Pepe Juan Díaz Trillo era hace mucho tiempo un muerto político pero ahora es ya un cadáver exquisito que, por piedad partisana, deberían enterrar aunque fuera lanzándolo al estrellato de un “bojazo”: se le hace alto cargo de la Junta y en paz. Porque dejarlo ahí, indefenso ante un Superalcalde crecido, que lo ha derrotado ya dos veces provocando su fracaso rotundo, es un disparate que tiene un punto de crueldad. Incluso so aquel se contiene en sus repasos y lo trata con relativa benevolencia, que es como se trata al vencido. Escuchar a Pepe Juan, por ejemplo, decir que “el debate sobre el Estado de la Ciudad ha puesto de manifiesto que se acaba el ciclo Pedro Rodríguez”, da pena de todas, todas. Verlo tragar quina en los Plenos, a la sombra muda de doña Parralo, todavía más. Un cadáver no se deja expuesto así como así y menos en este ferragosto político que tenemos en lo alto.

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