Una fotografía de Georges Bush padre luciendo la cabeza rapada y con un niño enfermo de leucemia en las rodillas anda rulando por la prensa americana que ve en la tonsura del ex-Presidente una muestra cumplida de solidaridad. El niño enfermo es hijo de uno de sus guardaespaldas, una veintena de cuyos compañeros se han sumado a la iniciativa rapándose a su vez para compartir entre todos la imagen de ese niño desdichado que a sus dos años escasos no podrá valorar todavía en mucho tiempo la solidaria demostración que le brinda, entre otros, el otrora hombre más poderoso del planeta. La imagen nonagenaria del mandatario, sonriendo divertido en su jardín ante un profuso seto de margaritas, nos muestra a un personaje por completo distinto de aquel que paseó por el escenario mundial la facha altiva sin preocuparse ni mucho ni poco del dolor ajeno y las miserias derivadas de la avidez política del hombre que sucedió a Reagan para liquidar la Guerra Fría y sustituirla por la dudosa estrategia de los nuevos conflictos. Es verdad que a Bush se le murió una hija de cuatro añitos víctima también del mismo mal que aqueja al bebé homenajeado, pero tras la bondadosa sonrisa del abuelo resultaría difícil imaginar siquiera al hombre de hierro que enviaba a tantos a la muerte en medio de la “madre de todas las batallas”. Costaría aceptar que esa cabeza rapada y ese rostro benigno no es otro que el enérgico que en su día contempló impertérrito la devastación de un país que, como es natural, también tenía sus niños bajo la lluvia de bombas y misiles, el mismo que abrió esa caja de Pandora que nadie ha logrado cerrar aún. El paso de los años puede hacer del epónimo de una dinastía tan belicosa un entrañable abuelo sentado apaciblemente, con un bebé en las rodillas, ante un macizo de flores.

Cuando le preguntaron a André Gide por su concepto de solidaridad se mostró reticente hasta el punto de sostener que ese sentimiento apenas era sentido por la inmensa mayoría. Pero la foto tierna y solidaria es una vieja droga política. Franco jugaba amable con sus nietos en los jardines de El Pardo, Hitler se derretía tirándole de las orejas a sus niños-soldado, Stalin hizo famosa la leyenda de su amor por su hija Svetlana… La cabeza rapada de Bush padre, con esa cara de no haber roto un plato, me deja en suspenso y con la duda de si con esa sonrisa bonachona se estará acaso quedando conmigo.

5 Comentarios

  1. Me ha hecho pasar un buen rato en la playa, y de paso me ha forzado a reflexionar sobre la capacidad de engaño de las propagandas. Cono siempre agradezco sui esfuerzo por sacarle jugo al signo y desentrañar su significado y consecuencias.

  2. No sería el primer abuelo al que se le cae la baba con un cachorrillo humano en brazos, como le ocurría al genera al ferrolano y bien apunta, mi don JA. Los años, mi querido anfitrión, los años dulcifican hasta el vinagre .

  3. Y qué verdad tan grande, don Epi (y don ja): ese viejo truco propagandísticos es de sobra conocido. En este caso tengamos en cuenta la edad del “rapado” y admitamos la simpatía del gesto.

  4. SE nota la dispersión del lectorado fiel, pero estoy segura de que la columna será viático diario para muchos. Para mí misma, lo es desde luego.
    También yo he visto esa foto de Bush padre y me ha producido cierta ternura. ¿Ven como la propaganda funciona?

  5. A mí, señor gomez marin, me parece un gesto muy bonito. No digo que usted lo niegue, pero insiste especialmente en que lo que hace Bush es propaganda. Yo le pregunto, ¿propaganda para qué a los 90 años? Aparte de esto, soy un asiduo lector suyo y muy admirador de su criterio y de su gran cultura. Reconozco el esfuerzo que hace por mantener en contacto a sus lectores con lo que ocurre en el mundo, y en ofrecerles amablemente una interpretación de lo que comenta.

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