Han contado los medios por tierra, mar y aire que la Casa de Brasil madrileña, en la que mi generación complutense y monclovita tuvo cineclub y cazadero sentimental, ha censurado una obra de teatro, ya presentada en Francia e Italia, por el hecho de incluir en su dramaturgia el sacrificio culinario de un bogavante. Tiene fuerza el fundamentalismo ecologista, como se ve, que en materia taurina gana en Cataluña el terreno que pierde en Francia pero que logra bajar el telón, como quien dice, en un colegio mayor tradicionalmente tan aperturista como el mentado impidiendo que se escenifique el martirio de un crustáceo. La verdad es que no se entiende muy bien la oposición en la medida en que no hay que investigar mucho para localizar cientos de establecimientos marisqueros en los que se cuecen vivos los “frutos del mar”, y en los que ese integrismo animalista tendría tajo para rato si decidiera meterse en el negocio. Pero no son los radicales quienes merecen una reflexión sino esta sociedad papanata que seguro que comprenderá, en buena medida, la protesta de los “maulets” frente a la Monumental barcelonesa y la acción de los censores universitarios, como si no tuviéramos en lo alto atentados infinitamente más dolorosos. Es curioso que los mismos que apoyaron o cuando menos ‘comprendieron’ la trifulca originada por las caricaturas de Mahoma, no tengan nada que decir cuando un ocurrente se descuelga, en un país que se postula cristiano y que lo es por tradición, ofreciendo la receta para “cocinar un Cristo”. ¿Osaría el Gobierno permitir, como ha hecho el nuestro, que se apoyara y diera cobertura en el extranjero desde su aparato a una obra titulada “Me cago en Dios”? Pues permítanme que lo dude, pero volviendo al bogavante indultado debo decir que en ese caldero sin víctima hierve desde antier la cáscara vacía del sentido común.

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No está de más volver una y otra vez sobre el tema: la militancia ecologista, el esfuerzo “verde” en general, tienen bien ganado en cien batallas sus laureles cívicos, pero parecen empeñada en desacreditarse a sí misma asumiendo una actitud fundamentalista que, con lamentable frecuencia, rompe en simple necedad. Aunque insisto en que esa crítica habría que dirigirla más a la sociedad que hace posible el exceso que a los propios excesivos, pensando en que, por ejemplo, se arme la que se arma porque alguien pretenda cocinar vivo (que es lo suyo) un bogavante, mientras apenas si tiene eco la noticia de que la sanidad pública, durante los fines de semana, prescinde de la epidural y obliga a las mujeres a parir a pelo. Hay en este perro mundo millones de niños cocinados como bogavantes en el ‘self-service’ de la opulencia, lo mismo de cintura para arriba que de cintura para abajo, y son poquísimas y más bien convencionales (todo lo que se repite en el telediario termina por serlo) las quejas y protestas que se dejan oír. Hay millones de trasterrados perdidos en la ciénaga de la insolidaridad pero parece que la misma reiteración de su tristísima imagen nos acaba anestesiando de la manera más eficaz. Los mataderos han de regirse hoy por una trama reglamentaria complejísima que va desde la electrocución previa e instantánea del ganado hasta las medidas paliativas ya habituales en el degolladero del pollo, que es bastante más de lo que la sensibilidad colectiva está dispuesta a exigir en defensa del hombre. La atención a linces es mucho más solícita que la dispensada a las personas y se invierte en una reserva de quebrantahuesos lo que a nadie se le ocurría reclamar para un hospital comarcal. No hay más que asomarse a la actualidad para entender que más de uno quisiera para sí la suerte del bogavante. Rousseau estaba convencido de que a los animales no les falta razón para desconfiar del hombre. No sé que opinaría el bogavante sobre esa ardua cuestión.

9 Comentarios

  1. Un bombardeo de la marina israelí para un “asesinato selectivo” matan o asesinan a una docena de mujeres y niños palestinos que jugaban en una playa.
    El Gobierno Israelí ha pedido disculpas…

  2. Pepe Griyo
    Ayer, mientras cruzaba por La Ruta de la Plata la invisible frontera de nuestra querida Realidad Nacional, me sorprendía oír por la radio que los políticos andaluces (PSOE) y extremeños (PSOE) andan a la gresca por la posesión del cante flamenco, del que parece que se apropia nuestro flamante estatuto.

    ¿Qué va a pasar con el acreditadísimo Festival del Cante de las Minas? ¿Y qué me dicen del auge del Flamenco en Japón y de la inseparable guitarra española? ¿Tendrán que pagarnos royalties los japoneses?

    Llegado a Punta Umbría busco los records oficiales de la estupidez, que ha producido desde millones de pequeños disgustos hasta cientos de guerras, incluida la actual de Irak, me encuentro sorprendido que el Guinness se declara incompetente para registrar estos records porque la estupidez human es absolutamente inconmensurable.

  3. Mi viejo amigo pecero, de cuando firmaban los carnés la Dolores y el Carrigan, fue bracero de secano, ergo perito en hambres y luego operario de mantenimiento -mozo para todo en un hotel- aquí en la Costa. En su día apostató de Izquierda UnCida, pero mantuvo y mantiene su espíritu verde convencido.

