No respondo de la afirmación de un amistoso bloguero de que en ciertas Facultades de Periodismo o como se llamen, el (des)nivel de formación básica ha obligado a los profesores a disculpar graciosamente dos faltas de ortografía en los futuros escritores, reservando para una tercera el eventual suspenso. Esté o no en lo cierto mi bloguero, la verdad es que las reglas de la escritura, tan vapuleadas a lo largo de la evolución lingüística, han acabado estrellándose contra el murallón que supone esta vida vertiginosa, en la que la ‘basca’ roba tiempo al aprendizaje para dedicarlo a la experiencia (no necesariamente buena) que le ofrece su mundo. No se trata esta vez, desde luego, de meras rebeldías contra la norma impuesta, de emperres juanramonianos en imponernos sus jotas o en displicencias como las que en su día mostraron Baudelaire o ese deslumbrante Raymond Quéneau el autor de –“Zazie dans le Métro”– para quien esas reglas no eran más que “una simple vanidad”, sino de una auténtica revolución en el uso de la escritura, basada ahora en nuevas reglas surgidas del propio modo juvenil de pronunciar, por lo general más económico y hasta gratuito que los rigores adultos. Después de todo, un genio como Ambrose Bierce sostuvo que la ortografía era esa parte de la gramática que nos enseña a escribir las palabras basándonos en la experiencia del ojo y no en la del oído, tesis que ha resultado profética si consideramos las reglas actuales que rigen en la práctica juvenil de los mensajes. No tiene cuartel la ortografía, me temo, y por eso disculpo alguna faltilla que no hace mucho me tropecé en una disposición de la propia consejería del ramo, aparte de que no tendría sentido que la enseñanza fracasara en casi todas sus áreas y no a la hora de mantener derechos los renglones torcidos del habla.

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Esa debacle no es, en todo caso, exclusiva de nuestra sociedad. Ayer mismo se conocía un informe del ministerio de Educación francés –“Lire, écrire, compter”– en el que los expertos constataban un alarmante descenso en los diversos niveles de conocimiento de la enseñanza, especialmente a la hora de escribir, siquiera con una discreta corrección, los textos elementales que se proponen en la escuela o el liceo, donde ha podido comprobarse que un 63 por ciento de los alumnos son incapaces de escribir como es debido algo tan elemental como “le soir tombait” y sólo la mitad de ellos es capaz, a estas alturas, de deletrear correctamente un adverbio tan usual como “certainement”. En los últimos veinte años, afirman por su parte Danièle Manesse y Danièle Cogis, el nivel ortográfico habría experimentado un retraso de dos cursos escolares, catástrofe debida tal vez a que en Francia no han improvisado aún, como entre nosotros, la luminosa idea de que, a lo peor, nada más efectivo para aliviar estos males que rebajar la exigencia. Todo indica, en fin, que una generación que teclea en su móvil o en su ordenata mensaje cifrados en el código exclusivo de su jerga juvenil, está condenada a realizar, sólo que en un sentido muy diferente, el ideal teresiano que la santa cifraba en “escribir como hablo”, esto es sincopando la elocución, asfixiando el idioma a base de estrujar las voces eliminando vocales o emparedándolas sin contemplaciones, implantando tiránicamente una lógica visual capaz de eliminar el lastre inapreciable sin el que el texto se vuelve criptograma pero el mensaje se embala como si le pisaran el acelerador, que es de lo que se trata. En Portugal creo que andan también tratando esta temporada de regular la ortografía –¡aviados van!–, tal vez olvidados de que el gran Pessoa parece que no tuvo tan claras esas jodidas reglas. ¿Para qué sirve la ortografía? Mientras se lo preguntaron los ‘coleguis’ la cosa no tuvo mayor importancia. El lío empezó cuando el propio claustro, aburrido e impotente, se hizo la misma pregunta.

10 Comentarios

  1. Vaya la que ha organizado el anfi en la radio esta mañana, poniendo en su sitio a un idiota que ha tratado de atarcarlo llamándole “sabio” y que defendía el NO al trasvese hacia el Sur con argumentos sin sentido. Y la lección con datos y cifras que ha dado luego a sobre la situación judicial. Sin demagogia, sabiénodse el tema. Si no lo han oído, ustedes se lo perdieron.

  2. La ortografía, don ja, no existe. Usted habla del pasado. No sé si lo de las faltas permitidas en sede universitaria es cierto, pero le aseguro que en las enseñanzas “inferiores” es norma “pasar la mano”. No hay quien pueda con esa corriente qu usted señala al hablar de los sms y demás formas de comunicación juvenil. Incluso se ha planteado más de una vez si había que aceptar el uso de ese estilo –ya sabe “k t kro bss…– en un examen escrito. Hágase una idea.

  3. No aprenderá nunca, quijotesco amigo, a hurtarle el cuerpo al morlaco. Le he oído esta mañana y le leo todos los días, lo que me permite preguntarme: ¿a esta criatura no le da no sé qué dar tanta leña repartida por igual, sabiendo cómo se las gastan los poderosos. Esta misma crítica de hoy, en la lista de las suyas al sistema educativo, se la han de apuntar en el libro negro, no lo dude.

