cuadro del caballo. La etiqueta mencionada creo que aún mantiene lo de ‘proveedora de la Casa Real’, lo que pone al famoso anís casi a la altura de la Beefeater, formol que conservó hasta después del centenario a la Reina Madre, Elizabeth Bowes-Lyon.

    (Alusiones.-
    Al capitán del velero fantasma: Suena salsero su dominio del idioma de los 450 millones, pero tiene usted más profundidad en su pensamiento y domina los siete mares mejor que esta pobre vieja que no sale de sus rumiaciones propias. No me sobrevalore.
    A Madame: Dedico ahora mis fines de semana a visitar a la pequeña, que está en el internado y anoche, tras dos horas largas de manejar con lluvia, nieblas y vientos, por algunos trozos de carreteras tercermundistas además, no tenía servidora ánimos de abrir la puerta giratoria de este acogedor casinillo. Y bien que lo sentí, pues creo haber dejado dicho que mi amigo homosexual me envió casi un ensayo sobre el tema de ayer, razonado, razonable, con evidentes lagunas pero con acertadas reflexiones. Hubiera echado mi cuarto a espadas. Su beso especial.
    A mi querido don Páter: Sé que habrá cerca de su Reverencia algún alma solícita mimándolo en sus achaques. No obstante, permítame que le insista -si es romadizo, y como tal leve- en las tisanas, en el tomillo, en el romero, en la miel y el limón. Y el zumo templado de las narnajas que empiezan a estar. No tiene que haber lejos eucaliptus jóvenes, cuya esencia extraída de sus blancas y jugosas hojas y tallos le proporcionará alivio al inhalarlo. No obstante y haciendo lo que no se debe, me permito recomendarle que pida en botica próxima una pomada que huele a antiguo y comienza por Rino… Necesitamos que nos diga pronto que va mejorando.)

    Besos a todos.

  3. Será porque he nadado por las dos orillas, de ciencias y humanidades, y me desespera comprobar no ya la cortedad de miras de ciertas jerarquías arcaizadas, sino de ciertos cátedras arcaizantes que pudiendo crear puentes tan necesarios no sean capaces de proyectar más allá de lo que les dicta su ego, o porque simplemente es lunes, que tenga pocas ganas de salsa.

    ¡Que no lo sobrevalore dice!. A una entendedera corta como la mía la mayoría de las veces no le queda más remedio que recurrir a las sensaciones más que a racionalizaciones. Me pasa lo mismo con una buena película que la intuyo como tal, sin tener que leer a ningún pedante cinéfilo, porque noto que el tiempo en lugar de cansar, des-cansa. Hoy me ha ocurrido lo mismo con el comentario de mi estimado D. JA, que este egoísta hubiera deseado que continuase…y continuase.
    Abrazos miles. (y perdón por la perorata)

  4. Espléndida colñumna, un buen rato para el lector y una consistente lección de sentido común. ja ha tratado varias veces el tema –sobreentiende que superficialmente– y siempre en tono templado pero enérgico. Me gustaría que un día dedicara más despacio al tema, que me consta que conoce bien, sobre todo para demostrar lo vieja que es ésa polémica no sólo española sino general a los países occidentales.

  5. ¡Ay, don joseantonio, qué memorión tan incómodo el suyo! Y que conste que estoy de acuerdo de la cruz a la raya con su opinión, que ya conocía, y que como creyente no puedo menos que celebrar deplorando la actitud cegata de tantos espíritus extremados o simplemente infantiles.

  6. Sabias palabras Sr. Cura. No me imagino yo a mi Fray Leopoldo de Alpandeire dando mamporros en la gresca del Santo Sepulcro.

  7. Desde pequeño se les dice a los niños, ay! Que mono eres, por algo será? Es una estupidez negar la evidencia. Un saludo

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