Mi maestro José Antonio Maravall, que ahora cumple su centenario en el más riguroso silencio, solía mostrarse inquieto por la trivialización del saber y de la enseñanza que ya en su tiempo se entreveía en el avance de los medios tecnológicos, por entonces, todo hay que decirlo, mínimo si se piensa en lo que está ocurriendo hoy. Lo que le inquietaba era la idea de que ciertas técnicas pudieran acercarnos al saber reduciendo el esfuerzo, no porque el esfuerzo fuera imprescindible –en línea con el concepto mítico del castigo divino—sino porque fuera de él no resultaba fácil imaginar un aprendizaje  auténtico. Por desconfiar, Maravall desconfiaba hasta de los apuntes, aquel instrumento universal y entonces único en manos del estudiante, en la medida en que veía en ellos un atajo hacia un saber consecuentemente reducido respecto al que podía adquirirse en el trato convencional de los libros. Sin darnos cuenta apenas, sin embargo, nos hemos plantado en esta cultureta apocopada que permite informarse sumariamente de cada tema –sin garantía alguna de fiabilidad, eso sí—con sólo teclear nuestro objetivo en un buscador cualquiera que va a ofrecernos la posibilidad de “fusilar” el tema en unos conceptos elementales y, con enorme frecuencia, poco solventes. Ahora me entero de que una universidad argentina, la de El Salvador, ha lanzado un proyecto de postgrado que será impartido ¡por el teléfono móvil!, con la pretensión de “aprovechar” lo que esos cabezas de huevo denominan “burbujas de ocio”, es decir, los mínimos espacios de tiempo libre que nos ofrecen nuestros desplazamientos en el bus o la espera en la antesala del dentista, como si el saber –el conocimiento, en definitiva—fuera asequible en ese régimen precario y urgente que es el que ofrecen esas situaciones. Cinco materias cada tres meses, con sus correspondientes tutorías, permitirán imponerse en matemáticas o en metafísica, con sólo hurgar en el teclado de su telefonillo, a cualquier desocupado que disfrute de esas “burbujas de ocio” en la que, por lo que se ve, vamos a depositar toda nuestra confianza docente.

 

No tiene salida ese concepto del aprendizaje sin esfuerzo, y menos si cabe el cuento del aprovechamiento de circunstancias, como ésa del tiempo intersticial, para sustituir al viejo e insuperable modelo de la dedicación intensiva. ¡Cursar una materia en un móvil e instaurar la utopía del “elaerning” o formación en Internet! Todo indica que llevamos el camino de la reducción del saber y la esquematización de los aprendizajes y que, por supuesto, mi maestro no iba descaminado cuando se inquietaba ante unos simples apuntes. El saber no es ningún juego ni existe al margen del sacrificio. No ha de pasar mucho tiempo para que comprendamos esa elemental obviedad.

11 Comentarios

  1. Ley del mínimo esfuerzo= máxima adhesión de alumnos y padres. Eso fue la LOGSE y eso la política seguida luego. Pero como se ve en la columna a esa ley se tiende incluso en la utopía científica. ¿Es posible atajar para alcanzar el conocimiento? Muchos creemos que no pero no es nuestra la responsabilidad ni el poder para remediarlo.

  2. La misma expresión, burbujas de ocio, es de lo más elocuente: aprenda en los ratitos libres, en los “intersticios” como se dice en la columna, aprovechando el “tiempo inservible”. Semejante locura es simplemente estupidez.

  3. Son las prisas del progreso, las ilueiones apresuradas de estos “novadores” que andan descubriendo la pólvora un día sí y al siguiente también. Ya ha sido bastante quebranto lo de la universidad “a distancia” para que vengan ahora a darnos cursos por el telefonillo…

  4. ¿lo que faltaba! Nosotros empeñados en prohibir los “celulares” en clase y ellos proponiendo estudiar a través del prohibido. Están locos, aunque puede que todo obedezaca a eas prisas del progreso antes señaladas. No se dan cuenta de que por enicma de las posiblidades te avence tecnológuico es urgente e imprescindible restaurar el “mínimo pedagógico”, aparte de resolver problemas como el absentismo o el abandono. Hay mañanas como ñesta en que cuesta trabajo volver al aula tras el recreo.

  5. ¿Se opone usted al progreso tecnológico, señor mío? Usted sabrá lo que hace, pero eso no le pega nada.

  6. Realmente el tema resultaría divertido si no fuera tremendo. De todas maneras hay que comprender que eso que llamos progreso avanza a saltos y sus agentes suelen adoptar esa postura experimentalista, tan proclive a buscar novedades hasta donde no cabes en buena lógica. No sé que diría doña Marthe, habida cuenta de que en su país hay todavía más celulares que enm el nuestro y tampoco nadan muy cuerdos, por lo que yo sé, sus responsables docentes.

  7. El tema tiene un reflejo en otra realidad académica palpable: la acumulación de títulos “low cost” y la consecuente devaluación académica de los mismos. He asistido a varios cursos “e-learning” y puedo constatar cómo, al calor de las sobrevaloradas TIC, había mucho de paripé en buena parte de ellos. Justo es recordar que algunos cursos de doctorado en la universidad de sevilla tampoco iban más lejos. Más paripé, aunque entre muros solemnes y mobiliario centenario. No todos, obviamente, pero algunos sí.

    Entiendo que la cuestión se reduce a: cursos de más calidad (con importante componente presencial, por supuesto) para quien pueda pagarlos y apreciarlos, o bien la fábrica e-learning de títulos en serie para el consumo rápido.

  8. Acabaremos titulando como la vieja universidad de Osuna, a troche y moche, a cambio de dádivas, vendiendo títulos en suma, porque detrás de algunos de estos inventos lo que se oculta no es otra cosa que el negocio.

  9. En realidad estas niovedades son la mayoría de las veces meras publicidades. ¿O es que se puede estudiar algo, en serio, por un telefonillo? Tengo entendido, en cualquier caso, que existe un tamaño crítico para el ojo humano normal, por debajo del cual la lectura continuada no es posible. No hagan caso de novelerías.

  10. Yo creo que estas cosas son noticias aventureras que los periódicos reproducen de la publicidad industrial. Lo que no impide ver en ellas indicios de lo que se está fraguando dadas las posibiilidades que ofrece la ciencia a la tecnología. Tendremos que aprender a valorar con discreción estas ocurrencias pero creo que serán muchas las que nos pondrñán a prueba.

  11. Me identifico con el espíritu del presente texto tan oportuno, y expreso mi admiración a José Antonio Maravall y a José Antonio GGGómez Marín, cuyas obras respectivas conozco.

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