Llega el calor y los problemas continúan bajo una autoridad decreciente. Los turistas –¡y los nativos!— desconcertados por la huelga salvaje de los taxistas, las policías sin saber qué hacer mientras los inmigrantes llegan a cientos y sus menores a cientos se fugan de los centros de acogida. El Gobierno y la Junta, por su lado, abren el paraguas compartido y culpan de los males de la patria a Rajoy, a la UE y al “sursum corda”, a todos, en definitiva, menos a ellos mismos. El ferragosto se anuncia a tambor batiente como un puente tendido entre el pretérito imperfecto y un futuro simple bajo el que sus Señorías se acogen al sagrado de un “mes inhábil”. ¡Ya vendrá el otoño! La política, como el tiempo, es una procesionaria inacabable que repta indiferente sobre el árbol colectivo.

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