Bajó Sánchez a Andalucía para amenizar la campaña y lo hizo a uno de sus fortines fratricidas. Luego se fue por donde vino tras echar mano del añejo argumento del “agravio” antes de proclamar que él “gobierna en andaluz” (¿¡), última aldaba propagandística de un “régimen” que –ojo al dato— ha eliminado ya el logo del partido en su parafernalia mitinera. No volverá por aquí, seguro, y el susanismo no oculta su satisfacción no sólo por encarnizada rivalidad sino porque poco puede aportar un “Gobierno amigo” que, a estas alturas, luce tres ministros cesados y un puñado más resistiendo bajo irrebatibles acusaciones. Sánchez acude como el que se baja al Moro y doña Susana lo celebra. Así están las cosas.

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