Uno de los grandes maestros que he tenido el privilegio de conocer, don Enrique Gómez Arboleya, me regaló en su día una edición francesa de la obra de Durkheim sobre el suicidio, que conservo, con una dedicatoria enigmática: “Nunca se precipite usted al juzgar al suicida”. Don Enrique, el amigo de Falla y de Lorca, fue nuestro protosociólogo y un sabio descomunal que también se quitaría la vida ante el espejo, como Larra, no mucho después, la misma mañana de domingo en la que, si mal no recuerdo, Eisenhower llegaba a Madrid para abrazar a Franco. Lo he recordado cada vez que la vida me ha acercado a esas trágicas experiencias en las que todos hemos perdido a alguien próximo y más que nunca cuando, hace unos años, hube de vivir de cerca, emocionadamente, la de ver a un amigo perder a un hijo espléndido desesperado sabe Dios por qué. Hoy el suicidio está de moda y hasta se organizan tragedias colectivas convocadas por Internet entre desconocidos, como sabemos, pero todos nos hemos sorprendido al enterarnos de que en España ya no es el tráfico la primera causa de muerte no natural al haber sido superado éste por el suicidio que, sólo en el año 2008, se cobró, según la estadística del INI, nada menos que 3.421 vidas, es decir, casi diez diarias. Algo falla en la entraña de este tinglado para que tanta gente renuncie a la vida, como haciendo buena aquella confesión de Kafka de que había pasado su vida defendiéndose del deseo de ponerle fin, o tal vez a la desoladora propuesta de Dumas (hijo) cuando dijo, más o menos, que el que se quita la vida es alguien que encuentra a su verdugo y lo mata, una apoteosis del pesimismo antropológico que me parece que oculta algo bastante más lógico: el fracaso de un modelo social cuya presión sobre el individuo resulta cada vez más insoportable. El suicidio no existe o es excepcional en las sociedades por desarrollar. Es en medio de la abundancia donde prospera esa flor negra que fascinaba a Baudelaire.

 

He leído por ahí que este auge del suicidio tiene relación con los excesos individualistas que propicia nuestro modelo social y, sin negarle  a esa hipótesis su ración de lógica, que la tiene, creo que este otro mal del siglo se debe más bien al peso abrumador de lo colectivo, tantas veces subliminal, gravitando precisamente sobre un individuo humano que ve desdibujarse su perfil sobre el trasfondo turbio de un colectivo tiránico. En Japón hace estragos una estética del suicidio que enraíza en su tradición psíquica. El toque está en averiguar por qué en España se afirma a ritmo tan temeroso ese atentado supremo por el que, sin duda posible, respira como puede una sociedad enferma.

9 Comentarios

  1. La noticia ha estallado como un cohetillo de feria dentro de un cubo de zinc. Todos sabíamos de su peso en las causas de muerte, pero se silenciaba de forma preventiva. No me ha sido fácil encontrar estadísticas. Tampoco es que uno sea un jáker experimentado.

    Pero quisiera trae algo que he leído al Dr. Stuart Montgomery, profesor emérito del Colegio Imperial de Medicina de la Universidad de Londres. Hablando de la depresión, el antedespacho de la oficina del suicida, afirma : La actual hipótesis es que hay una debilidad constitucional en el individuo, biológica, que puede ser genética o estar vinculada con problemas adversos en la infancia que más tarde lo hace vulnerable a la depresión.

    Todo el que se ha acercado tanto al trastorno depresivo como quien ha sido visitado por el duelo del suicidio, sabe que los tres factores antedichos están presentes en casi todos los casos. No se deprime alguien porque se le muera la mascota o se suicida porque le embargan la vivienda, sino porque estos episodios tristes encuentran a un individuo que tiene más que enraizada esa flor negra, como bellamente lo expresa JA. Cualquier fenómeno externo, aunque insignificante, es suficiente para germine.

    En muchas enfermedades los médicos dicen algo chocante: “No enferma
    quien quiere, sino quien puede”. Se resume así que solo quien tiene determinadas predisposiciones puede contraer dihas patologías.