    Un día me dijo “Doña Epi, ya no reciclo más ni un periódico. Estamos haciéndole gratis parte del trabajo a unos sinvergúenzas que luego te venden el papel reciclado más caro que el de arbolito”. De dos conocidos personajes, la abogada y el todavía diputado me decía “mucho chau, chau, pero luego le ponen el culo, con perdón, a quien ya sabemos”. Le digo esta mañana lo del bogavante y se me echa a reir con toda la socarronería. “Pues no me he comido yo coquinas recién sacadas de la arena…Y es que la verdolaguería, hoy, no es más que otro pesebre. Que si el águila ratonera, que si la víbora cornuda. Aquí llevan quince años sin hacer un colegio. ¿De qué color es esto?”

    [A mi don Cátedro -qué apellido más lujoso, usted-: un anciano de mis tiempos usaba otra frase parecida: “yo he sido muchos años lengua y ahora me toca ser culo”]

    [A mi don Marco: No me obligue ahora a recomendarle un curso intensivo de comprensión lectora. Me ha leído muy superficialmente, aunque reconozco que yo tampoco me merezco más. A quien acuso de mediocridad es a Andrea Camilleri, que me deslumbró con sus primeras novelas –él creó al comisario Salvo Montalbano, en homenaje a mi admirado y muy leido V. Montalbán- y me ha decepcionado con su producción posterior.]

  4. jag tiene algo notable y es su entereza para dar la cara por causas que no son suyas. Hoy razona impecablemente y deja en ridículo a los ridículos, verdes, rojos o tornasolados. Es un privilegio la independencia. Por eo la combaten con saña desde los rebaños, en especial, los rabadanes.

  5. Me voy a permitir romper una lanza en defensa de los gurmets aunque ya sé que me arriesgo a que me llamen zoogenocida o asesino en serie.

    Este viejo ortóptero, igual que doña Épi K, no puede sustraerse a devorar viva cualquier coquina que se ponga a su alcance en la arena de la bajamar e incluso lleva en el bolsillo de bañador una moneda afilada que usa a modo de uña resistente y cuando su pobre bolsillo le permite comprar unas almejas o unas cañaíllas chequea su vitalidad pasandoles un dedo en lugar del práctico estetoscopio.

    Los caracoles, que no suelen entrar en mi cocina por culpa de la Sra. Griyo, pasan varios días de interminable tortura a base de múltiples lavados en vinagre hasta despojarles de su desagradable baba y después son cocidos vivos calentando el agua lentamente para que mueran y sean cocinados con las cabecitas fuera para mayor comodidad de los comensales.

    Cuando un bogavante se deja atrapar por el rastrillo su destino es inexorable. Primero será transportado en una cámara frigorífica a la temperatura más baja que pueda soportar con las pinzas sujetas por gomas elásticas. Después es metido en un zulo de cristal donde pasará dos o tres días más en un hacinamiento insoportable hasta que es vendido a su verdugo que le taponara el culo con un trapo y lo pondrá vivo a hervir donde acabarán sus penas.
    El bogavante de marras tiene la suerte de no ser cocido vivo.

    Lo cierto es que, cualquiera que sea la manera, es mejor comer que ser comido.

  6. No oigo protesta “verde” cuando sale (que sale cada media hora) en la tele el correspondiente reportaje de mercados exóticos que ofrecen hormigas, alacranes y otras delikatessen vivas del “nuevo gusto”, que e suna especie de réplica ruana a la exquisita y prohibitiva “nueva cocina”. ¿Por qué protestan, en cambio, cuando se trata de un bogavante? En las inmdeiaciones de Doñana he comido yo arroz con pato que ya se pueden imaginar de dónde había salido (el pato) pero jagm recordaba ´la otra mañana en la radio Onda Cero una experiencia en vio –estpy seguro de que horrorizado– cómo en un país oriental se ofrecían al gourmet los sesos de simios pequeños comidos directamentev tras ser trepanados “in situ”. Sapiens Sapiens, como Cromagon, como cualquier homínido fue comedor de animales muertos y vivos, y desde luego los “frutos del mar”, como dice con guasa nuestro anfitrión, fueron una de sus reconocidas especialidades y siguen siendólo de muchos “hermanos simios” en la actualidad. ¡Qué horro cocer un bogavante! Seguro que ni se han inmutado ante esa madre que acaba de arrojar agua hirviendo al nene porque la tenía de los nervios. La vida, maestro, queridos coblogueros.

  7. Silencio de los charnegos, como ven, ni palabra sobre el rechazo de un andaluz para la presidencia que ha hecho Maragall. Eso se llama síndrome de Estokolmo aquí y en Palafrugell, y en ese sentido debemos ser comprensivos con ellos. Yo he vivido y trabajado veinte años en Barcelona, dí y recibí, hice méritos y obtuve beneficios. Lo que nunca sentí fue la tentación de “hacerme” catalán. ¡Y encima parece que no los dejan, al menos más arriba de cierto nivel! Si yo fuera charnega me habría borrado estos días, por eso y por no igualarme con la bruja de M. de Madre (lo de que es brija lo ha dicho ella, eh?).

  8. Los verdes son muy raros. Por ejemplo, son pacisfistas pero para una vez que llegan al poder no dejan de participar en una guerra atroz. En España se alían con el PSOE, de quien han dicho horrores y que ahora defiende las centrales nucleares con sus moratorias, pero se decica más a denunciar negocios urbanísticos en beneficio dl socio que a defender el medio ambiente. Nada le dicen al Gobierno –ese diputado verde, por poner un caso, el señor Garrido– sobre el incendio de Guadalajara, y sobre el de Huelva hace como que no ve la tomadura de pelo de su jefe Chaves a los quemados. En fin, que son muy raros. No me ha extrañado nada lo del bogavante. El toque extravagante los ha perdido siempre.

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