El espasmo profundo provocado en las altas esferas (lo admitan o lo nieguen) por las declaraciones de la juez Alaya, trae de cabeza a la Opinión. A mí me recuerda el viejo chiste de Forges que caracterizaba al nosocomio nacional de la Transición: el director de orquesta, saxofón en mano, mirando desconcertado a los músicos que lo dirigen blandiendo cada uno su batuta. ¡No hay quien no tenga su opinión, favorable o contraria, al indudable escándalo destapado por la magistrada, convertido cada quisque trinitario en juez, fiscal y defensor! Sus colegas, divididos y críticos; los políticos, tentándose la ropa y huyendo por los cerros de Úbeda; y los peatones contemplando estupefactos el desolador panorama judicial. Es probable que ella no le salga gratis, porque a Montesquieu no lo mató Guerra, como suele decirse, sino que lo liquidaron entre todos.

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