A principios de este octubre veleidoso parece ser que los venecianos han podido ver desfilar un cortejo independentista por el Gran Canal respondiendo a la llamada de un un grupúsculo secesionista, primo de la Liga del Norte, que reclama la constitución de un nuevo país que incluiría todo el Véneto, parte de la Lombardía y, cosa que ya me choca más si cabe, el Trentino a más de Friuli-Venecia Giulia. La vieja República de San Marcos, la última ciudad-Estado, el emporio comercial del Mare Nostrum que trapicheó con los turcos, cayó bajo Napoleón, que se enamoró de ella, y luego bajo la bota austriaca, resulta que habría echado sus cuentas y le saldría mejor escapar por la gatera de este frenesí independentista, básicamente xenófobo, que dice inspirarse en las experiencias escocesa y catalana, ya ven qué revoltijo tan antihistórico. Llamo a mis amigos venecianos y me dicen que no me preocupe, que lo único que de verdad preocupa a la fascinadora ciudad, aparte de las controversias sobre el “proyecto Moisés”, es el disparate de la torre de cristal gigante en Marghera, el grave riesgo que supone el tráfico de los grandes navíos por el canal de la Giudecca, la violación modernista del Fondaco dei Tedeschi o las chorradas que expone en la Dogana restaurada ese milloneti Pinault empeñado en pasar por la izquierda artística a la loca estupenda que fue Peggy Guggenheim. ¿Qué puede añadir este desgarro a la Venecia de Byron, de Goethe, de Ruskin, a qué viene romper el ensimismamiento de esos venecianos que Paul Morand entrevió con los ojos dormidos y que Brodski perseguía siguiendo los corredores que los cuerpos abrían en la niebla mientras las campanas imitaban el fino estruendo de una aérea vajilla de plata? El virus del Milenio –el negocio de la secesión– no es probable que prospere con esa Serenísima de pacotilla a la que seguro que la devoraba el león totémico.

No se puede jugar con los milagros y milagros son esas perspectivas pálidas y rosadas empinadas sobre las aguas, esos callejones oscuros en los que se oye apenas el trajinar de los últimos vecinos, el eco débil de los gondoleros, las visiones de Canaletto
o de Guardi junto al prodigio de los cielos de Turner, el rítmico latido del “vaporetto” y la estampa de las gaviotas plantadas indiferentes sobre los palos de los “zatteroni”. No me explico a quién se le habrá ocurrido inventar la independencia para lo que es único de toda la vida.

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