  4. 15:39
    Y yo que esperaba un tirón de orejas porque se me cayó el acento de don Heródoto…
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    Lección magistral, doña Raquel, con argumentos, cifras, datos e historia (otra batalla perdida), y cuando el catalán se salía por la tangente con un despectivo “es que tu eres muy sabio” le respondió “no, es que tu has estudiado poco”.

  5. Huy, deus mi, deus mi, este Hombre me ha travestido verbalmente y me llama bloguerO. Servidora es bloguera, aunque con un déficit hormonal galopante. He terminado pareciéndome ya más a mi padre que a mi madre.

    Oui, c’est moi y no otra quien lo ha repetido aquí dos veces: existe testimonio. Lo he leído al profesor Teodoro León Gross, profe o cátedro de la Facultad de CC. de la Información. Pueden dirigirle la pregunta. Lo considero un tipo claro y sin pelos en la lengua (en otros rincones de su anatomía no quiero ni pensar, porque es guapísimo y está como un queso).

    Y es que, acudiendo una vez más a mi don Vaz de Soto, existen ‘las hablas andaluzas’ -andazulas, que diría el otro- y yo soy la primera en utilizarlas por escrito en tono coloquial. De cuando en vez añado un ‘fr d contxt’ o un ‘se m’hascapao’ porque esto es una tertulia y no un aula, aunque … ya me iba a meter en contramano. Que es una tertulia, carallo, y quien la quiera tomar como un aula, muy libre es de ello. Paltaría plus.

    En mis sms, que he puesto por lo menos cuatro en lo que llevo de vida, sí escribo lo de ‘t kr mxo’ y ‘bss’.

    Pero oigan, cuando recibo una carta seria o leo un periódico me duelen los ojos cuando alguien escribe que ha nacido un baroncito o que an derrivado algún edificio istórico. Miren. Si tuviéramos o tuviésemos un idioma nacido hace cien años, como los del paisito del norte, daría igual escribir ‘Ezker Batua Berdeak’ que Ezker Bautta Berdepistatxo’. Todo el mundo entendería lo de Izquierda Undida- Los Beldes.

    Pero oigan, oigan, que nuestra lengua tiene ocho o diez siglos de escritura y es hija de otras que se remontan a XXV siglos atrás. Un respeto. ¿Cómo va a ser lo mismo un consejo que un concejo, o Pablito el inca que Pablito hinca. El heno de la vaca que el eno de los ardores de estómago.

    Hay una cosa que se llama etimología. ¿O no? Un respeto, porfa.

  6. Me llega precisamente hoy un nuevo número de la revista digital “El castellano.org”, donde se recogen unas opiniones del académico argentino Pedro Barcia (http://www.elcastellano.org/ns/edicion/2008/abril/barcia.html ). De entre ellas entresaco unas líneas que creo que vienen a cuento

    “Aquí hay una cosa que a mí me preocupa, en primer lugar la pobreza y en segundo lugar la vulgaridad. La pobreza me preocupa seriamente porque en una sociedad democrática, cuando al hombre se le reduce el vocabulario se lo estrecha mentalmente, se lo somete intelectualmente y pierde la posibilidad de matices de pensamiento crítico, por eso George Orwell en 1984, como buen socialista inglés, inventa la neolingua como una crítica al mal socialismo de Stalin. En el apéndice de la neolingua dice que el sistema va reduciendo cada vez más las palabras para que el hombre sea cautivo y no tenga libertad de pensamiento. Un régimen totalitario termina por dominar al hombre mediante la escasez del lenguaje, logrando entre nosotros involuntariamente, porque nadie se lo propone, una reducción del lenguaje y por lo tanto la libertad de expresión se va quedando entre nuestros muchachos como un derecho enunciado pero no cumplido porque son cautivos de su propia limitación. Ahora, cuál es el gran modelo que presenta esta limitación, no son las cátedras secundarias y universitarias, es el caso de algunas manifestaciones, no todas, en radio y televisión. La televisión sobre todo es «impresita» -el adjetivo no existe pero hay que inventarlo- porque imprime el modelo en quien lo absorbe. No hay que olvidarse que la televisión y la radio, a diferencia del diario, admiten los analfabetos de modo que influye en la totalidad de la población. En un modelo de pobreza lingüística el muchacho va tomando eso y se va autojustificando. El muchacho hace unos diez años hablaba con unas 800 palabras y ahora habla con menos de la mitad”.
    El avance del lobo neomedieval, disfrazado de neoliberal, pienso que puediera estar detrás de ello. Pero eso es lo de menos.

  7. 23:18
    Don Chic y don Barcia ponen el dedo en la llaga porque, como saben muy bien los que mandan, el lenguaje es la herramienta de pensar y atrofiándolo también se atrofia la mente.

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