Hay pocos fenómenos tan característicos de este tiempo como la preocupación por las lenguas, su conservación y vuelta al uso perdido. Se ve en esos materiales de la cultura popular un patrimonio cuya pérdida carece de sentido pero que, de modo casi inevitable, entran en fricción con la lengua oficial de cada nación, porque es evidente que la unificación lingüística fue un elemento decisivo en la formación de las naciones y, muy en particular de los Estados “modernos”. Ahora ese propósito va en paralelo con la obsesión por el plurilingüismo como respuesta adecuada a la globalización de las relaciones humanas y, aunque parece decidida la batalla por la nueva “koiné” a favor del inglés, la moda es tan potente que andan proliferando idiomas hasta ahora considerados marginales si es que no exóticos, como el ruso o el chino, cuya doble demanda se hace notar hoy –no cabe duda de que ante las expectativas despertadas por sus respectivas eclosiones económicas–  en muchas universidades, incluidas algunas españolas. En Francia la reclamación a favor de las lenguas regionales es antigua aunque decreciente hasta ahora –no hay que decir que como consecuencia de su pétreo  jacobinismo–, en especial en regiones como Bretaña o la compleja región occitana, pero hace unos días, tras un interesante acuerdo de izquierdas y derechas, los diputados han decidido inscribir su reconocimiento en la Constitución de esas reliquias históricas (dicen que en Bretaña cada día desaparecen 28 hablantes de el viejo idioma) si perjuicio de dejar claro que no hay más lengua de la República que el francés, respecto del cual el bearnés o el picardo, el alsaciano o el vasco (que ellos escriben aún con la be indígena) no han de ser, en modo alguno, competidores sino valiosos compañeros del largo viaje de la Historia. Francia es un país del que se puede decir lo que se quiera, pero no que no se toma en serio las cosas que lo requieren. Justo al revés que nosotros.

 

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 Mientras tanto el buen proyecto de establecer en España una enseñanza bilingüe choca por un lado con la obcecación lugareña de los nacionalismos excluyentes y por otra con algo que resulta inexplicable que no estuviera previsto en los doce o veinte millones de planes comprometidos por los políticos en los últimos años para conseguir una generación capaz, al fin, de hablar inglés –obsesión muy explicable en un país en el que ha sido rara la excepción de un presidente del Gobierno capaz de chamullar medianamente las lenguas diplomáticas indispensables–, a saber, la falta de profesores especializados y realmente capaces de desenvolverse pedagógicamente en un idioma extraño. Claro que uno se pregunta si tan difícil resulta recurrir a profesores nativos ofreciendo en nuestros centros una enseñanza que difícilmente pueden desarrollar nuestros profesores actuales y menos en el ambiente de degradación  de la docencia que estamos padeciendo. Se gasta una fortuna, como sabemos, en financiar el catalán o el vasco –¡incluso en el extranjero!—pero los presupuestos para fomentar seriamente el bilingüismo requeteprometido no aparecen por ninguna parte. Con la particularidad de que nuestro no poco pardillo sistema no se ha empezado hasta ahora a aceptar, como mérito académico, las titulaciones extranjeras más prestigiosas –pongamos el ‘DALF’ francés o el ‘Proficiency’ de Cambridge—a pesar de la insuficiencia manifiesta de nuestro sistema oficial. Pero volviendo al principio, no dirán que no inspira cierta autocompasión comparar el disparate que estamos padeciendo aquí con la serena y culta solución francesa de proteger el patrimonio lingüístico regional sin oponerlo dialécticamente a una lengua nacional de extraordinario aliento y belleza incuestionable como es la suya. El corso, el creolés o el flamenco saldrán del formol del olvido para mantenerse libremente como testimonios vivos de un proceso histórico imposible de cambiar.

5 Comentarios

  1. No me voy a poner elefanta de pesada repitiendo una vez más el concepto que me merece el monolingüismo excluyente, que quieren imponer los totalitarios cebolleros que se autointitulan ‘nacionalistas’.

