Los símbolos creados por el hombre no son unívocos sino que atraviesan la Historia, a trancas y barrancas, cambiando de significado desde lo más sublime hasta lo definitivamente abyecto. Sólo judíos y mahometanos, que yo sepa, han mantenido con tenacidad el repudio del cerdo, desconocemos si a causa de un tabú que, en principio, bien pudo ser una discreta medida para evitar la triquinosis, o un simple prurito de distinción respecto de los paganos. Los imbéciles que han depositado dos cabezas de puerco en el umbral de la mezquita de Montauban con intención de profanarla, ignoran, a buen seguro, que ese mismo animal ha gozado desde la Antigüedad de atributos muy diferentes que van desde ser el animal de Deméter en Eleusis a representar en otros pueblos el procurador de la lluvia o el vigor masculino. Apenas hay símbolos unívocos. Lo normal es, como digo, que atraviesen los tiempos entre el “mana” y el “tabú”, ajenos a su propio significado que sólo a la arbitrariedad humana concierne establecer, como aceptan muchos especialistas desde Paul Diel hasta Ernest Aeppli, aunque en cada cultura sean percibidos como significados absolutos. Lo que para los chinos y vietnamitas significa abundancia para Heráclito no es más que un emblema de la condición más despreciable, y si fue objeto de veneración para los celtas o para Clemente de Alejandría y en el Evangelio sirven para la encarnación demoníaca, la verdad es que antes de él gozó de alta consideración. Puede que el hombre sea, como postulara Cassirer, un animal simbólico, pero de lo que no cabe duda es de la ambigüedad significante del símbolo mismo.

Hace poco he visto representada en un hórreo asturiano la cruz gamada que los nazis buscaron en el Tibet, ya entendida como un signo apotropaico, protector, y sin la menor conciencia de sus posteriores atribuciones simbólicas. Lo de menos en estas agresiones entre culturas es la intención de unos agresores que las perpetran sin sospechar siquiera que la polivalencia de esos símbolos bien puede planear sobre su propia cultura y la de sus ancestros. Y eso es lo que hace de la agresión misma un ejercicio inútil por grande que sea el daño que pueda ocasionar y por demasiada sangre que haya costado. Dos cabezas de cerdo en el umbral de una mezquita constituyen una injuria vana a la vez que brutal. El hombre es el único animal capaz de inventar los motivos de sus ferocidades.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.