Va cediendo el calor. Huelen cada día menos los jazmines, se agostó el hato de tomillo y luce el macetón de incienso, desborda la esparraguera que sabe que pronto vendrán climas y aguas, se han arrancado al naranjo bonsay sus frutos y, enseguida, ha apuntado –¿erróneamente?—el azahar que promete otra cosecha abundante, las mitológicas manzanas de oro. La malvarrosa juega con su metáfora de la metempsícosis –hoy abrumada por las pasadas solaneras ante las que los áloes, tan queridos de Dioscórides, resistieron enhiestos—dispuesta a reinventarse otra fragante existencia, con su olor contagioso y humilde. Una azotea, incluso reducida, es un mundo agrandado en esa fenomenología que va de la semilla al fruto pasando por la flor, cuando no reproduciéndose a sí misma en esquejes surgidos del bulbo. Cuiden bien una yerbabuena y verán crecer enhiestos sus vástagos fragantes, descuiden la parrita trepadora y la verán sucumbir, riéguenla luego con tiento y han de verla volver por sus fueros, enredando sus tentáculos. De un palitroque ha surgido, visto y no visto, un azofaifo que enseguida reclamará más tierra, más agua y más aire, como sucede con todo lo que renace tras el sueño, lo mismo que ya hace el milagro de las buganvillas –rojo pasión, rosa pálido, tímida magenta, azulencos secretos—sobre la tapia encalada. El verano pasó y llega el otoño con sus probables lluvias, dispuesto a amustiar los verdores y a echar las flores por tierra, aunque la gardenia, que ya dio en mayo su cosecha tempranera –aroma entre el jazmín y el limón– prodiga de nuevo sus capullos como ávida por duplicar su vida. Hasta el pino antañón de alguna Navidad lejana parece consolarse, allá en su rincón, con sus raíces atenidas a su exigua maceta, envidioso tal vez del pacífico que sacrifica su ofrenda, flor de un día, entre naranja y fucsia.

Y como el jardín, la vida, porque pronto, con los días más cortos y menos luminosos, se serenarán los sanos y firmes de espíritu frente a la murria de los débiles que volverán a aferrase al brazo fuerte del psicótropo para frenar el sinvivir. La vegetación replica al hombre como una segunda humanidad atenida a idénticos ritmos, con sus buenos y sus malos, sus mansos y sus soberbios, sus remedios benéficos y sus tósigos tentadores. Ya vendrá el invierno, entreacto de esa vida que durará hasta que la primavera alce de improviso, ante unos y otros, su recamado telón.

7 Comentarios

  1. Hermosura de página, vive Dios.

    Ahora bien, como siento, la discrepancia me veo obligado a expresarla. ¿Psicotropos dice usted, buen hombre? ¿Débiles? No olvidemos que el cerebro es ante todo un delicado sistema en equilibrio donde, como en una balanza de múltiples brazos que posible fuera, cada platillo alberga una dosis ajustada de los distintos neurotransmisores. El exceso o disminución de alguno de ellos, hace que se precarice dicho equilibrio.

    Hasta 1977 no se identificó el mecanismo de esa exquisita bioquímica cerebral, aun conociéndose ya algunos de los neurotransmisores. Hoy hay quien llama a la serotonina y a la dopamina los heraldos del bienestar. Junto a la noradenalina, que mejor dejarla en paz.

    El por qué se desequilibra esa armonía tiene aún mucho de enigma a pesar de la cantidad de ratas mochales que han tenido que sacrificarse. Se sabe, al menos empíricamente, que hay casi seguro un factor genético, de herencia, y otro poliédrico formado por el biográfico de cada individuo. Sumen a ello el resto: los sociales, familiares, laborales, etc., en los que por necesidad y como respuesta fisiológica se precisa el aumento de alguno. El psicotropo busca regular mejor la producción, la absorción, la eliminación, la captación o la recaptación de alguno de esos ya repetidos neurotransmisores.

    No, querido poeta. No. Los psicotropos, como tantas, no son más que una herramienta terapeútica, más delicada quizás que el bisturí o tan necesaria como un stent. Requieren un uso adecuado cuando se necesitan y no son ningún signo de debilidad la obligación de usarlos. Se lo juro por Hipócrates.

  2. De vez cuando en vez, la trincherazo o la media verónica. Ole. Echar u ojo a una azotea y sacar este delicia es cosa que se comprende que provoque envidia, sana o enferma. No digo más.

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