Tal como don Pedro el Cruel (o el Justiciero, como prefieran), que mandó colocar su pétrea cabeza cercenada en la picota cuando fue convicto de asesinato, el alcalde de Sevilla –con perdón por la comparación—ha osado firmar el escrito de protesta presentado contra él por la oposición con motivo de la tala masiva de árboles en el centro de esa ciudad que está destrozando metódicamente. El mismo que no ha movido un dedo ante la trama de facturas falsas de su Ayuntamiento, el autor del disparate chusco del desalojo “pagado” de chabolistas, quien ha convertido en un gueto el vasto centro urbano concitando la oposición conjunta de vecinos, comerciantes y taxistas, esa pesadilla que su partido no sabe cómo quitarse de encima, tiene el regio descaro de colocar su busto de piedra en la hornacina con tal de conservar la cabeza vacía sobre los hombros. Que pague la estatua, que peche el retrato y que siga adelante el despropósito de una política con un pie en el Juzgado y el otro de camino. Como si fuera un rey absoluto, al margen y por encima de la ley. No me digan que no es una temeridad dejar una ciudad como Sevilla en manos de un tío que protesta contra sí mismo.

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