Ningún partido tolera, si puede, la crítica interna. Todos han sancionado –hagan memoria—a los que han osado ejercerla, incluso dentro de la discreción dialéctica, como un derecho indiscutible. El caso de los blogueros de Cádiz expedientados por el PSOE no constituye, por eso, ninguna excepción sino que responde a la regla misma. ¿De qué unos militantes van a poder criticar al baranda provincial, al virrey regional o al sumo pontífice madrileño? ¿Libertad o muerte? ¡Ca! Nunca el Poder consiente la discrepancia, salvo que vaya de “sobrado”, que casi nunca es el caso. Los rebeldes de Cádiz han de asumir su suerte como la consecuencia más natural del mundo. Por lo que ellos han hecho, a más de uno y a más de mil les han pegado un tiro.

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