Del mismo modo que se ha afirmado en la epistemología actual que el observador científico no es ajeno sino que se implica de algún modo en el hecho físico observado, puede que no tarde en llegar la convención de que quienes investigan la naturaleza viva propenden a ver el animal observado desde una perspectiva antropocéntrica, esto es, proyectando su subjetividad, como si dijéramos, en el bicho observado. Así se ha afirmado un concepto de evolución no poco cuestionable por concebir la adaptación como el resultado de una suerte de voluntad de la especie en lugar de verla como un fenómeno perfectamente aleatorio, y en general, una práctica investigadora que atribuye intuitivamente al animal facultades noológicas del propio observador. Leo en este sentido que un equipo científico hispano-británico segura que el escarabajo macho de la harina “sabe contar” –algo que los primatólogos andan hace mucho empeñados en demostrar en algunos simios–, capacidad singularísima que dicen haber comprobado por el hecho de que cuando trata de aparearse con una hembra observa primero el número de competidores y a la vista de este dato permanece en la coyunda más o menos tiempo para evitar que otros cubridores “desplacen su esperma por completo”. ¿Lo ven? No hay quien pueda con esa proyección antropocéntrica que convence al sabio de que el escarabajo, como tal vez él mismo, es un ser consciente de su deber reproductivo y celoso de su descendencia, en lugar de un bicho instintivo que responde en exclusiva a los impulsos de su naturaleza, sin rozar siquiera la conjetura lógica. Siempre hubo caballos, perros y, por supuesto, monos “sabios” que, en definitiva, resultaron no ser más que bestias amaestradas , exceptuados sean los fantásticos “caballos sabios” que descubrió Gulliver en uno de sus viajes. Hay sabios que parecen convencidos de estas fabulaciones.

Hace muchos años conocí en el Centre Royaumont a una pareja de primatólogos enfrascados en enseñar las primeras letras a una famosa chimpancé que, en efecto, llegaba a conectar simbólicamente sujeto, verbo y predicado, cosa que interesó bastante a Edgar Morin y a Piattelli-Palmarini. Luego me enterado que aquel sabio intimó tanto con los monos que acabó divorciado y encerrado en el nosocomio. No conviene perder de vista el espacio entre el observador y el observado ni ese hecho fenomenal que es la especificidad intransferible del hombre. Al darwinismo le queda mucho por descubrir.

1 Comentario

  1. Hace bien en denucniar o ironizar sobre muchas de esas investigaciones ridículas que despilfarran el poco dinber que tenemos para investigar cosas serias. En cuanto a su cri´tica de hoyb estp conforme cien por cien con usted en que los investigadores suelen proceder con criterio antropocéntrico. Lo que me extraña es lo al dían que suele demostrar usted que está. No lo lamento, cuidado, sino que me alegro.

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