La autonomía andaluza no era deseada, en un principio, por ninguno de los dos partidos mayoritarios. La UCD manejada por Martín Villa mandó a Lauren Postigo para hacer propaganda de la abstención en el primer referéndum  –“Andaluz, éste no es tu referéndum”— y el PSOE sólo acabó de asumirla forzado –lo reconoció en su día el propio Guerra– por el imprevisto trágala que supuso la maniobra congresual del PA de Rojas-Marcos. Quizá por eso nunca fue realmente “autónoma” sino dependiente de Madrid. Cuando Escuredo confirmó que iba por libre, desde Madrid tardaron media hora en defenestrarlo, de la misma manera que defenestrarían luego a Borbolla por intentarlo: no hay partido organizado que no practique, en última instancia, el “centralismo democrático” que inventó el padrecito Lenin. Total, que vamos a por el medio siglo de autonomía embarcados en la evidencia de que, como decía mi llorado amigo el poeta Félix Grande con afectada ironía, “¡En mi casa se hace lo que yo obedezco, coño!”. La Andalucía autónoma dispone lo que manda Madrid.

Pero todo lo malo es empeorable, según dicen, y para confirmarlo ahí tienen a Pablo Casado pulverizando la imagen del presidente andaluz y la de su propio partido en Huelva al inventarse el absurdo liderato provincial de un personaje casual como es el ubicuo padre de la desdichada niña Mari Luz — una de esas ominosas víctimas infantiles que empiezan a ser habituales entre nosotros— e imponérselo por las bravas al PP-A que preside el presidente Juanma Moreno. Y aún peor: su decisión de mantenerlo, tras su estruendoso fracaso como candidato al Congreso, como cabeza de candidatura al Senado abiertamente en contra del criterio expreso y firme de la dirección regional. ¿Cómo puede extrañarnos que ese cuestionado candidato se haya venido arriba, como acaba de hacer, hasta el punto de desafiar a esta dirección descalificándola públicamente junto con su Presidente,  y hasta negándose, ya en su obligada rectificación, a excusarse con Moreno? Comprenderán que si Casado no se planta con energía disciplinaria ante esta aberrante actitud habrá pulverizado de manera irreparable la imagen del presidente andaluz  y, por consiguiente, la de su partido, de cara a las inminentes elecciones.

 

A ver cómo justificarle semejante situación a los electores andaluces que de sobra conocen la plenitud y hasta el abuso que vascos y catalanes han hecho de la autonomía ante la pasividad tanto del PSOE como del PP. ¿Hubiera sido imaginable siquiera un caso como el de la rebelión de Cortés si Javier Arenas continuara en el puente de mando? Evidentemente, no, lo mismo que es evidente que si Susana Díaz choca con Guerra en lugar de hacerlo con Sánchez hace tiempo que habría pasado a la reserva. Pero una cosa es reprobar un centralismo autocrático que lleva dos Presidentes autonómicos defenestrados en su haber, y otra aprobar un sistema invertebrado en el que la imprescindible dirección nacional de cada opción partidista no sea capaz de respaldar a la legítima autoridad de cada autonomía. El candidato Cortés, además de rebelde, carece de la más mínima entidad política. Optando por él, el PP nacional no hace sino confirmar la inmadurez crónica de la opción conservadora que, para más inri, gobierna hoy legítimamente la región.

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