Borges en Sevilla

Uno de los logros del mitificado año 92 fue corroborar la vieja ley de Say, que tanto encocoraba a lord Keynes, postuladora de que la oferta, cualquier oferta, incluso la cultural, crea su propia demanda. Ofrezca usted, eso, cultura, y verá cómo brota y prolifera alrededor de su oferta una demanda creciente. Se demostró a mediados de los años 80, cuando Santiago (Curri) Roldán y sus amigos montaron en Sevilla el tinglado de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo –“la Menéndez”, para la mayoría—convirtiendo la ciudad por una temporada en cátedra lucida y espectáculo cultural sin precedentes. Una foto de Borges y Gonzalo Torrente en una terraza con Giralda al fondo ha quedado como emblema de aquella aventura que nos permitió ver de cerca, junto a los mencionados, a autores señeros como Italo Calvino o Rafael Alberti y, ya entre brumas más lejanas, incluso a Monica Vitti o Nuria Espert, además de escuchar a las primeras voces de la Ópera española.
Borges, que era gran e ingenioso provocador, como es bien sabido, “epataba” a los reporteros al reducir el balance de la literatura española –que él conocía tan minuciosamente, sobre todo la barroca–, como ya hubiera hecho en Madrid años antes, a dos parejas singulares: la formada por Cervantes y Lorca y la constituida por Cansinos Assens y Fernando Quiñones, éste último el más divertido por semejante astracanada. Pero los seminarios se sucedieron sin tregua –siempre la batuta de Antonio García Baquero— dando entrada junto a los grandes maestros a otros que no lo eran tanto. En el curso sobre literatura fantástica, el padre Javierre interpeló al argentino sobre su presunto agnosticismo a lo que aquel respondió con una frase que hizo época: “Mirá, el mundo es ya suficientemente misterioso, pero si vos querés misterios suplementarios…”. Fue un tiempo excepcional en el que se movilizó un vasto público, sobre todo joven, todavía un poco en la estela psíquica del mayo del 68, pero evidenciador de que la condición esencial de la Cultura es la inversión.

No recuerdo un fenómeno semejante ni siquiera en la coyuntura del 92, donde tanta pólvora se quemó en salvas. Por qué luego se liquidó la UIMP lo ignoro, pero siempre que oigo hablar del “desierto” cultural vuelvo en mi recuerdo a aquel Barrio de Santa Cruz tan brusca como lindamente reconvertido por un tiempo en un Odéon y hasta en una Academia. Recuerdo haber comentado con Torrente aquella experiencia sevillana. Torrente, por toda respuesta, me miró sin verme tras sus gruesos anteojos y me regaló, como era lo suyo, con un trallazo de su retranca: “Nunca alcancé un “caché” mayor…”. Lo creí a rajatabla porque bien sé que la política es generosa cuando le conviene.

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