Mientras las “viudas negras” ensangrientan el panorama tratando de evitar a toda costa que Putin se salga con la suya y celebre en Sotchi los Juegos de Invierno, gran baza publicitaria de su nueva imagen, el propio mandatario se ha dejado caer con que para Rusia es esencial resistirse a la invasión de los “pseudovalores” que le llegan de Occidente y mantener con firmeza su propia axiología tradicional. Resulta desconcertante, desde luego, escuchar a un ex-capo del KGB como él hablar de valores propios y cuestionar los ajenos, tanto como escuchar a un presidente de una de las repúblicas desgajadas de la vieja URSS animar a sus terroristas para que boicoteen a bombazos aquel acontecimiento, pero es que, en la Rusia actual, la salida del seísmo post-soviético, con sus clanes poderosos y sus eficientes mafias, sus popes con incensarios y sus millonetis escalando la escarpada pared de “Forbes”, no debe ser fácil distinguir entre valores y contravalores. Putin, por ejemplo, tiene que agarrarse a lo que sea para mantenerse firme sobre su tinglado político, pero no hay más que desmenuzarle su sermón contra “la sedicente tolerancia” de los occidentales para comprobar su indigencia ideológica frente al presunto proceso que en muchos países de este lado de la muga pretendería situar “en un mismo plano el bien y el mal”. Que el responsable de un régimen sin control como el suyo clame y reclame contra el matrimonio gay y centre su discurso político en el peligro que suponen los cambios actuales en el plano de las costumbres sexuales mientras prodiga sus desmanes asesinando disidentes o desvalijando rivales económicos, no puede resultar más que ridículo. Ése hubiera sido un buen discurso para el padrecito Tolstoï pero no para quien, procedente de la tiranía, no puede ocultar su indigencia ética y moral.

 

En cierto modo, el verdadero escándalo lo provoca el hecho mismo de ver al inmoral repartiendo legitimidades morales, de escuchar defensas de la axiología tradicional a quien ha demostrado por activa y por pasiva actuar desde una concepción pragmática del poder junto respecto a la cual el consejo maquiavélico resulta una ingenua broma, como han visto con claridad los países occidentales que se han opuesto a la celebración de los dichosos juegos. Es significativo que la bestialidad terrorista no esté sola en esta batalla como lo es oír en boca de Putin esos clásicos remilgos contra el imaginario enemigo que sería el libertinaje de Occidente.

3 Comentarios

  1. No pocas veces me siento en comunión con la gente corriente, el ordinary people, de la madrecita Rusia que pinte como pinte el poder, las pasa de regular p’abajo un buen trecho.

    A quién le extraña el puritanismo de tantos dirigentes, allá como aquí, que delimitan la moral de la región umbilical hasta el suelo. El Bôbô solemne le echaba de pienso a sus gallinitas aborto a calzón quitado y boda para mariquitas (sarasas de Cádiz, apios de Sevilla, cancos de Madrid, floras de Alicante, adelaidas de Portugal.., que le contaba Federico a Walt Whitman). Los legionarios y los quicos de por aquí aconsejan que la pareja rece junta antes del fornicio…

    Lo dicho: mátese, róbese, písese, maltátese al prójimo con leyes injustas y expolios muchimillonarios, pero eso sí, conservando el virgo intacto (o remendado) para acercar a la hija al altar de los esponsales.

  2. Don Epi, con su “excursus”, abre otra perspectiva a la columna, que bastante leña trae ya en su texto, aunque haya que reconocer, como casi siempre, que lleva más razón que un santo de palo. Verdaderamente tener que aguantar a Putin discursos sobre nuestros “valores occidentales” es demasiado para nuestras al mas sensibles.

  3. Un tipo como ése no puede dar lecciones sobre “derechos humanos” a nadie. Rusia tiene mala suerte histórica. Es posible que la salida a su actual confusión fuera la vuelta del zarismo, con Putin de Zar, por supuesto.

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