  2. Enteramente de acuerdo con los comentarios anteriores. Sin embargo yo añadiría que se suicida uno por falta de esperanza, lo cual es impalpable, no se puede medir ni ver.Y la sociedad actual es una máquina para matar esperanzas.
    Parece que hacemos todo lo posible para ello. Hemos matado a Dios, la competición socio-economica es cada día más dura, el cinismo y la desconfianza reinan entre gente del mismo estatus, pero también entre superiores e inferiores, rencores soterrados e ideológicos enfrentan a sectores de la misma sociedad y todos tenemos la impresión de que nuestra situación se degrada y de que nos están toreando. Es la muerte de un mundo y todavía no hemos inventado nada por lo cual combatir y en qué esperar. Esta impresión difusa se mama a diario y los jóvenes con espíritus puros y limpios, el día en que abren los ojos sobre este mundo y se les viene abajo la esperanza que los hacía avanzar, se dan la muerte. Es algo terrible, porque creo sinceramente que los que se van son los mejores, los más idealistas, los más valientes también,los más enteros. La sociedad pierde individuos generosos que abrían contribuido a hacerla más humana y da paso a gente más egoista y predadora.
    Un beso a (casi) todos.

  3. Me ha chocado la publicación de ese dato porque se suele ocultar para evitar conductas de emulación.

    Sólo excepcionalmente el suicidio obedece a una decisión libre de un cerebro sano.
    Puede que la estadística esté manca porque se estima que un porcentaje nada desdeñable de los accidentes de tráfico son producidos por conductas suicidas imposibles de calificar por el frío cómputo.

    Las compañías de seguros pagan las indemnizaciones de las víctimas de suicidio porque no se puede demostrar que no sean el resultado de una enfermedad.
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    Acertado su comentario (el 90%), doña Sicard, pero yo creo que el suicidio no es un acto de valor ni de generosidad sino el resultado de un grave desequilibrio mental, muchas veces soterrado.

  4. Están de más la teorías, don Griyo y don Yama(yor), porque es evidente que cada suicido es un mundo y que no debe dfe ahver reglas fijas para dilucidarlo. ¿Enfermedad? Recuerden a Séneca, a tantos otros. Creo que fue Russel quien se durmió junto a su señora, ya ancanos y cogidos de la mano. asistidos por el babitúrico. Otros se suicidan destruyendo. No har reglas, probablemente, insisto, al margem de que la depresión pueda ser su antesala.

  5. Los que dejan escrita su voluntad anticipada de no aceptar ayudas terapéuticas más allá de no sé qué límites y en no sé qué casos, ¿cuentan como suicidas? Matices aparte, no veo grandes diferencias entre éstos y los que dicen: “ya no puedo más. Hasta aquí llego”.

    Y dejarse morir de melancolía, al quijotesco estilo, ¿cuenta también?

    Saludos cordiales.

  6. A mi entender son consecuencias de este modelo de vida. En cuanto moda, ya huba varias modas suicidas en la historia, la última en el Romanticismo, por no hablar de las desatadas en situaciones límite como la guerra del Vietnam. El hombre SOLO es un ser difícilmente viable, aunque haya muchos. El problema es la soledad interior sumada a la otra. ¿Por qué se suicidan hoy día jóvenes y hasta adolescentes que, en no pocas ocasiones lo tienen todo, como quien dice? Hemos vaciado de contenido trascendente el mundo y eso se paga. Creo que la columna es sensible a uno de los grandes dramas de nuestro tiempo.

  7. La flor negra prospera en la abundancia: como la depresión a la que alude Yamayor. El suicidio de las sociedades superdesarrolladas (siempre se habló delcaso de los países escandinavos, con sus altas tasas de suicidio en su civilizado y rico medio) hay que verlo como una enfermedad social, lo que no quita que haya países (Japón) que arrastran una larga tradición suicida. La alarma debería sonar a tiempo sobre la manipulación de personas débiles en Internet, por lo menos ahora que sabemos que hay actvas organizaciones dedicadas a fomentar esa tragedia.

  8. Según don Rafa ¿Yo soy un futuro suicida? Creo que si lo soy no entraré en la estadística.

    También podríamos pensar, don Max, que una generosa tasa de suicidios es un indicador de desarrollo. Pronto veremos a algún presidente decir, sacando pecho, “Hemos conseguido aumentar el número de suicidios en un 20%, porque… bla, bla, bla… ” y quizás el año que viene alguna ministra se gaste un pastón, del nuestro, en cursillos para promocionar el suicidio eficiente.

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