Dicen que son los nuevos millonarios chinos y los magnates rusos quienes están relanzando el mundillo de las subastas fectichistas, de suyo tan americanas, y a ellos se atribuye sin mejor prueba la reciente adquisición del bastoncillo y el bombín de Charlot, en una reñida subasta de Beverly Hills, nada menos que por cien mil dólares. La casa Julien’s Auctions habría logrado colocarle a esos fetichistas, entre otras prendas, el traje que vestía Clark Gable en “Lo que el viento se llevó”, que una mano anónima pujó hasta los quince mil dólares, la toga que Charlton Heston llevaba en “Los diez mandamientos” por una fortuna y, ya en tono menor pero nada despreciable, la bisutería de la pobre Whitney Houston, entre ella un sostén bordado de perlas y un chaleco lucido en la película “”Bodyguard” a precios realmente obsesivos. Una adquisición más sugerente sería quizá la del traje de Superman con su S exclusiva en que se enfundaba Christopher Reeve en sus rodajes, porque parece sugerir en esa puja un indudable fondo infantil pero que fue adquirido a cara descubierta por una vieja dama quién sabe víctima de que aerostáticas fantasías. Me he acordado al leer la noticia, del viejo Freud que, a principios del siglo pasado, fantaseaba suelto de manos hasta estrellarse en la teoría de que el fetichismo era un estado de parafilia –en realidad la añoranza y el sustitutivo del imaginario pene de la madre—que convenía tener muy en cuenta a la hora de comprender lo mismo la angustia de la castración que el complejo de Edipo, pero, sobre todo ese parloteo, se me ha venido a la cabeza aquel bello hallazgo conceptual de Marx cuando habló en “El Capital” del “fetichismo de la mercancía” pensando en esa cualidad de la cosa producida capaz de sugestionarnos con la idea de su autonomía respecto del productor. Ya ven, empecé hablando de un bombín y de un sostén y he aterrizado en el viejo aeródromo de unas viejas teorías que han dado de comer a tanta gente.

Se dirá que todos esos montajes teóricos son puro XIX, baratijas reputadas joyas durante demasiado tiempo, pero no es dudoso que algo enigmático hay en la realidad del fetiche y que ese algo no se explica fácilmente sin recurrir a tales licencias heurísticas. Hay que ser tonto del bote para comprar un sostén usado o, en efecto, padecer alguna parafilia como las que insinuaba el mago vienés, y forzoso es reconocer en el mundo de estas subastas un curioso éxito de la mercancía, el triunfo de la cosa mágicamente contaminada por su propietario. Durante siglos hubo todo un mercado de reliquias en el que no es difícil ver el precursor de ése que hoy prospera tirando el dinero a espuertas en medio de un mundo en crisis.

3 Comentarios

  1. Otro tema recurrente en nuestro amigo ja, y lo comprendo porque merece atención y reflexión. Lo del fetichismo de la mercancía tiene mucha gracia pero la brma sobre Freud es hilarante. Tío, no escarmientas, un día te van a freir.

  2. Ese mundo de las subastas que nos intriga, cada día más litererio y más burocratizado, en las que ya no se puja individualemente sino a través de tercero… Y ese fectihe que no cesa, esa enfremedad infantil del sentimentalismo… Me ha gustado, don jose. Un abrazo.

  3. Todos somos algo fetichista. ¿Quién no uarda una hoja seca en un libro, un viejo billeto de metro, un pañuelo que un día fue oloroso…?

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