Es muy legítimo que el candidato electo por la formación que sea pacte luego con quien le de la real gana, a veces –no pocas—incluso con los adversarios más caracterizados. Son las “bisagras” profesionales, las candidaturas-trampa que piden el voto para unos colores a sabiendas de que han de endosarlos a bandera ajena. En Cartaya el controvertido y escurridizo Miguel Romero, un andalucista del PSOE, para entendernos, reforzará a un Milán en horas bajas; en Valverde, una heredera de Donaire loca por un despacho, ni se molesta en disimular que lo que busca son votos para garantizarle la mayoría a Cejudo a cambio del sillón; en Huelva Pedro Jiménez, ni que decir tiene que con la escoba preparada para arrimarle sus votos inútiles a un PSOE que se enfrenta a una de las peores municipales de la democracia pero que le paga las facturas. “Vóteme usted que yo haré luego con el voto lo que más me convenga”: ésa es la oferta inaudible pero real. Una trampa, una estafilla, gato por liebre, pero admitidos por todos. Estamos dejando la democracia en cuadro. Y puede que la dejemos hecha unos zorros. 

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