Recuerdo una conversación con Juan Benet mantenida en una clásica librería de los años 70 madrileños a propósito de un espléndido reportaje –“Babilonia revisitada”—que nos había publicado en la revista “Triunfo”, incomparable retrato y diagnóstico del milagro social que los yanquis llaman simplemente “América”. Recordábamos que ya Hegel avisó que el futuro sería de aquel gran país –por entonces (eran los amenes de la guerra de Vietnam) tan vituperado por la mayoría de nosotros–, no por el privilegio de su fascinante geografía o de sus colosales riquezas, sino por el mérito de haber abierto a la Libertad el camino más ancho transitado en su larga y sinuosa historia. Los Estados Unidos, y en especial Nueva York, fascinaban a este observador penetrante al que nunca escapó, junto a algunas grandezas innegables, el cinismo puritano que el “americano” medio guardaba en su duramadre o quién sabe si en su cerebro reptiliano.

Desde entonces yo mismo he comprobado –allí y desde aquí— cuánta verdad había en su recelo. Hace pocos años se pusieron de moda en sus círculos “yuppies” dos sorprendentes productos tan chirriantes entre sí como podían serlo la prosa del padre Gracián y la monodia gregoriana que ambientaba musicalmente los despachos de Wall Street, al tiempo que ganaba terreno la afición a la marihuana, cuyo uso medicinal era ya lícito en treinta Estados, y que llegaría a dar paso a un negocio suculento encarnado en algunas prósperas compañías cotizantes en Bolsa, que demandaban ya la legalización “recreativa”. La rígida, y tolerante a un tiempo, sociedad americana vibraba quizá animada precisamente por ese impulso contradictorio que suponía, en última instancia, la voluntad de disciplina y la pulsión liberadora.

Hoy me dicen que apenas quedan ecos del “canto llano” en aquellos despachos en que lo mismo se financia la guerra presente que se venden cosechas futuras, pero se asombrarían ustedes ante las cifras de producción alcanzadas por el negocio de la “soft drug” y la proliferación de “dispensarios” que, tras el modelo holandés, proliferan alrededor de la Zona Cero, en el laberinto de Brooklin o incluso a dos pasos de la catedral de san Patricio.

Las dos Torres Gemelas, a la sazón erguidas, sugerían a Benet aquella tarde la metáfora dual que constituye la intrincada doble moral de una nación que ha sido capaz tanto de salvarnos heroicamente un par de veces como de meternos en tétricos morideros, mientras se inmolaba arrobada por las volutas del kif, “divino penacho de la frente triste” que diría don Ramón del Valle-Inclán.

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