    Pero como la opinión la pintan calva, naturalmente esto no va con el Anfi, que goza de ensortijado y precioso exorno capilar –y no como otros, que cuando se ponen el liguero se les conoce por el cartón del occipucio- miren por dónde hoy el ‘masca’ –el más capullo, para quienes no conozcan la germanía- se hace el ‘grasioso’, intercalando en su carta un fandago en pretendido dialecto andaluz, que como bien sabemos, pregúntenle si no a Aleixandre o al mismísimo centenario, vivo y glorioso Ayala, se habla de cien modos distintos, mi don Vaz sabe de ello, pero se escribe en pulcro castellano.

    El señor PJR Codina se permite hacer la transcripción ‘en andalú’ de una letra que ni siquiera se sabe bien. Voy a transcribirla yo completa, intentando no despreciar ninguna de las respetables hablas supradichas: “Si ereh der puño cerrao/ te vy a cantá un fandanguiyo:/ me cago en lo colorao,/ en la hóh y en el martiyo/ y en la leche qu’hah mamao”. En la tuya, logroñé esaborío. (Y que conste que firmo al 101 por ciento el último folio de la Carta).

  2. Siento no haber podido entrar ayer en el blog, no porqué no lo inyentara, sino porque no me dejara( el artilujio este) porque me gustó muchísimo el tema, y estaba al 100 por cien de acuerdo con la columna. La leyenda del buen salvaje ha hecho muuuuucho daño, y habría que ser un poco más realista y efectivamente, aceptar que el hombre no es bueno, ni el salvaje, ni el civilizado.
    A doña Isthar, no logro captarla toda,que sí a don José Antonio. El tema es algo recurrente en él, y es dificil no estar de acuerdo con lo que dice. A mi también se me parte el alma cuando me entero que cada día desaparecen no sé cuántas lenguas, pero me parecería un despropósito si se jugara el bearnés contra el alemán o el inglés. En mi colegio han suprido el alemán como segunda primera lengua, y la primera en protestar he sido yo: es una riqueza poder discurrir en la lengua de Goethe, de Bach o de Hoelderling, y me parece estúpido suprimir esa posibilidad.
    Un beso a todos.

  3. (Somos los irreductibles, mi doña Marta. Ayer no funcionaba esto por la misma razón que ha estado kaputt hoy casi todo el día. Los hados cibernéticos se burlan del Jefe).

    Es normal que no me capte. Yo no hago referencia a la columna de JA, sino a la Carta del Director del periódico EM que, a modo de homilía dominical, nos infiere cada domingo. Como compro el periódico tres días a la semana, no porque me interese demasiado, sino por sus tres suplementos, El Cultural, Yo, dona y el Magazine y hoy tocaba he leído su soflama hodierna, que comparto muy mucho.

    Pero como digo ahí arriba y cometo la mala educación de repetirlo: “…se hace el ‘grasioso’, intercalando en su carta un fandago en pretendido dialecto andaluz, que como bien sabemos, pregúntenle si no a Aleixandre o al mismísimo centenario, vivo y glorioso Ayala, se habla de cien modos distintos, mi don Vaz sabe de ello, pero se escribe en pulcro castellano”.

    Cae el hombre en el penoso estereotipo de querer imitar ortográficamente la forma de hablar de un andaluz poco culto. Como si viviéramos en un país de 35 millones de personas cultas y se nos relegara a la andaluces al maldito tópico de catetos que pisoteamos el lenguaje, porque lo hablamos de forma distinta. Creo que como yo, un no pequeño número de lectores andaluces, se habrá sentido ofendido, pero como soy de lengua larga y teclado fácil, me he impuesto el deber de reprochárselo.

    Sobre lo del liguero y el cartón, mejor corremos un tupido, y piadoso, velo.

  4. 08:42 26/05/08
    Del País Vasco emigran los médicos que no saben eusquera, que son muchos, porque no los admiten en la Seg. Social. Como no hay médicos suficientes, contratan médicos extranjeros que no saben eusquera ni español.

    En Asturias están inventando el asturiano a partir del bable, no lo sabe nadie, como nadie sabía vasco. El resultado momentáneo es que los asturianos cada vez hablan peor aunque siguen sin saber bable ni asturiano.

    Mi hija, en sus años mozos consiguió la máxima calificación en el ‘Proficiency’ de Cambridge, que la faculta para enseñar inglés en el Reino Unido pero no en España.

    ¿Se entiende algo?

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