A principio de los años 70 acudíamos a los congresos históricos que Tuñón organizaba en la universidad de Pau buscando en Europa lo que aquí se nos negaba. También iban, y en manadas, muchos españolitos a aprender sexología en el cinema libre que aquí estaba aún proscrito, aguardando en largas colas para ver “El último tango” en el que Bertolucci, auxiliado por Marlon Brando, los instruía sobre las prácticas secretas de un sexo hasta entonces inimaginado en nuestro corral. Y fue allí donde conocimos a los etarras que acudían con la intención de adoctrinar a los infieles que aún ignoraban que Navarra se llamaba Nafarroa, sintiéndose seguros al amparo del cielo protector que era el santuario de la democracia francesa. Luego ha llovido mucho en España –casi un millar de cadáveres— hasta que antier mismo los asesinos de ETA decidieran desmantelar esa banda, cuya herencia, según ese español profundo que es Fernando Savater, no es más que “la lucha contra la libertad”.

Tardaremos generaciones en asimilar esta inmensa tragedia, a pesar de que sobren víctimas y testigos eminentes (Ordóñez, Pagazaurtundúa, Ortega Lara…) y obras tan clarividentes, entre otras, como “La religión política” de Elorza o “El bucle melancólico” de Juaristi. Ellos, sin embargo, los asesinos y sus cómplices, miniaturizan esa víctima colectiva el irreparable genocidio disimulándolo en un ridículo eufemismo –“cambio de ciclo”— en el que tratan de disolver la responsabilidad histórica del mayor genocidio de nuestra postguerra, para seguir hablando, con una insolencia palurda, del “conflicto” imaginario entre el País Vasco y España o Francia, esa guerra que nunca existió más que en el imaginario paranoico de una horda que eleva a un mentecato como Sabino Arana sobre vascos eminentes como don Miguel de Unamuno, don Pío Baroja o los antes mencionados. Y no piden perdón. ¡Para qué! Total, mientras la Democracia lo consienta, acechará la impunidad encapuchada y hasta la desfachatez en nómina. Asistí hace mucho al sepelio de un servidor público asesinado por esa banda y recuerdo la vehemente sensación de impotencia y resignación que coloreaba aquel torrente de lágrimas. ¡Un “cambio de ciclo”! No. Lo que en España se ha producido es una victoria pírrica de la Libertad y una humillante derrota del Estado, cuantificable hoy en las nóminas que pagan su sueldo – a costa de los contribuyentes– a los secuaces y coautores de los bandidos reciclados como políticos. Hemos ganado perdiendo. No tenemos por qué comprar como un éxito lo que no es más que el resultado de muchas cobardías y defecciones.

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