Andalucía se ha convertido, pese a tanto mal augurio, en una suerte de remanso en medio del caos político español. Ésa es la realidad más allá de la dureza de la encrucijada, y por esa razón el año saliente supondrá para el entrante un reto difícil frente al que será precisa una dosis mucho más elevada de buena voluntad en nuestros obcecados partidos. En medio de la crisis nacional no resulta fácil ejercer de excepción, desde luego, pero esa misma circunstancia debería alumbrar la ceguera voluntaria de un electorado (y de una “representación”) que hasta ahora no parecen haber entendido –ni uno ni otra– la grave responsabilidad que les concierne. Se va un año esperanzado y viene uno inescrutable. Tan excepcional responsabilidad incumbe tanto al Gobierno como a la Oposición.

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