Llegan al fin, aunque acaso con cuentagotas, las tan esperadas buenas nuevas. Faltan aún, eso sí, no pocas promesas, pero lo esencial y urgente –es decir, ese acuerdo que la ciudadanía anda esperando con inquietud– parece que ya se solventó. Y no podía ser de otra manera porque hay mucho que hacer en nuestra desgradada vida pública tras tantos años de “régimen”, y es preciso acometer sin pérdida de tiempo esa ingente tarea con serenidad pero sin demora, aparcado todo ánimo revanchista, pensando más en los representados que en los representantes. Otra cosa sería “cambiar de régimen”, un viaje para el que no habrían hecho falta alforjas.

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