Con notable frecuencia nos alcanza la noticia de que hay ganaderos que han incorporado a sus ancestrales técnicas, estrategias realmente desconcertantes que ellos aseguran que producen grandes mejoras en el rendimiento de sus explotaciones. La idea de mimar al ganado haciéndole oír (porque decir “escuchar” me parecería excesivo) música clásica es una de ellas y ha multiplicado en los últimos años los establos y rediles en los que Mozart ha sonado tenuemente arrullando la duermevela de las bestias, según dicen, con sorprendentes resultados. En varios países se ha recurrido a ofrecer juguetes a los cerdos desde el convencimiento –con toda evidencia antropocéntrico—de que el presunto entretenimiento con ellos apretaría las magras sin perjuicio de los tocinos e incluso mejoraría el sabor de unas y otros para el paladar humano. La última de esas extravagancias, por el momento, ha sido la comercialización en farmacias de un producto procedente de vacas noctámbulas a las que, aparte de un refuerzo alimentario, se les ha iluminado el ambiente con una luz roja a cuya virtud se atribuye la elevada presencia de la hormona del sueño, la melatonina, en la leche resultante. Ya se vende en farmacias ese somnífero cuya eficacia se debería, según sus apóstoles, al hecho de ser una hormona natural mucho más asimilable por el organismo que las sintéticas. Hay quien dopa a los caballos con amables melodías y quien ha llegado a estimular con luminotecnias la puesta de las ponedoras, pero no cabe duda de que todo este ilusionismo responde a esa fatal proyección que hace que los hombres interpreten el mundo en su totalidad desde una perspectiva fatalmente subjetiva. Ciertamente no deja de resultar insultante la comparación entre estos finos tratos dedicados al bestiario y la dureza lobuna con que el hombre trata al hombre, su único semejante, a quien jamás le cruzaría por la cabeza propiciarle el sueño con un minueto o iluminar su desvelo con luces de colores.

 

En cuanto al posible sueño inducido por esos “cristales de leche nocturna” (Nachtmilchkristalle es el término acuñado por sus inventores tudescos) no sabe uno si imaginarlo plácido como el que adorna las églogas, como la osada “aventura siniestra de cada noche” que temía Baudelaire o acaso como un camelo más de la omnipotente propaganda postmoderna. Imaginen a esos rumiantes bajo el sensual reflejo de la luz encarnada, zampando sin prisa la brazada de escogida mielga, y tendrán la imagen cabal de la idiocia que nos invade, del alcance de la credulidad y del poder de las publicidades. No somos nadie en manos de los “creativos” ni ellos, por supuesto, sin nosotros.

3 Comentarios

  1. Pues yo , lo de la música, me lo creo porque las ondas tienen un potente influjo en el cerebelo y aunque las vacas no lo tengan muy desarrollado, será, por lo menos, como el de algunos humanos de suerte que ¿y por qué no?
    Besos a todos…

  2. Qué verdad es que hay mucha gente dispuesta a hacer por el irracional lo que jamás haría por sus semejantes. Estos ejemplos, cuando los leo por ahí, confieso que me sublevan, a la vista de tanta necesidad como hay en la vida.

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